Categoría: Pregón de Navidad Asociación Belenista de Oviedo

Recorte Logo de la Asociación Belenista de Oviedo

Texto del Pregón de Navidad 2016 – Asociación Belenista de Oviedo – Dª. Concepción Quirós

16 Dic 16
Presidencia FEB
,
No Comments

En la tarde-noche de hoy, viernes 16 de diciembre de 2016, ante el numeroso público congregado en el Salón de Actos de la Parroquia de San Juan el Real de Oviedo, en un acto amenizado por el Coro Reconquista, Dª. Concepción Quirós, directora de la Librería Cervantes, ha pronunciado el siguiente Pregón de Navidad.


Concepcion Quirós, pregonera de la Navidad 2016 en Oviedo (16/12/2016)

Concepcion Quirós, pregonera de la Navidad 2016 en Oviedo (16/12/2016)

“Buenas tardes a todos:

En primer lugar, y como manda la buena educación, quiero dar las gracias a la Asociación Belenista de Oviedo por pensar en mí para ser pregonera este año. Y hacerlo, además, en un marco como éste, el salón de actos de la Basílica de San Juan, a la que me siento muy cercana, me enorgullece aún más.

Es un auténtico honor y una gran responsabilidad formar parte de un grupo en el que anteriormente han estado personalidades como Emilio Alarcos, José María Martínez Cachero, Carmen Ruiz-Tilve, Paloma Gómez Borrero, Isabel San Sebastián o mi buen amigo Román Suárez Blanco, entre otros. Así que espero estar a la altura de vuestras expectativas.

Y, por supuesto, quiero agradecer a todos la presencia en este acto que, para mí, es muy especial porque hablar de Navidad me transporta a mi infancia, y retroceder a esos años siempre te hace ser un poco más niña y un poco más sentimental. Lo cual en estos tiempos, no me parece nada mal.

Para mí Navidad significa -desde hace muchos años- preparar mi Librería Cervantes con sus mejores galas para atender como es debido y se merecen las decenas de personas que nos visitan buscando el libro adecuado para sus gustos. Para regalar o para regalarse. Todo ha de estar a punto. Todo ha de estar engalanado para ofrecer la mejor Navidad a nuestros clientes, a nuestros amigos. Unos días intensos en los que todo el personal de la gran familia que es Cervantes trabaja sin descanso para que no falle ningún eslabón, para que todos se vayan satisfechos y con la idea de regresar a este mundo de cultura que intentamos inculcar día tras día en nuestra librería.

Y cuando llegan estas fechas, como dije antes, pienso en mi niñez, en mis navidades infantiles, con mi familia, con mis tres hermanos y con mis padres. Y sonrío recordando nuestras anécdotas, nuestras travesuras, nuestras impaciencias. Recuerdo cómo los papeles plateados de los chocolates se convertían en ríos, que veíamos fluir y en los que campeaban los patos. A veces, con cristales rotos, los ríos se convertían en bravíos, mientras los patos, que por algún accidente inocente carecían de cabezas, rodeaban la masa de agua con sus decapitaciones ocultas bajo rocas construidas de restos de carbón de encender la cocina de nuestra casa.

Esperábamos impacientes la llegada de una señora, que supe luego era una lechera que vivía por las afueras de Oviedo y nos traía el musgo, que aquí llamamos mofu, en un burro, que bien quisiéramos cogerlo para nuestro nacimiento. Ese musgo que marcaba el sendero para los pastores y para las lavanderas, que crecían en función de los dineros disponibles cada año. Y los reyes recorrían una y otra vez el camino hacia la adoración del Niño Jesús, ante nuestra impaciencia porque llegara el día en el que no había muchos regalos, pero sí mucha ilusión. Como dijo la periodista americana Erma Bombeck, “No hay nada más triste en este mundo que despertarse la mañana de Navidad y no ser un niño”. Así que, seamos niños, aunque sea una vez al año.

Hoy sigo sintiendo una gran emoción cada vez que llegan estas fechas. Y en mi casa comienzo a desplegar todos los misterios o nacimientos que he ido coleccionando a lo largo de los años y de mis viajes por distintos lugares del mundo. Guatemala, Nápoles, Perú, Praga. Con todos ellos, alrededor de una decena, y construidos con diferentes materiales, de alguna manera, celebro la Navidad con personas que desde distintos puntos del Universo hablan en estas fechas un mismo idioma.

Y es que como dijo la escritora americana Edna Ferber, “la Navidad no es una temporada, es un sentimiento”. Pero es también un momento para detenerse y repasar. Y pensar. Y sentir. Y para hacer balances de los momentos vividos a lo largo de todo un año. Un año que ha vuelto a ser complicado para la generalidad de las personas. Un año convulso, en el que la crisis no ha remitido, en el que sigue habiendo carencias primordiales, en el que muchas personas siguen pasando graves necesidades. Un año en el que es necesario volver a reivindicar que no falte lo esencial, que haya un mayor entendimiento entre los pueblos, que seamos un poco más solidarios con nuestros congéneres, que repartamos más cariño a quienes nos rodean.

Muchas veces me preguntan qué libro puedo recomendar por Navidad y es difícil para mí seleccionar un título porque son muchos los que recuerdan y reivindican estas fechas. Pero, a menudo, me acuerdo de un relato breve que leí hace muchos años, titulado “Un recuerdo de Navidad”, del escritor Truman Capote, una especie de narración autobiográfica que habla de un niño de campo en los años 30 que, pese a carecer de mucho, disfruta de la alegría de poder dar algo durante la época navideña.

Ellos, los niños, son los que nos marcan con frecuencia el ritmo que debemos tomar, mientras los mayores nos perdemos en situaciones que no nos llevan a buen puerto o, al menos, la mayoría de las veces, no nos aportan nada satisfactorio. Y es que son los más pequeños los que, a menudo, con sus actitudes inocentes y desinteresadas, nos hacen comprender lo que realmente merece la pena en la vida. La importancia de dar antes que recibir. La importancia de valorar las pequeñas cosas como algo grande.

Por eso, cuando alguien nos pide pensar o hablar de la Navidad, la mayoría nos remontamos a nuestra infancia. Y comienzan a fluir imágenes de alegría, de risas incontenibles, de los preparativos propios de la época y, por supuesto, de nuestro belén. Ese que cada uno fuimos construyendo, aumentando y sustituyendo, pieza a pieza, pero que casi siempre nos ha acompañado a lo largo de nuestra vida. Modestos belenes que se convertían en nuestro territorio más preciado en unos días de vacaciones y asueto.

Nada que ver, desde luego, con los magníficos que exhibe la Asociación Belenista de Oviedo, cuya labor es de justicia reivindicar todo el año, aunque sus trabajos queden más patentes en estas fechas. Y quiero ensalzar el afán entusiasta que viene realizando desde que nació en el año 1988, gracias a un grupo de profesionales, que quiere promover el belenismo, en sus vertientes culturales, artísticas y religiosas. El belén de la Asociación Belenista de la ciudad, realizado en el taller de la entidad, ha tenido año tras año un elevado número de visitantes. Del taller salen cada Navidad otros belenes solicitados por empresas o instituciones públicas. Y gracias a vosotros desde 2006 la ciudad de Oviedo y cuantos visitantes lleguen, pueden contemplar el conjunto belenista que engalana la Plaza de Trascorrales, que incluye un belén monumental, en el que no falta el gran portal con figuras de tamaño natural, así como las diferentes exposiciones de belenes que se realizan en varias partes del mundo. Decenas de miles de personas acuden a las actividades que promueve la asociación, y cada año se ve superada, gracias, precisamente, a su afán de mejorar en cada edición, un espíritu que todos debemos imitar en todos los aspectos de nuestra existencia.

Y es que el belén simboliza más que ninguna otra cosa la Navidad y es importante recordarlo en unos momentos en los que parece que todo se ha desvirtuado y nada es lo que debería ser. Las calles se adornan de luces, de árboles, de Reyes Magos, de sus emisarios y de Papás Noeles, que quieren hacernos ver que ha llegado el momento de celebrar el nacimiento de Jesús. Resuenan cánticos y villancicos y a todos nos invade un espíritu de alegría y nostalgia. Pero la Navidad es mucho más que eso. Mucho más que simples regalos, que anuncios comerciales que nos llevan al puro mercantilismo. Y lo digo yo, que en mi librería vendo libros estos días, pero en ellos va mucho más que la simple venta. Van sentimientos. Van buenos deseos, va un pedazo del auténtico espíritu navideño que debemos sentir.

Yo, que vivo rodeada de libros que cuentan historias que fluyen demasiado rápido, cada año por estas fechas me vuelvo a acordar de historias que he ido viviendo a lo largo de mis días. De historias que me han contado y, por una u otra razón, me han ido dejando huella. Recuerdo a Melchor, con el que pude hablar en una ocasión, y emocionado me contó cómo un pequeño le dijo que su mayor regalo sería que curase a su hermano que tenía una enfermedad que sus papás decían era muy mala. Ver a tantos niños que se acercan a contemplar con emoción y gestos de sorpresa vuestros belenes, auténticas obras de artesanía, tras muchas horas de trabajo y esfuerzo, creo que compensa. Y si no es así, decídmelo vosotros.

Aunque el tiempo transcurre deprisa, la Navidad nos deja eternos instantes. Y deberíamos embotellar esa fragancia e ir dosificando los bellos momentos que nuestra vida nos depara. Sin dejar de pensar que lo mejor y lo más satisfactorio es compartir. Me considero una persona positiva y optimista, pero realista. Por eso quiero seguir reivindicando que hay gente buena en este mundo, un tanto cruel a menudo, que persigue sueños propios y ajenos, que quiere que todos seamos un poco más felices. Yo intento repartir un trocito de esa felicidad a través de las historias que se encierran en mis libros. Esos mundos posibles que nos cuentan algunos escritores que buscan hacer nuestra vida mejor. Y vosotros, estoy segura, también repartís felicidad, no sólo a niños, sino también a mayores, que acuden a ver el fruto de vuestros empeños.

Por eso, quiero reivindicar vuestra labor. Esa que habéis ido forjando a lo largo de los años. Con momentos, que a buen seguro, no siempre fueron fáciles. Yo, que me considero ovetense, aunque me nacieron en Pillarno, pero que he vivido casi todo el tiempo en esta maravillosa ciudad, os digo que, de verdad, me siento muy orgullosa de que forméis parte tan activa de ella. Y lo cuento a las gentes de fuera para que se acerquen a empaparse de vuestra sabiduría y vuestro espíritu navideño. Ese tan necesario cada año. Cada día. Porque el belenismo es también cultura y esta nos hace mucha falta para saber, para opinar, para comprender todo lo que nos rodea.

Para finalizar, quiero manifestar un deseo, bueno más de uno: vivamos la Navidad con el espíritu que se merece. Recordemos cuando fuimos niños y la ilusión era nuestro motor. Seamos niños y contagiemos a cuantos nos rodean. Digamos gracias. Repartamos alegría. Digamos “te quiero” a quien queremos. Repartamos abrazos como regalo y nunca olvidemos a quienes no nos ofrecen todo esto, porque quizás no pueden o no saben. Así que, ¡enseñémosles a hacerlo!

Felicidades, de nuevo, a la Asociación Belenista de Oviedo. Mi eterna gratitud por hacerme partícipe de su labor a través de este pregón.

Y, por supuesto, a todos, Felices Navidades. No dejen de soñar… Quizás el próximo año, a punto de llegar, sea generoso y nos ayude a cumplir nuestros deseos.

Muchas gracias.”

Concepción Quirós – Oviedo, 16 de diciembre de 2016

Recorte Logo de la Asociación Belenista de Oviedo

Texto del Pregón de Navidad 2015 – Asociación Belenista de Oviedo – D. Jaime Martínez González-Río

19 Dic 15
Presidencia FEB
,
No Comments

En la tarde-noche de hoy, sábado 19 de diciembre de 2015, ante el numeroso público congregado en la Sala de Cámara del Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo, en un acto amenizado por la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo, D. Jaime Martínez González-Río, médico, reputado neumólogo y amante de la música y del deporte (Presidente de la Asociación de Amigos de la Ópera de Oviedo y Expresidente de la Federación de Rugby del Principado de Asturias y del Oviedo Rugby Club), ha pronunciado el siguiente Pregón de Navidad.


Jaime Martínez González-Río, pregonero de la Navidad 2015 en Oviedo (19/12/2015)

Jaime Martínez González-Río, pregonero de la Navidad 2015 en Oviedo (19/12/2015)

“Queridos amigos todos:

Inicialmente deseo expresar mi sincero agradecimiento a quienes tuvieron la idea, la ilusión y la determinación de fundar hace 26 años y lograrlo, a la vista está, que Oviedo tenga una asociación cultural y religiosa como esta, y es mi deseo, haciéndolo extensivo a todos los presidentes, directivos y socios, mencionar y recordar a una persona, D. José María Marcilla, a quien conocí por razones profesionales y a quien admiré profundamente. He hecho énfasis en el aspecto religioso, actualmente menospreciado e intentado ser sustituido por la “fiesta del solsticio de invierno” y me apoyo para ello en la reciente “frase del día” de mi amigo el artista Manolo Linares citando a Francis Bacon (1560-1626), hace 400 años, y que dice así: “El respeto de sí mismo es, después de la religión, el principal freno de los vicios”. Creo que sigue vigente.

Cuando mi amiga y compañera Pepa, me comunicó vuestra intención de que fuese yo el pregonero mi primera reacción fue de sorpresa. ¿Por qué me eligieron?

Acudí, como se suele hacer en estos casos, a recordar qué era un pregón y, naturalmente, me fui al Diccionario de la RAE, y copio literalmente:

pregón: Del lat. praeconium. Tiene cuatro definiciones y de ellas me quedo con la primera, “Promulgación o publicación que en voz alta se hace en los sitios públicos de algo que conviene que todos sepan“. Es lo que estoy haciendo ahora mismo.

La segunda, “Discurso elogioso en que se anuncia al público la celebración de una festividad y se le incita a participar en ella” en este caso la Navidad. También lo suscribo.

Nada de la tercera, “Proclama o amonestación canónica de próximo matrimonio, en que se leen los nombres y circunstancias de quienes han de casarse“.

Y sí la cuarta: “Alabanza hecha en público de alguien o algo” y esta vez me referiré a nuestra Asociación.

Finaliza la RAE con la definición de pregón pascual: “Lección que se canta al comienzo de la vigilia pascual en la liturgia católica” y que, evidentemente y no se preocupen, no voy a cantar, lo dejo para el magnífico coro que completará este acto. En la revista “Navidad con Belén 2015” me presentan como amante de la música y es verdad, siendo para mí un honor compartirlo con la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo que preside mi amigo Francisco González-Buylla, a quienes disfruto en sus actuaciones en la Temporada de Zarzuela y anualmente durante el acto de entrega de los Premios Líricos Campoamor. Hoy nos disponemos a disfrutarlos aquí.

En fin, gracias por permitir dirigirme a ustedes. Intentaré referir brevemente algo de lo que he conocido de la Asociación; describiré mi cortísima experiencia, eso sí entrañable, con mis belenes cercanos; les contaré algunos datos que me han impresionado, y finalizaré describiéndoles qué significado tiene para mí el belén y la Navidad.

Volviendo a la primera pregunta que me hice, ¿por qué me eligieron?, quizás conocían que a mí, y a mi familia, nos gusta la Navidad más que el “solsticio de invierno”. Que saludamos con un “Feliz Navidad” o “Merry Christmas” y no simplemente con “Felices Fiestas”, ya que las consideramos incluidas en la Navidad.

Es verdad que en mi casa hay por tradición belén o, mejor dicho, belenes pequeñitos, pero también, y ¿por qué no?, árbol de Navidad, no abeto del solsticio de invierno, y, desde luego, llega Santa Claus, ¡pero también los Reyes Magos!

Una vez dicho este preámbulo y después del apurón que me llevé cuando, tras cuidadosa investigación, logré saber quiénes habían sido las ilustres personalidades que me han precedido en el pregón y leí con atención algunos de sus textos, me entró el pánico y, cómo no, siendo consciente de que eran personalidades con muchos más méritos que yo y cito como ejemplo, a los Sres. Arzobispos D. Carlos Osoro y D. Jesús Sanz Montes, a profesores como D. Emilio Alarcos, D. Carlos Conde, D. José María Martínez Cachero, Carmen Ruiz Tilve, escritores como Fernando Vizcaíno Casas o María Teresa Álvarez, periodistas como Isabel San Sebastián y Paloma Gómez Borrero, etc., y aunque debería citarlos a todos, por favor les ruego consulten el Boletín de la Asociación. Quiero señalar que el año pasado correspondió a mi colega el Dr. Luis Fernández-Vega, ayer nombrado “Ovetense del Año 2015” por lo que le felicito efusivamente, pero lo que no sé es si dos médicos seguidos será lo más adecuado.

Pues bien, lo que hoy van a escuchar es algo mucho más terrenal, que espero tengan la amabilidad de aceptarlo como lo que es, un pregón atípico, y, desde ya, les ruego sean benevolentes con mis palabras asegurándoles que están dictadas más que teniendo en cuenta aspectos culturales, artísticos o religiosos, por el impacto indudablemente positivo que la Navidad y el belén, que para mí son equivalentes, han hecho en mí y los recuerdos y sentimientos que a lo largo del tiempo los belenes que tuve la satisfacción de disfrutar en mi casa y visitar con mis padres, mi familia, hijas y ahora espero con mis niet@s, y que espero trasmitirles.

Volviendo a la responsabilidad de “quedar bien” y dejar claros mis sentimientos de Paz y Amor en el pregón de una asociación que ya ha celebrado 25 años de existencia, que ha organizado este año el Congreso Nacional de Belenistas 2015 con gran éxito, que son expertos en todo lo concerniente a la Navidad, me manifiesto totalmente identificado con la frase referida por D. Juan Antonio Martínez Camino en el pregón del año 2010, “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres, y mujeres, que ama el Señor” (Lc 2,14) refiriéndose a la Paz, y también con el Amor. ¿Cómo si no se explica que, durante la Primera Guerra Mundial, y solamente durante 24-48 horas, se parase el fuego de las armas el día de Navidad? Lamentable que 100 años más tarde sigamos con conflictos bélicos de todo orden y el espíritu vigente desde hace 2015 años que comenzó en el pueblecito de Belén, con una familia, y este dato se me antoja muy importante, Padre, Madre e Hijo quien, con su nacimiento, vida y muerte, 33 años después, ha venido para salvar al mundo. Y no lo hizo en un palacio u otro lugar lujoso, y no se hizo rico, y no hizo “violencia de ningún género”, fue austero, expulsó a los supuestamente corruptos mercaderes del templo, no hizo guerras; al contrario, ofreció la otra mejilla, no fue intolerante, hizo el bien a su alrededor sin pedir ningún tipo de recompensa y murió por toda la humanidad. ¿Puede esta historia sentirse cuando se está delante de un Nacimiento, cualquiera que sea su tamaño y ornamentación? Natividad y Añadidos. Sí, y seguro que se disfruta mucho más si se ha ayudado a diseñarlo y construirlo. Oviedo, sus ciudadanos, creyentes o no, les deben de estar muy agradecidos a su labor.

Estamos a siete días del 25 de diciembre que fue fijado en el calendario cristiano como la fecha del nacimiento de Jesús y el primer calendario litúrgico con la celebración de Navidad fue en el año 320. Se escogió ese día por ser la fiesta romana del solsticio de invierno (Dies natalis solis invicti), cuando los días se alargan y, por ello, los padres de la Iglesia llamaban a Jesús “Sol de Justicia” y la liturgia ortodoxa lo representa como “Luz del Mundo”, esa luz a la que se refería el año pasado el oftalmólogo Luis Fernández-Vega.

El belén de Navidad, también conocido como pesebre, es una de las tradiciones navideñas más arraigadas en España y, en gran parte gracias a la Asociación Belenista, en Oviedo. En la Nochebuena de 1223 en Asís, San Francisco montó el primero en una cueva cercana a la ermita de Greccio. Tiene, por tanto, origen italiano y no en vano San Francisco es considerado desde 1986 el “Patrón Universal del Belén”. A su popularización contribuyó el que en 1465 se fundase en París la primera empresa fabricante de figuras del belén, y en España el primer taller belenista está fechado en 1471 en Alcorcón. Casi 500 años después se conserva la tradición y actualmente en nuestros talleres ovetenses se hacen magníficas representaciones, teniendo presencia anual en la Plaza de la Catedral y estos días, polémica incluida, en la Plaza del Pescado. ¡No dejéis de visitarla, es espectacular!

¿Cuál es el origen de los belenes? Desde la descripción sencilla que el Evangelio hace, explícita pero muy sobria del nacimiento de Jesús, “Mientras ellos estaban allí, se le cumplieron (a María) los días del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento“, se pasó a añadir paisajes, imágenes costumbristas, figuras de los tres Reyes Magos (por cierto, esto último desde que en el siglo V un decreto papal, citado en una homilía de San León Magno, fijó ese número, ya que anteriormente variaba entre 2 y 12); pues bien, evolucionó a los artísticamente muy desarrollados belenes napolitanos, españoles y latinoamericanos como los conocemos en la actualidad. Tengo para mí que una Natividad hecha en una corteza de árbol en Kenia de acuerdo con sus tradiciones es, dentro de su extrema sencillez, tan conmovedora como el Nacimiento de Monzón en Huesca con más de 10.000 figuras, los napolitanos del Palacio Real de Madrid, los Salzillos de Murcia, etc.

¿Cómo eran los primeros Nacimientos o belenes que recuerdo? En casa, traíamos las figuras desde el desván, figuras de barro pintado, río de papel de plata, musgo de El Fontán, serrín, castillo de Herodes, Reyes Magos que “andaban” un poco cada día, las primeras luces eléctricas y que estaban hasta el día de Reyes en que, sin verlo nosotros, desaparecían hasta el próximo año.

Fuera de casa el de mi primer Colegio de la Medalla Milagrosa, en las Hermanitas de los Pobres en la calle Pérez de la Sala y más lejos y maravilloso a nuestros ojos el que visitábamos en Lastres con mis padres, primos y tíos que era enorme, se movía, tenía agua en el río que movía una noria, las figuras eran bellísimas, ¡se hacía de noche y amanecía! Data de 1940, se debe a la labor de la familia Victorero Lucio y está instalado en la iglesia de Santa María de Sádaba. Consta de unas 400 figuras y 80 palacios y casas y se mantiene gracias al esfuerzo de la asociación “Austera”. Gracias por lograr que otros niños actuales puedan contar dentro de 60 años que lo han visto y disfrutado como yo. Alguna vez visitamos, ya un poco mayores, el del Asilo de Pala de Siero, el instalado en el Sanatorio Marítimo de Gijón y, cómo no, el de Covadonga.

Belenes entrañables e inolvidables eran los que siempre, las enfermeras y auxiliares se encargaban año tras año, de ponerlo con sus luces en el Servicio de Neumología del HUCA y en el Instituto Nacional de Silicosis, muy emocionante con carbón, castillete de entrada al pozo, etc… Asimismo, en Pediatría, sobre todo en Oncología Pediátrica, con la visita al belén de los Reyes Magos, siempre ha sido emocionante.

Estos últimos años fue obligada la visita al de la Asociación en la Plaza de la Catedral, con sus figuras de tamaño natural y los dioramas que ahora he disfrutado en su asentamiento de la Plaza del Pescado, como me he referido anteriormente. El último que he descubierto, y por cierto muy bien hecho, es el belén de la Comandancia de la Guardia Civil de Oviedo.

A día de hoy en mi casa y gracias a la labor de Susie, mi esposa, tenemos tres: pequeño tradicional, mejicano criollo y africano muy simple. Todos ellos entrañables y el ejemplo que les traigo, adquirido en Kenia, que por su sencillez es mi favorito.

Relacionando Navidad y música tuve ocasión hace un mes de comentar con el barítono asturiano David Menéndez este tema y, sin pretender ser exhaustivos, me citó un grupo de Oratorios que parcial o totalmente se refieren a la Navidad, como el “Oratorio de Navidad” BWV248, de Johann Sebastian Bach; el “Oratorio de Noël, Op. 12 de Camille Saint-Saëns o “La infancia de Cristo” de Louis-Hector Berlioz. Punto y aparte es “El Mesías” de Georg Friedrich Haendel, cita anual en Oviedo por estas fechas y que tuve la satisfacción de disfrutar ayer en este mismo Auditorio o “Une Cantate de Noël” de Arthur Honegger. En cuanto a ópera, y por su proximidad temporal, ya que se pondrá el próximo mes en el Teatro Campoamor, recordar que el primer y segundo acto de “La bohème” de Giacomo Puccini transcurre el día de Navidad, y el tercer acto de “Werther” (de Jules Massenet, basada en la novela de Goethe) en la Nochebuena. Más actual, la ópera de Gian Carlo Menotti “Amahl and the Night Visitors” es exponente de que el tema navideño tiene actualidad en la ópera.

Finalmente, ¿qué significa para mí el belén y la Navidad?: familia reunida, hogar, ternura, tradición y religiosidad. También solidaridad, respeto, pensar en los que no tienen, por razones muy diversas, la oportunidad de disfrutarlos y tener muy presentes a los ausentes.

Agradezco muy sinceramente la oportunidad que me habéis dado, al tener que preparar este modestísimo pregón. Sinceramente he aprendido mucho y os admiro. Yo, aunque no participo en las labores de la Asociación y encuentro la disculpa de la falta de tiempo, conocéis que tenéis mi apoyo, humilde como asociado y grande en sentimiento. No me gusta comprometerme a trabajar con vosotros y no poder cumplirlo. De todas formas, si en algún momento creéis que puedo ayudar en algo, no dudéis de solicitármelo.

Finalizo con el sincero deseo de que reinen la Alegría, Amor, Luz, Solidaridad y Paz en todo el mundo a través del espíritu de la Navidad.

¡Feliz Navidad 2015!

Muchas gracias.”

Jaime Martínez González-Río – Oviedo, 19 de diciembre de 2015

Recorte Logo de la Asociación Belenista de Oviedo

Texto del Pregón de Navidad 2014 – Asociación Belenista de Oviedo – D. Luis Fernández-Vega

19 Dic 14
Presidencia FEB
,
No Comments

En la tarde-noche de hoy, viernes 19 de diciembre de 2014, ante el numeroso público congregado en la Sala de Cámara del Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo, en un acto amenizado por la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo, D. Luis Fernández-Vega, catedrático de Oftalmología de la Universidad de Oviedo, ha pronunciado el siguiente Pregón de Navidad.


Luis Fernandez-Vega, pregonero de la Navidad 2014 en Oviedo (19/12/2014)

Luis Fernandez-Vega, pregonero de la Navidad 2014 en Oviedo (19/12/2014)

Un canto a la esperanza

“Inicio mis palabras confesando que pronunciar ante vosotros este pregón me produce cierto desasosiego porque aunque he de hablar de algo sobre lo que albergo los mejores sentimientos y comparto con la muy amplia mayoría de la sociedad, lo llevo a cabo ante vosotros, la Asociación Belenista de Oviedo, que atesora infinito más conocimiento que yo sobre este tema.

Y la Navidad suscita -hasta en los menos fervorosos- sentimientos tan benéficos y fraternales, que contribuir a pregonarla y anunciarla en un acto como este supone un gran honor, por lo que estaré siempre en deuda, y por el que estoy muy agradecido a esta Asociación.

He querido abrir este Pregón navideño con la frase que Cervantes pone en los labios de don Quijote para recobrar el ánimo tras la malaventura de los sangüeses que -molidos a palos- los dejaron a merced de la noche y sus misterios: “Siempre deja la ventura una puerta abierta a las desdichas para dar remedio a ellas” (Miguel de Cervantes, Don Quijote, 1ª parte, cap. XV).

Es una frase de promesa con la que el caballero andante muestra el contento de que, al menos, su escudero Sancho hubiera salido indemne y, así, poder alejarse de allí antes de irse del todo la luz del día.

Hoy la traigo a colación como por alusiones, por afinidades, porque parece que nos acechan malos vientos, porque las noches son más largas y espesas y porque a todos, el sentido común parece decirnos que mejor es algo que nada o poco. La frase la interpreto -por su protagonismo en la escena de los sangüeses- como un canto a la esperanza, cuando casi todo parece negado. “Siempre deja la ventura una puerta abierta a las desdichas para dar remedio a ellas“.

La Navidad rememora un hecho que parece nimio y vulgar por la rutinaria frecuencia con que se produce, pero no es eso, porque, en realidad, parte en dos toda la Historia humana. Hay un antes y un después del suceso de Belén con el nacimiento de aquel Niño. Parece inverosímil que un suceso así pudiera producir tal cambio, un corte tan revolucionario como no lo ha habido, ni lo habrá jamás. La encarnación de Dios, revestida de las formas más humildes y asequibles a los hombres de carne y hueso que somos todos.

Puesto a evocar hoy aquel suceso, no me resisto -por el realismo excepcional con que lo plasma- a transcribir en este Pregón algunas de las palabras con las que Giovanni Papini califica y describe las circunstancias del mismo, esas que lo hacen tan especial: “Jesús nacen un establo“.

Un establo -un auténtico establo- es una casa de las bestias que trabajan para el hombre. El establo no es otra cosa que cuatro paredes toscas, un empedrado mugriento y un techo de vigas y de lajas. El verdadero establo es lóbrego, sucio, maloliente… y no nació Jesús por casualidad en un establo…

El relato de Papini es crudo, cortante, pero vale para una ocasión como esta; otra Navidad -la de este año- que nos coge a todos bastante desencantados y confusos, preocupados diría, aunque siempre con ganas de ver luces prometedoras de verdad y de bien en medio de la noche; ilusionados también al ver que nos sale al paso ese verde amigo del alma que es la esperanza. La esperanza que no es una agitada ilusión que a veces embelesa, sino que es promesa, pero soportada por una elevada seguridad de verse cumplida. Y un canto a la esperanza, por Navidad, eso quisiera que fuera mi Pregón.

Me parece significativo que, en esta posmodernidad histórica que vivimos -de la cultura de los sucedáneos y del “usar y tirar”, de las afirmaciones teóricas y prácticas de “la muerte de Dios”, del vacío y de la nada, del declinar de los valores que cimentaron la sociedad-, me parece significativo, repito, que con alguna frecuencia, en los mismos que predican el vacío o la nada incluso, se observen cosas sorprendentes y paradójicas, que parecen casar mal con sus ideas.

Sorprendente y paradójico es, por ejemplo, el caso del existencialista Jean Paul Sartre, pues en una Navidad, la de 1940, estando privado de libertad en el campo de prisioneros de Tréveris (en la Alemania nazi), le saliera de dentro escribir para esas fechas una pequeña obra de teatro que tiene su centro y argumento en el nacimiento de aquel Niño en Belén. Barioná se llama la obra y Barioná es el nombre del protagonista, el jefecillo de un pueblo de las afueras de Belén cuando se dieron aquellos hechos. Barioná es renuente al principio, cuando los vecinos deciden acudir a Belén, pero más tarde se decide él mismo a seguir a su pueblo interesado en el suceso. Acude con ellos a Belén y termina -así se cierra la obra- por abrir los ojos y convertirse -él también- al optimismo y la esperanza.

Aquellos folios de Sartre -nacidos en aquel clima de la incertidumbre y soledad de la prisión y con la muerte en los talones, gestados en su alma y queridos para representar la Navidad en el campo de prisioneros, escritos a escondidas y con miedo, también a contrapelo de sus ideas y creencias filosóficas, muestran que la Navidad no tiene fronteras; que es fiesta de todos; porque dice algo a todos, y cada uno puede ver en ella lo mejor y lo peor de sí mismo.

La obra lleva de la mano al lector a pensar lo que, sin duda, pensaría Sartre al escribirla: que la Navidad vale para las golosinas y las felicitaciones, pero sobre todo vale para los tiempos de crisis, como la suya entonces o, salvando mucho las distancias, la nuestra hoy. Vale, por supuesto, para los católicos y los creyentes, y para todo el mundo vale aunque sea ateo o existencialista como lo era Sartre, y, sin embargo, la recordó como ayuda para sobrevivir.

Creo yo que es en los momentos de apuro y desdicha cuando los hombres deciden sacar lo mejor de sí mismos y ponen incluso las razones, que tanto son y cuentan en el hombre, al servicio de las urgencias del corazón y del alma, empeñados en buscar salidas…

Y ello viene a lo que antes indicaba, que estas conmemoraciones de la Navidad -en pleno invierno y cada año- son una especie de tregua en que hasta los más reacios a serlo de verdad se sienten hombres y mujeres, y las gentes de bien se felicitan para desearse la paz, ideal por la que se brindó en el primer pesebre de la historia.

Por eso, -para estos tiempos del desencanto posmoderno y cuando algunas señales negativas pudieran asomar sobre nosotros- quiero reiterar que mi pregón es, sobre todo lo demás, un canto a la esperanza, por Navidad.

La esperanza, amigos, como dijo un noble inglés, es “una buena compañera de viaje“. Tan buena ella, como triste y negra debe ser la suerte que pintó Dante en su Divina Comedia, al rotular la puerta del Infierno con esa estremecedora y conocida frase que es la negación absoluta del futuro mejor: “¡Los que aquí entráis dejad toda esperanza!“.

Estamos regular y el horizonte no parece del mejor color posible. Sin embargo, porque el infierno que presenta Dante no ha llegado, hay que afirmar con serenidad y rotundamente que no todo está perdido; que se puede volver de los malos pasos que se han podido dar; y que hoy puede ser todavía la hora de luchar por lo nuestro, de la mano de la esperanza que, al simbolizarse verde, es promesa de primavera y vida.

Los oftalmólogos podemos llamarnos, más que nadie, enamorados de la luz, amigos de la luz y luchadores por la luz. Es nuestra misión y oficio poner luz en los ojos cansados o enfermos. Hay veces que no podemos, pero nuestra voluntad es la misma: apostar siempre por la luz y hacer todo lo posible por conseguirla.

Mi pregón -ante la inminente Navidad- quiere ser eso mismo: una apuesta seria y firme por la luz y un apunte para mirar las sombras, pero solo para dejarlas atrás.

Hay esperanza y nosotros lo pregonamos…

Yo creo -hoy tal vez más que nunca- en los hombres y mujeres y en sus posibilidades de futuro a pesar de todo…

Yo creo en la verdad y me parece imposible que haya gentes que la malversen o la confundan haciendo de lo blanco negro…

Yo creo firmemente que la esperanza está hecha de algo más que de sueños e ilusiones o de complacencias vanas. Creo que la esperanza es “la primera semilla del alma racional y la fuente de la vida” como dijo hace siglos Filón de Alejandría, y lo creo mucho más que lo que de ella dijera Chamfort en una de sus máximas: “un charlatán de feria que nos engaña sin cesar“.

Yo creo mucho y seriamente en la Navidad. Y, porque creo en ella, creo también que las luces de la Navidad son benéficas, que no son puramente cosas de niños aunque los niños disfruten como nadie de estas fechas. Creo que componen e interpretan esas luces un canto a la esperanza.

Y creo que a pocos la Navidad no dice algo que en otros tiempos del año no se nos dice, o no se nos dice del mismo modo.

Creo, por eso, que es un tiempo oportuno para ver, a su luz, lo que nos pasa y buscarle el remedio como preconiza la frase de Cervantes.

Y tan especial ha de ser para tiempos duros y agónicos que hasta un descreído y negativista como Sartre, al recordar la Navidad desde su campo nazi de concentración, se dijo que merecía la pena pensar en ella y desdecirse, al menos un rato y aunque fuera por recurso vital, de sus negaciones y desesperanzas nihilistas. Lo que le salió en aquel momento fue recordar la Navidad y no sus ideas y lucubraciones de filosofía.

Los tiempos nuestros de hoy no son el infierno como antes decía recordando a Dante, aunque tampoco sean un camino de rosas o el dulce regalo de los sabrosos mazapanes que también nos trae la Navidad.

Esto es la tierra, hecha para sudarla, fertilizarla y ganarla.

Y en la tierra, para todo tiempo y más para los borrascosos o simplemente nublados días, tienen los hombres, y más los cristianos, la matriz de un mensaje alentador, porque -como recuerda otra vez Papini- este mensaje tiene el aval de su realismo y va vestido de esperanza.

Estoy convencido deque la Navidad sirve para todos, hasta para los que no la quieren tal como es. Y esta idea de la Navidad benéfica y alegre la brindo desde ahora, para unos días felices, abiertos más que nunca a esa esperanza que se necesita para sobrevivir. Porque es cuando esperanzarse se hace más apremiante y representa el primer paso hacia la regeneración individual y social que necesitamos.

Palacio Valdés, nuestro gran literato, abre su Testamento literario recordando la voz de uno mismo frente a las desdichas: “El más alto interés de la vida es saber para qué hemos sido llamados, y el porqué de nuestra existencia. Cuando bordeamos un abismo y la noche es tenebrosa, el jinete sabio suelta las riendas y se entrega al instinto de su caballo“.

Parecen dichas por el novelista para este tiempo y para esta Navidad. ¿No puede decirse con verdad que la Navidad pasa cada año ante los hombres como una “ola benéfica” recordando que, muchas veces, la buena voluntad hace más que las razones frías de nuestro entendimiento?

Termino: he querido que mi pregón fuera un canto realista, sonoro y positivo a la esperanza. Pienso que lo piden las fechas y lo reclaman los tiempos…

Y como los tiempos son de desencanto y confusión, me pregunto también, al cerrarlo, si nos quedan razones para la esperanza… Si aún podemos esperar…

Con la Navidad a la vista, he de contestar que sí, con tal que la buena voluntad de los hombres se imponga incluso a las buenas razones.

El mismo mensaje de Belén es mi mensaje:

Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a todos los hombres de buena voluntad“.

Y lo de Cervantes que no sobra: “Siempre deja la ventura una puerta abierta a las desdichas para dar remedio a ellas“.

Gracias a todos.”

Luis Fernández-Vega – Oviedo, 19 de diciembre de 2014

Recorte Logo de la Asociación Belenista de Oviedo

Texto del Pregón de Navidad 2013 – Asociación Belenista de Oviedo – Fr. Jesús Sanz Montes OFM

13 Dic 13
Presidencia FEB
, ,
No Comments

En la tarde-noche de hoy, viernes 13 de diciembre de 2013, ante el numeroso público congregado en la Sala de Cámara del Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo, en un acto amenizado por la Coral Polifónica de Llanera, Fr. Jesús Sanz Montes OFM, Arzobispo de Oviedo, ha pronunciado el siguiente Pregón de Navidad.


Fr. Jesús Sanz Montes OFM, pregonero de la Navidad 2013 en Oviedo (13/12/2013)

Fr. Jesús Sanz Montes OFM, pregonero de la Navidad 2013 en Oviedo (13/12/2013)

“Siempre me sitúo con respeto ante eso de pregonar. Por supuesto que agradezco sinceramente la amable invitación de ser el pregonero de la Navidad de este año 2013, pero no es sencillo venir como alguacil de una Buena Noticia con la que está cayendo. Porque no se trata de un clásico “pasen y vean, compren de ganga que está en oferta”… y así colocarles lo que no necesitan y que luego Vds. me pagarán en incómodos plazos durante toda la vida. Ni tampoco se trata de contar cuatro cosejas para llenar de consejas el tiempo que les sustraigo. Menos todavía venir a alarmarles con titulares malagüeros de los que lamentablemente estamos tan sobrados y demasiadas veces nos arrugan la esperanza. Que ya lo he dicho alguna vez, me refiero a lo que al respecto dice el Espasa: pregonero es el “que publica o divulga una cosa que se ignoraba”, es decir, “el que en alta voz da los pregones, publica y hace notorio lo que se quiere hacer saber a todos”. Y es aquí en donde entra la cautela: depende lo que nos quiera contar el pregonero, así hará festivo o nefasto nuestro escuchar. Por eso, digamos antes de nada qué tipo de pregonero es el que aquí nos proponemos ejercer en esta noche.

No vengo para pregonar una verdad que pudiera tener tan solo mi medida, ni una belleza que solo contase con la firma de mi torpe ingenio, ni una bondad que sin más coincidiese con mi escasa virtud. La grandeza del pregón que quiero comunicar consiste en que, aunque lo canten mis labios, no me tiene a mí como autor, sino que me obliga a ser también oyente de una historia pregonada que coincide con la historia del mismo Dios. Ser pregonero de una Verdad, de una Belleza y una Bondad, que también se me dan a mí como gracia y como don, constituyéndome simplemente en su humilde vocero, es decir, en su portavoz.

Y como se dice en mi Madrid natal, que a las ocho de la tarde o das tú una conferencia o en caso contrario te la dan, no quisiera que este breve rato que pasaremos juntos sea reducido al toma y daca de un hablar por hablar. Ojalá que lo pregonado encuentre hueco, y que sirva, y que encienda la luz de la que trata la historia que casi como una canción de cuna o un cuento, les quisiera aquí y a esta hora contar con motivo del pregón de Navidad de este año 2013 aquí en nuestra Muy noble y muy leal – Benemérita – Invicta – Heroica – Buena… querida ciudad de Oviedo.

Vamos, pues, al pregón, que para eso nos han traído.

No era Oviedo, pero llegando estas fechas aquella ciudad tiritaba de frío. Las gentes iban y venían de aquí para allá. Cada uno embozado en su abrigo y bufanda al uso gustaban de la prisa como gastaban el desenfado, porque en el ambiente se olfateaba ya un aire de fiesta, como una magia esperada cada año. Sí, un ambiente festivo que pusiera guirlandas y bolas de color, luces y estrellas en medio de un no sé qué cuestarriba e inhóspito que te imponía su negrura con tantos momentos grises que terminaban siendo grises oscuros. Pero todo parecía conspirar como pidiendo tregua, como si fueran con banderas blancas que anunciasen una paz momentánea entre tanta desazón guerrera.

La lista siempre era ingrata, pero motivos para el hastío algunos decían que habían: los años que no tienen vueltas y nos hacen a todos un año más viejos; la enfermedad que te postra con las goteras de un achaque pasajero o de una dolencia fatal que te acorrala en el miedo; el paro de quien ha perdido su trabajo en la peor edad y el paro de quien en la flor de la vida no lo ha estrenado todavía; la soledad que te sobrecoge al sentirte incomprendido, arrinconado, rodeado de olvido ingrato; la decepción que tiene siglas cuando te defraudan los que creíste que de tantos modos te podían salvar, defender y representar; la falta de salida a los callejones tapiados por la insolidaridad en donde no brota nada verde porque allí nada pinta. Uf, uf, uf, cuánta losa que sin descanso te quita el aire que respiras y da la impresión de que te ahogas abrumado por la imposibilidad de los ensueños y la terquedad de tantas pesadillas. Sí, se entiende algo de aquella prisa de cuantos iban y venían asomados a las luces y coloreados por el tinte de una fiesta convenida. Pero entonces…, entonces me sucedió algo inaudito e inesperado.

Resulta que volví a pasar junto al escaparate de todos los días. Siempre me detenía a mirar curiosón, porque alguien allí ponía una nota de novedad de tiempo en tiempo, rompiendo así la monotonía de aquella plaza vivaracha que acababa siendo siempre igual. En aquella vitrina se iban asomando cosas y cosas, haciéndonos su guiño para reclamar nuestra atención con el paso de los meses. Pero hete aquí lo que de pronto reclamó toda mi atención. No tanto lo que en aquellas fechas se exhibía, sino alguien que miraba con una mirada especial, tanto, tanto, que hacía ridícula mi furtiva curiosidad.

Aquel día me fijé en una niña pequeña que apenas levantaba unos seis años de edad. Tenía sus ojitos todo fijos en lo que había tras el vidrio. Y su diminuta nariz, se había hecho todavía más plana y chatilla al pegarla contra el frío cristal. No sé qué me llamó más la atención, si lo que había en aquel escaparate o la parábola de asombro lleno de un inocente estupor que aquella pequeña me mostraba. Pensaba que verdaderamente necesitamos recuperar la capacidad de asombro, y volver a revestirnos de esa admiración que libera para bien el niño que todos llevamos dentro. Pero habría que remover la inercia de repetir sin más las cosas, deberíamos simielgar -como decimos por aquí en Asturias- la rutina para evitar que la fatiga de la cansina repetición termine por aburrir hasta nuestra esperanza. Porque corremos siempre el riesgo de caer en la vorágine cíclica de estar sin más dando vueltas a las cosas en la noria del hastío, llegando siempre tarde donde nunca pasa
nada, como decía el poeta.

Aquella tarde, el escaparate mejor tenía forma de mirada de niña y aquellos sus ojos fueron los que me movieron y conmovieron como nunca antes me había sucedido. Me detuve y le dije a la chiquilla:

– “¿Te gusta? ¿Qué es lo que te gusta de todo cuanto ves?”.

Tras unos instantes de silencio que a mí se me hicieron interminables, su primera respuesta fue una infantil indiferencia: o sea, que no me hizo ni caso, que no despegó siquiera un milímetro su nariz de aquella pared transparente, y percibía que me hubiera querido decir si es que hubiera roto a hablar:

– “Oiga, señor, ¿me quiere dejar mirar en paz?”

Pero ni siquiera eso tan solo me dijo. Yo comprendía que, si no era una respuesta justa, sí al menos estaba ajustada a mi adulta impertinencia, algo así como si yo fuera -y creo que efectivamente lo fui- un inoportuno intruso que se empeñaba en distraer lo que tan ensimismada había robado del todo la atención de la pequeña, acaso tratando de descifrar la maravilla que se escondía tras el cristal aquel.

– “¡Pero, bueno!” -repuso una mujer joven que luego supe que era su mamá, acompañada por un niño mayor que la chiquilla, su hermano- “¿Así se contesta?”

Y como queriendo salvar la situación -evidentemente “mi” situación, no la de la niña-, terció el chaval para decirme algo como quien busca un aliado frente a la hermanita con la que intuía que tenía sus diferencias:

– “Es que mi hermana nunca había visto un nacimiento, y llevamos aquí un buen rato sin que la podamos arrancar -aseveró el crío-. Al principio hacía preguntas, pero luego le ha bastado con mirar”.

Entonces dije yo:

– “Eso es que ella ya entiende todo, que reconoce a todos los personajes, y que, sobre todo, sabe bien la historia que se cuenta en este escaparate”.

– “No señor, -finalmente intervino ella- yo no entiendo mucho, pero me he fijado en el portalito, en la mamá que tiene en sus brazos a su bebé, y que ese bebé era Dios. Me lo había contado mi abuela muchas veces, pero nunca lo había visto así en un Nacimiento de verdad”.

Sin duda que era certero lo que aquella carita pegada al cristal había logrado individuar dentro de aquel fantástico Nacimiento tan prolijo de detalles, con tanta precisión artística y ambiental de la época. Una mamá con su bebé en brazos, y que aquel bebé era nada menos que Dios.

– “¿Quieres que te cuente la historia de aquella noche?”, le dije a la niña.

Y los dos hermanos respondieron a coro un sí grande que arrancó de la madre un guiño de complicidad. Y comencé a relatarles lo que su buena abuela muchas veces les habría contado junto al fuego de la chimenea en largas tardes de invierno. Ellos me escuchaban embelesados como si quisieran comprobar cuánto sabía su anciana abuela, o qué detalles le faltaba a ella por contar.

Bueno, pues… Érase una vez que se era, que ocurrió hace cosa de dos mil años ya. Las crónicas de la época nos lo dibujan en una noche, al abrigo de una gruta que recogía los ganados en unas majadas cercanas a un pueblecito muy pequeño que se llamaba Belén en la región de Judea. Aparentemente no había cita previa, sino tan solo el cumplimiento del tiempo de Dios que desde hacía siglos venía avisando que iba a nacer aquel especialísimo bebé, que era su Hijo querido, y que nos lo enviaba como el Mesías para nuestra salvación. Era joven aquella mujer, primeriza mamá. Tenía en sus brazos a su recién nacido, al que amamantaba, al que acariciaba, al que decía ternuras mientras miraba sus ojitos de luna. ¿Qué canción le cantaba María a aquel pequeño de sus entrañas? Aquel a quien estrechaba contra su pecho, era Dios, nada menos que Dios.

¿Cómo nos podríamos imaginar la llegada de Dios a nuestra vida? Quizás como una imponente rueda de prensa en la que se comunicasen con detalle los pormenores más curiosos. O, tal vez, como una gran parada de fuerzas multinacionales donde exhibiesen con tronío y alharaca todo su poder. Para otros, acaso, tan solemne advenimiento debería llegar en medio del “glamour” de una escenografía del famoseo bien cuidada, de esas que no alumbran la oscuridad de nadie, pero que deslumbran la vanidad de tantos.

Tal vez, desde nuestra mejor buena voluntad, no se nos habría ocurrido mejor método para vender bien las verdades de Dios y acrecentar su eterno prestigio. Martín Descalzo escribió magistralmente que “los hombres, siempre aburridos y seriotes, se habían imaginado al Mesías anunciado de todos modos menos en forma de bebé… Esto tenía más aspecto de broma que de otra cosa. ¡No era serio! Y sin embargo aquel bebé, que iba a comenzar a llorar de un momento a otro, era Dios, era la plenitud de Dios. Y se había hecho enteramente hombre. El mundo que esperaba de sus labios la gran revelación recibió como primera palabra una sonrisa y el estallido de una pompa en sus labios rosados (J.L. Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret [Sígueme. Salamanca 1990]123). Por eso casi nadie se enteró. Pero no por ello Él dejó de venir. No por ello dejó de suceder aquel milagro. Era noche buena como pocas, una noche buena como ninguna. Y sucedió aquello que los sencillos esperaban porque Dios lo había prometido y en aquella hora cumplió para siempre. Dios hecho hombre, hecho historia nuestra capaz de brindar por nuestros gozos y sollozar con nuestro penar. Y para decirnos lo eterno, quiso aprender nuestra lengua a fin de balbucirnos un amor que no caduca, una paz que no claudica, una fidelidad que no traiciona. Verbum caro factum est. La Palabra se hizo carne. Dios se humanó para hacernos a nosotros verdaderamente hijos suyos y hacer posible la hermandad.

Y entonces, comenzó el desfile de aquellos improvisados adoradores con zurrones de pastor. Ellos se asomarían a la gruta con pudor, como queriendo mirar sin que les sorprendiese la mirada de aquella madre y su pequeño recién nacido, y la de un hombre fuerte y bueno que luego supieron que se llamaba José. Pero acabaron los pudores, y los empujones nerviosos con un “pasa tú primero”; y uno tras otro, aquellos pastores se fueron colando de rondón en aquel primer belén viviente de la historia. Arriba, sobre ellos, los mensajeros de antes cantaban como ángeles y seguían entonando sus tonadas de alegría y algazara, invitando festivos a dar gloria a Dios y a desear la paz a la entera humanidad.

Luego llegaron otros. Parecían sabios distraídos, magos de algún reino, que se dejaron conducir por una estrella amiga que había encendido todas sus preguntas y que les quiso conducir a la respuesta que más se correspondía con lo que les ardía en el corazón. Y aquellos sabios magos, sabios majos de verdad, fueron poniendo ante Jesús -que es como se llamaba el crío-, todo cuanto sabían y todo cuanto tenían: sus oros, sus inciensos y sus mirras.

A pocos kilómetros aparentemente todo seguía igual, sin que nada ni nadie hubiera percibido la novedad más novedosa de toda la historia jamás contada y jamás ocurrida. Pero aquello aconteció, tuvo lugar cuando un silencio todo lo envolvía y la noche estaba a la mitad de su carrera, hace ahora dos mil años, en Belén de Judá.

Los cristianos hacemos memoria de esa noche bendita, que por esa razón la llamamos nochebuena.

– “¿Y qué pasó después?”, -dijeron los dos niños llenos de curiosidad.

Luego pasó que… aquello no quedó allí, que el milagro de aquella noche bendita fue poco a poco alcanzando todas las noches que vinieron después. Y así hasta nuestros días, hasta esta noche fría. Porque aquel niño que era Dios y que estaba en los brazos de su joven mamá, no vino sólo para aquellos pastores y aquellos magos de oriente, sino para toda la humanidad.

¿Que qué ocurrió después de aquella noche y como consecuencia de ella?

Sucedió que en medio de tantos apagones de las cosas que soñamos como más hermosas, Dios encendió en su Hijo una Luz que viene a iluminar esos sueños de lo mejor, encontrándoles su camino para que no terminen en triste pesadilla.

Sucedió que en medio de nuestras contiendas de todos los desencuentros, Dios quiso levantar su tienda de encuentro en donde experimentar su acogida de paz: la acogida propia de Quien no se escandaliza de nosotros, de Quien no se harta ni se fuga de nuestra pobreza y pequeñez.

Sucedió que en medio de nuestros despistes y extravíos, Dios ha encendido también para nosotros una estrella que nos guía discreta hacia la meta que dibujó Él mismo pensando en nuestra felicidad.

Aquellos dos niños volvieron a mirar el belén de su escaparate, y pegaron nuevamente su pequeña nariz al cristal. Los ojillos se les encendían porque aquella maravillosa escenografía de un belén contaba una historia de la que también ellos formaban parte. Porque esta fue la intuición de la historia de los nacimientos y belenes que diera comienzo el bueno de San Francisco de Asís cuando quiso montar el belén aquella nochebuena de Greccio de 1223. Sí, todos formamos parte de esa historia, y antes o después, cada uno con su circunstancia y su momento estamos dentro del escaparate de la vida en donde Dios sigue naciendo como bebé para crecer con nosotros, tengamos la edad que tengamos.

Las bajas temperaturas hacían que sus pequeñas narices se pusieran coloradas, asomadas como estaban encima de su bien apretada bufanda azul. Los ojillos de aquellos chavalines se esforzaban en no perder ripio de cuanto avistaban en el vaivén de ese ambiente casi mágico cada vez que llegaban los días previos de Navidad. Era una puesta de largo anual, que se esperaba viendo las hojas del calendario caer, como caen de los árboles frondosos las suyas al adentrarse firme el otoño. Aquellas hojas sencillas, hojas hermanas, que nos brindaron otrora el mejor oxígeno con su clorofila, o la sombra reparadora en el acoso del sol de estío, ahora nos alfombraban los caminos poniendo música a nuestros pasos con su rítmico clás-clás. Todo era un paisaje conocido que llenaba de luz y de inocencia los días más especiales del año.

Ah, que me olvidaba, tampoco faltaba ese olor inconfundible que la anciana castañera iba regalando desde su rincón en los soportales de la plaza, según removía con la vieja espumadera el chisporroteo en su bidón con agujeros que hacía brincar las castañas que se abrían para gritarnos su calidez e invitarnos a su sabor dulce y sin igual en un amagüestu navideño.

Sí, todo se concitaba en una especie de fiesta esperada con la ilusión de lo verdadero: los escaparates, los árboles iluminados, los motivos colganderos en las calles principales, el ambiente de regalo reestrenado y de perdón sincero. Todo era, como decía el gran poeta Rilke, una conspiración… pero en este caso una conspiración buena, una conspiración bendita.

Los sones de las pastorelas, con sus estrofas más tiernas para el Niño Dios, su Madre bendita y el discreto San José, o los villancicos con sus versos más ingeniosos de una picaresca graciosa e inocente, también ponían su nota -nunca mejor dicho- en esa fiesta orquestada de un nacimiento viviente.

Queridos amigos: aquí y ahora estamos nosotros, testigos de esa noche dos mil años después. Y lo somos en medio de nuestros apagones, de nuestros fríos y nuestro estrés. No sólo vino Dios entonces, sino que viene ahora y después, para poner su luz que nadie puede apagar, su ternura cálida como la gracia, y su paz que llena de sereno sosiego nuestra agenda y nuestra alma.

Esta noche, ya a las puertas de la Navidad, quisiéramos seguir peregrinando hacia eso mejor de nosotros mismos de mil modos intuido y presentido, eso mejor que coincide con el destino último para el que fuimos creados. Zambulléndonos en la música que es hija de este tiempo bendito en que recordamos a Aquel que ya vino en Belén, a Aquel que volverá en Gloria al final de los tiempos, y a Aquel que se nos allega si acertamos a esperarle por los caminos que Él frecuenta.

La gélida noche, símbolo de tantos otros fríos que puedan anidar en nosotros y entre nosotros, deseamos que sea transformada por la cálida certeza de que todas nuestras preguntas han sido respondidas como nunca y para siempre en ese Dios nacido en nosotros y entre nosotros. En esto la música se hace dulce y delicado cómplice para abrirnos al estupor de la belleza, a la alegría serena, a la paz ensoñada. Dejemos también que la música navideña nos ponga en camino y nos convierta en romeros de un Dios que nos abraza con su acostumbrada cortesía.

Queridos amigos, entrañables hermanos, termino diciendo que estaba entrada ya la noche cuando a la mitad de su carrera un silencio todo lo envolvía. Y se sentía el frío del relente que hacía tiritero guardar a buen recaudo el aprisco de unas pobres ovejas, pero entonces algo inaudito sucedió. Aquellos pastores que estaban en tantas periferias nadie contaba con ellos. Pero llegó Dios, que sabía sus nombres, que conocía sus desvelos y vendaba sus heridas, ese Dios que se había hecho pequeño infante, fue a ellos a quienes primero mandó aviso de buena nueva con un anuncio de ángel. Es el gesto que el buen Dios no deja de repetir instante tras instante, en cada tiempo y lugar, con todos nosotros que estamos en las majadas de otros lares. Él sale al encuentro de nuestras soledades, pone luz en nuestra oscuridad, hace cálido el latir de nuestro corazón y en medio de nuestras trifulcas nos regala el don de la paz ese que hace posible todas las paces.

Es Navidad, amigos. Muchas felicidades, hermanos. Y mi deseo de un año próspero cuando llame a la puerta de nuestra calenda el 2014 que deseamos para todos bendito y mejor. Que Dios y nuestra Santina os bendigan y siempre os guarden.”

+ Fr. Jesús Sanz Montes, OFM – Oviedo, 13 de diciembre de 2013

Recorte Logo de la Asociación Belenista de Oviedo

Texto del Pregón de Navidad 2012 – Asociación Belenista de Oviedo – Dª. Isabel San Sebastián Cabasés

15 Dic 12
Presidencia FEB
,
No Comments

En la tarde-noche de hoy, sábado 15 de diciembre de 2012, ante el numeroso público congregado en la Sala de Cámara del Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo, en un acto amenizado por el Coro Mixto Reconquista dirigido por Ángel Gallego, Dª. Isabel San Sebastián Cabasés, periodista y escritora, ha pronunciado el siguiente Pregón de Navidad.


Isabel San Sebastián Cabasés, pregonera de la Navidad 2012 en Oviedo (15/12/2012)

Isabel San Sebastián Cabasés, pregonera de la Navidad 2012 en Oviedo (15/12/2012)

“Queridos amigos y vecinos de Oviedo:

Me habéis hecho el honor de convertirme en pregonera de vuestra Navidad, a pesar de no tener yo la suerte de ser hija de esta villa, y es tarea que me llena de gratitud y a la vez de responsabilidad, porque no es cualquier cosa poner voz y letra a un acontecimiento de semejante trascendencia.

No soy hija de esta tierra asturiana, es verdad, aunque no me canso de proclamar el cariño y la admiración que despierta en mí su paisaje, su historia y sobre todo su paisanaje, tan cercanos a mi corazón que me han devuelto el hogar que otros me robaron, a la vez que me permitía echar raíces tras muchos años de trashumancia forzosa.

De ahí la emoción con la que me enfrento a este pregón, que me va a llevar a recorrer el camino de una memoria familiar nómada, con la vida en una maleta, en la que la Navidad siempre fue el momento y el motivo de volver a casa, a la patria, a los afectos.

Me dispongo pues a cumplir el encargo con humildad, con la seriedad que requiere la tarea, con honda emoción, porque sin ella ni la Navidad ni la vida pueden ser celebradas como se merecen, y también, con los bártulos propios de mi oficio de periodista y escritora que son las ideas, los sonidos, las palabras con las que hilvanamos discursos y contamos nuestras historias.

Historias o mejor dicho Historia, con mayúsculas, que en el caso de Asturias me ha brindado una urdimbre incomparable para tejer sobre ella dos novelas, Astur y La visigoda, que narran el empeño heroico del pueblo asturiano por recuperar las señas de identidad cristianas que arrebataron los musulmanes, con su invasión, a los habitantes de la antigua Hispania visigoda. Su batallar incansable en nombre de la Santa Cruz, desde Covadonga, bajo la advocación de la Santina, hasta consolidar las fronteras de un Reino que con el tiempo crecería para convertirse en la cuna de España. En su madre y también su padre en un principio, valientes, generosos, protectores… Ejemplares.

Vayan pues por delante mi admiración, mi cariño y, por supuesto, mi gratitud por invitarme a compartir con vosotros estos minutos dedicados a enhebrar, con las herramientas de mi profesión, el homenaje que se merecen estas fiestas tan especiales en esta Asturias de mis amores.

No voy a adentrarme en el territorio de la fe y del significado teológico de la Natividad de Jesucristo que se conmemora en estos días. Doctores tiene la Iglesia, y de hecho algunos, como monseñor Martínez Camino me han precedido en este cometido, por lo que no haría yo sino el ridículo más espantoso pretendiendo estar a su altura. Ni tengo conocimientos suficientes para acometer ese empeño ni deseo crear distancias entre quienes otorgan un sentido trascendente a esta sucesión de celebraciones y representaciones sacras, y quienes las viven, por el contrario, como tradiciones dignas del mayor respeto, al margen de creencias religiosas. Unos y otros tienen cabida, a juicio de esta pregonera, en una interpretación tolerante de la Navidad, que es la propia de la caridad que caracteriza a nuestra fe y también de esta España abierta al mundo y, al mismo tiempo, orgullosa de sí misma. Esta España en la que todavía (digo bien todavía, porque hay nubarrones que la amenazan) tenemos la fortuna de vivir.

Tampoco intentaré glosar con pretensión erudita o costumbrista la peculiaridad local y sus raíces históricas, porque me faltan cultura y experiencia para ello, y también, a qué negarlo, porque no me parece la manera más honesta de cumplir el cometido que se me ha encomendado. Mi oficio no es la Historia, aunque me apasione, sino la literatura y la crónica. O la crónica y la literatura, que vienen a ser una misma cosa. En definitiva, el de escritora o escribidora, que es el arte de escribir a diario a fin de contar lo que pasa.

De ahí que, al ponerme a reflexionar hace unos días sobre el contenido de este pregón, haya rebuscado en los cajones de la memoria, en todas las estanterías de la percepción, por ver de encontrar una palabra, una sola, la más adecuada para dibujar los contornos de la Navidad desde el punto de vista del sentimiento. Dicho de otro modo: que haya procurado dar con el término más exacto, más acorde con lo que dicta el corazón, para asignarle un apellido a esta Navidad tan sobrada de adjetivos huecos. ¡Ardua tarea!

En esta navegación silenciosa por las páginas del diccionario, que rara vez es capaz de poner nombre exacto a la emoción, me he topado con muchos términos de uso común por estas fechas. Sustantivos, adverbios tan navideños como el turrón o los polvorones que, sin embargo, no terminan de colmar mis necesidades expresivas.

Ahí está, sin ir más lejos, ese vocablo de tres letras con ecos de villancico: la PAZ. ¡Qué hermoso anhelo! Si no fuera por lo desgastado y raído que está el concepto a fuerza de ser retorcido en base a intereses bastardos. Si no fuera por el uso y abuso que se ha hecho de esta voz tan extraordinariamente difícil de trasladar a la realidad. Si no fuera porque su nombre se pronuncia continuamente en vano, para amparar toda clase de iniquidades, PAZ sería una buena forma de definir lo que impregna el alma en estos días de celebración.

Por eso aprovecho la ocasión para invocar a la Virgen de Covadonga, bajo cuya advocación Asturias siempre ha dado lo mejor de sí misma, con el fin de que ampare bajo su manto amoroso a esta España y esta Europa que viven horas tan oscuras, nos regale la paz a la que aspiramos todos y nos cobije en el año que vamos a estrenar. Que todas las madres de hijos en paro, desesperanzados, privados del futuro que debería pertenecerles, sequen sus lágrimas y reencuentren la sonrisa que debió iluminar a María cuando tuvo al Niño Jesús en sus brazos. Que entre todos seamos capaces de construir un mundo más justo y más amable para nuestros hijos, en el que tengan oportunidades para vivir una vida digna. Que alcancemos algún día la cordura necesaria para repartir de manera más equitativa, así el esfuerzo como los frutos del mismo. Y también la alegría.

ALEGRÍA. Ese es otro de los estados que, se supone, han de reinar en los ánimos. Alegría ante el nacimiento de Nuestro Señor, ante las vacaciones, los regalos, las cenas de amigos, las reuniones familiares, el calor del hogar… Alegría de burbujas de champán o sidra El Gaitero, que es la que tomamos siempre en casa. Alegría ante las campanadas, la ropa elegante, el Gordo de la Lotería… Alegría día y noche… hasta el punto de empalagar. Tanta alegría impuesta, obligatoria, proclamada a toda hora desde la pantalla del televisor, terriblemente inoportuna cuando todo a nuestro alrededor es crisis y tanta gente está pasándolo tan mal, termina por convertirse en falsa. Y no solo por todo el dolor que provocan los problemas presentes, la exclusión que se deriva a menudo del paro, la desesperanza y hasta el hambre de los más castigados por este azote económico, sino porque este es tiempo de balances que no siempre resultan favorables en todas las partidas. Porque cualquier carencia se nota con intensidad más dolorosa cuando se intenta ignorar en aras de esa alegría forzosa. Porque hay mucha gente condenada a la soledad, soledad solitaria o soledad acompañada, que de todo hay y en abundancia. Mucha gente que se duele en estos días, más que nunca, por mucho que intente disimular, del amor que falta en su vida.

Y llegamos así a otro de los iconos de la Navidad. El AMOR. Amor que, se nos dice, hay que entregar a manos llenas como el más preciado don, siguiendo el ejemplo de los magos y los pastores que llegaron hasta Belén hace ahora 2012 años (¡se dice pronto!) con oro, incienso, mirra y cánticos para el Niño Dios recién nacido. Oro para subrayar la realeza de ese Niño que, sin embargo, por humildad, eligió nacer en un pesebre, pues siempre vio más gloria en los humildes y los desheredados que se empeñan en salir adelante, que en los poderosos aferrados a privilegios y empeñados en perpetuarse. A mí me sucede lo mismo, y cuantos más años tengo, más se agudiza esa percepción. Incienso destinado a simbolizar el hecho de que era Hijo de Dios. Mirra, que adelantaba y anunciaba la que sería su pasión.

Y es que en la antigüedad y en la Edad Media nada era lo que parecía, ningún elemento tenía únicamente valor en sí mismo, sino que todo poseía un altísimo valor simbólico que las gentes de ese tiempo sabían interpretar a la perfección.

De ahí que el belén, representado por vez primera en la Nochebuena de 1223 por un guerrero reconvertido en monje llamado Francisco de Asís, que lo escenificó con una mula y un buey reales a su regreso de las Cruzadas en Tierra Santa, fuese mucho más que una mera representación de lo acaecido en Belén. Todas y cada una de sus figuras evocaban lo complejo del Misterio de la Natividad. Quienes contemplaron en aquel siglo XIII el pesebre, a los magos “sabios”, a los sencillos pastores y a los animales de labor que daban calor al niño, supieron que lo que había impresionado al futuro San Francisco en la tierra que vio nacer a Jesús, hasta el extremo de hacerle abandonar la espada para abrazar el hábito, fue precisamente el mensaje de amor que trajo consigo el Salvador. El amor que marcó la diferencia entre el Dios de la venganza del Antiguo Testamento y el de la misericordia presente en los Evangelios.

Amor que nos hace humanos además de hermanos. Amor escrito en tarjetas en tonos verdes y rojos; guisado en forma de pavo, besugo, cordero o sopas de leche; cantado junto al portal o bien alrededor del árbol; empaquetado con grandes lazos de ilusión para hacer mágica la mañana de Reyes. AMOR convertido en solidaridad cuando la fiebre consumista propia de esta temporada logra despertamos la conciencia, generalmente dormida, y esta nos empuja a abrazar una causa, la que sea, capaz de aliviar el sufrimiento de algún desdichado en algún lugar de este mundo inmenso, donde todo está mal repartido. Cada vez peor, por desgracia, a medida que pasan los años. Amor que nos lleva a compartir lo mucho que nos sobra, y a veces incluso aquello de lo que vamos justos, con quienes se han quedado sin nada. Amor generoso. Amor sin condición. Amor que se exige a sí mismo sin pedir nada al ser amado. Amor hermoso. AMOR…

Es sin lugar a dudas un sentimiento digno de cultivarse, demasiado importante, sin embargo, para reducirlo a la condición de sentimiento navideño.

Demasiado indispensable. El amor es al alma lo que el pan al cuerpo. Es, sin lugar a dudas, la emoción que más nos humaniza y nos asemeja al Niño que nació en Belén, además de hacernos merecedores de su venida a este mundo. Lo necesitamos tanto como al sol, la libertad o el aire que respiramos. Ha de fluir por nuestro día a día para alimentar nuestro comportamiento, dar sentido a la existencia e iluminar con su luz cada cosa que hacemos…

LUZ. ¿Hay algo más representativo de la Navidad que la luz de las calles, las velas o la chimenea? ¿Alguna metáfora más lograda que la de la luz en pleno solsticio de invierno, como símbolo de la esperanza en una nueva primavera que traerá nuevas cosechas, un nuevo sol y una vida renovada? ¿Alguna forma mejor de describir lo que supone la venida al mundo de Nuestro Señor, verdadero faro de luz cálida capaz de guiamos entre las tinieblas?

Sí, lo hay. Hay, al menos en mi corazón. Una emoción que contiene y abarca a todas las demás. Una palabra que apellida a la perfección el nombre de la Navidad. Un sentimiento predominante, estoy segura, en la gran mayoría de nuestras almas: la NOSTALGIA.

Si algo experimentamos en estos días y estas noches de enorme intensidad afectiva es nostalgia. Nostalgia de lo que pasó, de los que ya no están, de lo que pudo haber sido, de lo que se perdió en la bruma de los años. Nostalgia casi siempre dulce, pero con pinceladas oscuras que causan dolor. Nostalgia que hace aflorar las lágrimas en los momentos más felices. Nostalgia…

Hace unos años, escribí por estas fechas unas líneas con las que trataba de expresar lo que entonces era una herida abierta y hoy una cicatriz que jamás sanará del todo, aunque ya no sangre. Lo escribí pensando en todas las Navidades que había compartido con mis padres, mis abuelos y los seres queridos que abrigaron mi infancia nómada. En todos los villancicos cantados a coro con mis cuatro hermanos, bajo la dirección de mi madre pianista. En los cuentos que nos inventaba mi padre antes de mandarnos a dormir y en las chaquetas que nos hacía mi madre en su incansable labor de punto. En todos los momentos de felicidad condensados en la mera evocación de esa Nochebuena y esa Navidad en las que, por una vez, estábamos todos juntos alrededor de una misma mesa, siempre con el mismo menú tradicional, mitad de Bilbao, mitad de Pamplona.

Decía así mi particular pregón personal: “Pasan los días y pesan las ausencias en esta Navidad. Pasan las vísperas, antaño impacientes y gozosas, hoy temidas… y duelen las voces silenciadas, las risas apagadas, los abrazos que no se han de dar”.

El calendario ha volado hacia esas fechas cálidas, de hogar y de familia, y todo se ha hecho añoranza del pasado. Faltan ante todo los seres queridos… ¡Y ya van siendo tantos! Faltan los lugares, los sonidos, las voces del viejo disco de villancicos. Faltan escenario, decorado y personajes, aunque el guión sigue siendo básicamente el mismo: hay regalos, canciones, compras, comilonas y árbol de Navidad, pero falta perspectiva; la perspectiva de la niñez perdida. Porque la edad no está en la partida de nacimiento, sino en los ojos de los demás. Por eso somos niños mientras hay alguien que nos contempla como a tales, con brazos abiertos para acogernos siempre, razones dispuestas a comprenderlo todo y amor incondicional. Por eso dejamos de serlo el día en que esa mirada se nubla definitivamente y cerramos la puerta a un hogar.

Eso exactamente es la orfandad, que marca la hora de formar en primera línea y tomar el testigo…

Mientras aquí terminamos de decorar el abeto, en el “belén de ahí arriba”, me digo, el Niño Dios ya ha encontrado quien le narre cuentos de caballeros medievales, audaces y borrachines, o de enanitos “barbilones” escondidos en manzanas rojas. El Niño no ha de aburrirse, no, que esos cuentos no se acaban. Y los pastores, calentitos, a pasar la noche al raso sin preocuparse del frío, que unas manos de dedos largos y finos ya les habrán tejido suaves jerseys y bufandas, con todo el cuidado del mundo. A la Virgen, entre tanto, no ha de faltarle compañía, conversación, alguna anécdota familiar cuajada de carcajadas, una taza de té humeante con tostadas y mantequilla y, sobre todo, alegría. En cuanto a José, tal vez disfrute haciendo tertulia con un interlocutor tan sabio como gruñón…

Habrá aguinaldo para todos, eso seguro, y también regalos. Al menos uno para cada uno. Los primeros, en sobre blanco con los nombres en letras azules, los otros envueltos en papeles de colores con tarjetitas colgando. Luego se cenará coliflor y cardo, besugo al horno, capón, turrones y compota de orejones. Para beber, sidra dulce, vino tinto y alguna copa de champán. Después, los villancicos.

Y durante un día sin fin habrá meriendas apacibles con olor a dulce y a limón, y noches de charla y de historias, con sabor a viejos libros. Y por encima de todo, amor. Lo que nos queda. Lo que nos llega. Lo que nos une.

Aquí abajo también tenemos Nacimiento, por supuesto. Con Misterio, portalón, un enorme cielo azul pintado estrella a estrella por los pequeños de la casa, reyes, pajes, camellos, ovejas, puente… y hasta un río con agua de verdad. Solo le falta un detalle; uno, pero esencial. A nuestro Nacimiento, este año, se le han perdido los abuelos.

Aquí abajo se ha roto para siempre un eslabón. Se ha quebrado la cadena de la vida y estamos en primera línea. Hemos dejado de ser niños incluso en la última retina, en el último bastión que conservaba esa sensación cálida, segura, terriblemente necesaria. Y si hay una fecha en la que la orfandad se hace presente, como esas viejas fracturas que duelen con la humedad, son estos días, de fiesta y de familia, cuando descubres que los que vienen detrás te reclaman que seas tú quien ponga color, calor, aroma y sabor a la Navidad, para que ellos puedan recordarla algún día.

¿Será por eso que nos aferramos con todas nuestras fuerzas a los que todavía conservan la magia de la inocencia, y nos desvivimos por rodearles de mimos, y buscamos en sus ojos la felicidad que hemos perdido, y hacemos de tripas corazón, y cantamos y reímos para que puedan disfrutar y continuar así ese fantástico ciclo? ¿Será por eso que los únicos regalos que ilusionan de verdad no son los que se reciben, sino los que se van a dar?

Hoy conviven en el belén de mi casa, junto al Niño de la esperanza, un portal destartalado que tiene más años que yo; un cielo lleno de estrellas pintado por mis hijos cuando apenas sabían hablar; y pastores, mulas y bueyes de varias generaciones. Los Reyes Magos, en cambio, acaban de incorporarse y representan un mañana abierto, pese a todo, a la ilusión. Vienen cargados de hermanos, primos, hijos, nietos, sobrinos y amigos, que llenan los días por venir de compañía y de cariño. Traen las alforjas repletas de promesas de futuro.

Los recuerdos son todavía afilados como hojas de navaja. Las sillas vacías parecen gritar. Pero el tiempo lo templará todo. La pena se suavizará y hasta llegará un momento en que las imágenes que hoy arrancan lágrimas, despertarán sonrisas. Seguiremos pintando estrellas y hasta construyendo ríos por los que fluya agua de verdad… por los que se han ido. Por los que vienen detrás. Porque es preciso.

Por el cauce de papel de plata que baja de las montañas de corcho, discurrirán los recuerdos gota a gota, limados de sus aristas dolorosas, impregnados de ternura, seguramente idealizados, pero hermosos, y merecedores de un espacio privilegiado en la memoria. De un lugar situado junto al que reserva el corazón para esas personas imborrables, que viven por siempre en nosotros y se hacen más presentes (o más ausentes) que nunca entre el turrón y las guirnaldas.

Ellas están aquí, con nosotros, en un millar de anécdotas cien veces repetidas a quienes no llegaron a conocerlas.

Están aquí, representadas en sus cosas queridas, sus objetos, sus muebles. Sus libros…

Están en ese gesto que descubres en un niño, en el color de unos ojos, en las conversaciones más triviales… Su espíritu sigue presente en cada una de las personas que las amaron.

Es el triunfo de la vida. La victoria del amor sobre cualquier contingencia, incluida la muerte. El mensaje que trae consigo cada nuevo año. El contrapunto esperanzado que encuentro yo a la Navidad, toda vez que, para mí, ya siempre estará teñida de nostalgia.

La Alegría. El Amor. La Luz. La Paz.

A todos, de corazón, FELIZ NAVIDAD.”

Isabel San Sebastián Cabasés – Oviedo, 15 de diciembre de 2012