Etiqueta: Autoría: José Andrés Cabrerizo Manchado

Portada de la revista ¡Aleluya! n.º 15 - Asociación Belenista de Valladolid (2020)

El belenista, un modo de vivir la fe, por José Andrés Cabrerizo Manchado

27 Nov 20
Presidencia FEB
,
No Comments

El belenista, un modo de vivir la fe

Artículo publicado en la revista ¡Aleluya! nº 15 (2020) de la Asociación Belenista de Valladolid

Imagotipo de la Asociación Belenista de ValladolidEl belenista ¿nace o se hace? Quizá la pregunta no esté bien formulada, porque la respuesta es obvia: no nacemos siendo belenistas. Pero pienso que en muchos casos también es evidente que, siendo un acto voluntario, frecuentemente tiene mucho que ver con el nacer, con algo que alguien ha puesto en nosotros como una semilla y que nosotros hemos de desarrollar. En este sentido podemos establecer, salvando las distancias, un paralelismo con el bautismo, donde está claro que la gracia se transmite con la administración del sacramento, pero la vivencia de la fe depende en gran medida de lo que los padres trasmitan a los hijos.

Ciertamente, muchos llegan al mundo de los nacimientos por un algo estético o cultural: un día, por casualidad, entran en una iglesia o una sala de exposiciones y se ven impactados por un monumental montaje que recrea las escenas del nacimiento de Jesús y eso puede llevarle a desear más, a ver más pesebres, a leer sobre el cómo surge y se desarrolla esa tradición, cuáles son sus momentos más importantes, etc. En el mejor de los casos esa persona incluso puede acabar instalando en su casa un nacimiento, de mayor o menor calidad dependiendo de las habilidades de cada uno y de las posibilidades económicas.

Belén popular

Otro tipo de belenistas es aquél que desde siempre ha vivido esa tradición, ese paralelismo que decía que existe con el bautismo. Lo más normal es que en este caso el nacimiento sea un fenómeno netamente religioso, de fe, vinculado a una vivencia generalmente familiar y también eclesial, donde lo importante de la Navidad no es tanto el aspecto social y convivencial (¡cuánto lo vamos a echar de menos en este año del Covid!), sino el saber que esa representación del nacimiento de Cristo nos habla de la cercanía de Dios. Estoy convencido que el verdadero belenista corresponde a este tipo de persona que ha mamado la importancia de ese encuentro de Dios con el hombre casi desde que tiene memoria. Voy a narrar mi experiencia personal.

Recuerdo perfectamente cuándo y cómo se inició el montaje del nacimiento en mi casa. Tenía entonces seis años y una tarde de aquellos diciembres de entonces, de niebla y frío, mi madre decidió que íbamos a montar un nacimiento en casa. Compramos en una pequeña papelería que había en la calle Mantería un misterio de plástico, los reyes con sus camellos y pajes, cinco pastores, tres ovejas y dos patos (todo eso existe todavía). Hizo dos casas con cartón rizado de embalaje y un pequeño redil con palillos e hilo; la cueva y las montañas con aquellas escorias de la caldera de carbón. Para mi hermano y para mí fue el gran acontecimiento de aquel año… y de los años siguientes. Puntualmente, el día que nos daban las vacaciones de Navidad, al llegar del colegio por la tarde, encontrábamos a mi madre poniendo el nacimiento en la entrada de casa. Las vacaciones se pasaban moviendo las figuras y jugando con ellas, intentando colocarlas después en su sitio.

Uno se hace mayor y aquel nacimiento “infantil” dio paso a la colocación del Misterio de Ortigas; pero siempre quedó el recuerdo de aquel nacimiento de la infancia y el deseo de volver a vivir y hacer vivir esa escena del Dios con nosotros en la humildad de nuestra carne. Tras un cursillo que la Asociación Belenista Castellana nos dio en mi cofradía de N. P. Jesús Resucitado y María Santísima de la Alegría, comencé a montar el nacimiento en la iglesia de las Calderonas, tarea en la que estuve unos diez años. Después, en el Seminario, durante el tiempo que pasé estudiando allí, lo montaba en el pasillo de los mayores”; al año siguiente ya pusieron otro “los pequeños” en el vestíbulo. Paralelamente, en mi casa, aquel Misterio de Ortigas fue poblándose de más personajes, pastores, reyes y animales y sigue creciendo hasta hoy. La misma tradición se ha instalado en casa de mi hermano desde que formó su familia.

Detalles de un belén popular

Como sacerdote, he intentado fomentar todo lo posible el cultivo del nacimiento allí donde he sido destinado, en la mayoría de los lugares ya existía su montaje. Cómo olvidar a Mari y a Mari Carmen y su belén del “huevo frito” en el Pedroso de la Abadesa; Conchita del Montico en San Miguel del Pino; Angelines y Mari Nieves en Villamarciel; Ino (q.e.p.d.) y Lorenzo con su nacimiento de ferralla en Santo Domingo de Guzmán; Fernando en la Parroquia del Salvador… En los últimos años el empeño ha sido ir montándolo en la Catedral, comprando poco a poco figuras de José Luis Mayo y contando con la inestimable ayuda de la Asociación Belenista de Valladolid.

Estoy convencido de que esta pasión por el Nacimiento ha sido uno de los grandes regalos que Dios ha querido hacerme y que es un instrumento privilegiado de evangelización, que hace salir del secularismo y consumismo al que tantas veces reducimos la Navidad. También es un modo de vivir la fe, ya que durante el tiempo en el que las figuras, el musgo y el serrín se encuentran en un rincón de casa, éste se convierte en una capilla donde orar y sentir más de cerca al Dios que se ha hecho carne por nosotros.

José Andrés Cabrerizo Manchado
Deán de la Santa Iglesia Catedral de Valladolid