
XXV Congreso Nacional Belenista:
«Aplicación del espíritu evangélico franciscano al belenismo».
Ponencia pronunciada por D. Juan Pérez-Cuadrado
Distinguidos Sres. de la Presidencia, Sras., Sres., amigos todos del Belén.
Es un deber de cortesía que me place cumplir al inicio de mi modesta actuación, el manifestar mi sincera gratitud a los organizadores de este XXV Congreso Nacional Belenista, y de una manera muy particular al presidente de esta Asociación Belenista de Cartagena-La Unión, nuestro dinámico y querido amigo D. Tomás López Castelo, por haberme invitado a participar activamente en esta Asamblea con la exposición de una ponencia, tan interesante y práctica como es la que trata de la «Aplicación del espíritu evangélico franciscano al belenismo».
Al recibo de la invitación, no dudé ni un instante en aceptarla, y con verdadera ilusión, aunque me daba perfecta cuenta de mi deficiente preparación para poder estar, como era y es mi deseo, a la altura exigida por el tema.
Dice un viejo refrán latino: Audaces fortuna iuvat = la buena suerte se pone a favor de los atrevidos. Fiado, pues, de la verdad de esta lisonjera afirmación, con cierta tranquilidad, he procurado prepararme lo mejor posible, para que no queden defraudados Vds., mis queridos amigos, que amablemente se disponen a escucharme.
Yo quisiera, y lo digo con toda el alma, que el desarrollo de esta ponencia -dejándome de lindezas literarias- fuera como un toque de clarín, que ponga en alerta roja a todos los belenistas y amigos del Belén, para el logro de una actualización o puesta al día del belenismo español, acorde con las gravísimas exigencias y necesidades del momento.
Asimismo, me gustaría que, al final de la parte expositiva (que va a ser, de propósito, breve), en un sencillo diálogo, amigable y constructivo, manifestaran Vds. su pensamiento y parecer de cuanto voy a decir y proponer, pues a esto venimos a los Congresos -sin perjuicio de pasarlo bien- a trabajar, en un ambiente de auténtica hermandad, en pro del belenismo.
Ante todo, entrando ya de lleno en la exposición del tema, quiero empezar con el recuerdo de un principio, fundamental, que ha de servirnos de estrella orientadora en nuestra andadura por el luminoso camino del más puro y eficiente belenismo.
He aquí la realidad que jamás debiéramos olvidar: que el belenismo es, ante todo y sobre todo, un auténtico apostolado religioso; tanto por el fin que se pretende, cual es el contribuir a la conservación y, si posible fuera, al aumento del espíritu cristiano de la Navidad; como por el medio utilizado en la consecución de tal fin; la pequeña reproducción plástica de la Santa Cueva de Belén que, de una manera tan bella como agradable, hace presente la imagen del Niño-Dios en los hogares, creando un clima maravilloso, de sana alegría y venturosa paz.
En gracia al orden y claridad en la presentación del tema, me voy a permitir establecer la siguiente distinción, entre la piadosa conducta personal del belenista, y el espíritu religioso que debe presidir e informar la vida y actividad de nuestras asociaciones.
Dando luz verde a nuestro caminar, vamos a exponer la primera propuesta del tema: si el belenismo, como queda dicho, es un apostolado, el belenista, en buena lógica, tiene que ser un apóstol, con la aceptación de todo lo que su comportamiento supone.
Si dirigimos una mirada a nuestro Santo Patrono, el Serafín de Asís, veremos que son tres, entre otras, las virtudes cuyo ejercicio contribuyó muy poderosamente, bajo el influjo de la gracia, a la formación de su recia, al par que dulce y entrañable personalidad: una profunda humildad, una pobreza a la que rindió un culto radiante; y un ferviente y tierno amor a la Naturaleza.
De estas tres grandes virtudes, la principal es, sin duda alguna, la humildad. Buena prueba de ello tenemos en el detalle de que el primer consejo que el Divino Maestro dio a sus discípulos al recibirlos en su compañía fue, precisamente, la práctica de la humildad: «Aprended de mí, les dijo, que soy manso y humilde de corazón».
En los apostolados que ofrecen dos vertientes, una espiritual y otra material, se corre el riesgo de que deslumbrados y seducidos por la parte material, se le dedique una gran atención, con cierto desdén y quizás hasta un relativo olvido de lo espiritual, con lo que el protagonista de tal proceder, poco menos que pierda todo mérito a los ojos del Señor, pudiendo llegar hasta hacer menos grata su persona, en la que se trasluce una autosatisfacción frontera a la vanidad.
Esta idea tiene una gran aplicación en el belenismo, en el que también se dan dos vertientes: una espiritual, la ya mencionada conservación del espíritu cristiano de la Navidad, que tiene razón de fin, y otra material: la construcción de los Belenes, que no pasa de ser un medio para la consecución del fin; y como este medio, por su acentuado carácter artístico, es sumamente atractivo y seductor, cabe, marginando lo espiritual, por el éxito de lo material, la bella construcción de los belenes, caer en un exceso de estimación propia con todas sus tristes consecuencias.
Mis queridos amigos…, no nos dejemos caer en la trampa.
El remedio infalible para evitar este peligro es la práctica de la humildad, de la que todos estamos tan necesitados.
El belenista, consciente de su misión, para serlo de verdad tiene que ser verdaderamente humilde.
Ahora, veamos en qué consiste la humildad.
La simpática andariega, Santa Teresa de Jesús que, pese a ser la gloriosa restauradora del Carmelo, nunca perdió su humilde talante, en su famoso libro de Las moradas del castillo del alma, da una definición de la humildad tan breve como exacta; dice así «la humildad es la verdad», o sea, es el reconocimiento sincero de que por nuestra parte no somos nada, absolutamente nada, y que todo lo bueno, poco o mucho, que tenemos, tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia, lo hemos recibido gratuitamente, como un regalo de las manos de Dios.
El Apóstol San Pablo preguntaba a los corintios que, por lo que parece, se daban su importancia: ¿Qué de bueno tenéis que no lo hayáis recibido?
Pero profundizando un poco más en el concepto de humildad, nos encontramos con que esta virtud es el fundamento y la salvaguarda de todas las demás virtudes, entre las que se encuentra la caridad fraterna, tan recomendada por el Señor, al proclamar en su última Cena el «amaos los unos a los otros, como yo os he amado».
Donde hay humildad hay caridad fraterna, y donde hay caridad fraterna se dan la alegría, la comprensión, la amistad sincera. Respetando la manera peculiar de ser de cada uno, queridos belenistas, no sólo hemos de respetarnos sino de apreciarnos, aún más, me atrevo a decir, hemos de querernos; de ayudarnos; de alegrarnos de los éxitos ajenos como si nos fueran propios…, nada más lejos de nosotros que la tonta y engañosa vanidad, el despreciable orgullo, la estúpida autosuficiencia… Sin compasión, al «yo», que tanto nos perjudica, hay que agarrarle, retorcerle el pescuezo y arrojarle por la ventana.
Observad: los árboles cuanto más cargados están de fruto, más inclinan sus ramas al suelo; así también nosotros, cuantos más éxitos logremos, más profundamente debemos humillarnos, reconociéndonos indignos de que el Señor se sirva, precisamente, de nosotros para hacer el bien.
Y frente a la contrariedad -pues, como suele decirse, no hay camino de rosas sin espinas- nada de abandonar el campo de batalla dando pujanza al enemigo, sino seguir luchando todos unidos, pues «la unión hace la fuerza», sin admitir por nada, ya que se trata de un apostolado religioso, divisiones ni fisuras, que el «divide y vencerás» ha sido y sigue siendo la estrategia que nunca falla del enemigo.
Y ahora, como complemento de cuanto llevamos dicho, permitidme que haga algunas reflexiones acerca de diversos puntos, desde luego, directamente relacionados con el belenismo, que me parecen sumamente interesantes.
El belenismo de hoy dista muchísimo de ser como el de ayer. De un tiempo a esta parte, ha aumentado notablemente el número de las asociaciones que, como en espléndida floración primaveral, han surgido y siguen surgiendo por doquier en nuestra patria: desde otro punto de vista, eliminada la idea del Belén poco menos que como un juguete navideño de los niños, cada vez es mayor su aceptación por parte de la sociedad que ve en el belenismo una manifestación religiosa familiar llena de encanto y de ternura. En cuanto a la jerarquía eclesiástica, es patente el aprecio que se nos tiene, quizá -pienso yo- porque, como en los tiempos de la reforma protestante, el belenismo viene a ser, sobre todo en nuestros días, como un medio auxiliar en la mentalización y conservación de la fe en el pueblo.
Ahora bien, si el belenismo ha cambiado, gracias a Dios, a mejor; el medio en que se desarrolla, es decir, el mundo en que vivimos, también ha cambiado y no poco, pero…, por desgracia a peor, a muchísimo peor, lo que, conscientes de nuestra responsabilidad, ello nos obliga a que, si se ha venido trabajando mucho y bien, en adelante sigamos trabajando más y mejor.
Para ello, es preciso, queridos amigos, ponernos al día, mejorando sobre todo lo que pudiera denominarse «infraestructura» del belenismo que, a mi modesto parecer -y ¡ojalá!, esté equivocado- es lo que falla en nuestra obra.
Urge la redacción de unos nuevos Estatutos por los que se rija la Federación, pues los actuales, al correr del tiempo, han quedado anticuados, y conviene que estén al día. ¡Ojo!, en cuanto al procedimiento a seguir en su realización.
Estimamos sumamente conveniente la creación de un Boletín (no Revista) de información de la marcha y actividades de la Federación que, aparte de esta finalidad, ya de suyo muy importante, sirva de lazo de unión entre la Directiva de la Federación y las asociaciones.
Se deja sentir la falta de un archivo «oficial» belenista, bien montado, en el que se recoja toda la documentación (al menos en fotocopia) y publicaciones belenistas, de todo tipo; archivo al que se pueda recurrir, con la certeza de ser amablemente atendidos.
Y como quiero cumplir lo que he prometido, el ser breve, paso a exponer la segunda parte de la ponencia, acerca del espíritu religioso que debe presidir e informar la vida y actividad de nuestras asociaciones.
Es lo lógico y natural que una asociación como la nuestra, que tiene un fin apostólico, esté impregnada de espíritu religioso; lo contrario sería totalmente absurdo.
Mas, para mantener, aunque sea de una manera indirecta, encendida la llama de la espiritualidad, al mismo tiempo que velar por la ortodoxia de las ideas y contribuir al feliz resultado de la labor de las asociaciones, se da la figura del Consiliario, del que apenas se suele hablar y al que precisamente, me voy a referir.
¿Qué es el Consiliario? ¿Cuál su importante cometido?
La palabra «Consiliario», en su aspecto semántico, es idéntica a la de «consejero», aunque el uso ha reservado la primera para las entidades que tienen una finalidad de orden espiritual, y la de «consejero» se emplea en las entidades cuyo fin es de orden material; en ambos casos el significado es el mismo: «la persona que aconseja».
Seamos sinceros: la figura del Consiliario, en general, está desprestigiada, porque, entre otras razones, se la ha desfigurado, convirtiéndola en la de «capellán», cuya misión consiste, como sacerdote, en atender a los actos religiosos que celebra la asociación. Nada más equivocado. La iglesia y el altar no son los lugares propios del Consiliario como tal, sino la sala de reuniones y la mesa en torno a la que se congrega la Directiva, para tratar los asuntos propios de la asociación.
El quehacer o cometido propio del Consiliario, que debe formar parte de la Directiva, es, cuando convenga, el manifestar su parecer imparcial en lo que se le consulta o simplemente se trata. De aquí que el Consiliario debe tener voz pero no voto, que de suyo (al margen de que el votante consiga o no lo que pretende) tiene carácter decisorio, lo que diametralmente se opone a la función del Consiliario a quien no corresponde decidir, sino tan sólo aconsejar.
Esta delicada misión del Consiliario supone, en el sacerdote que la desempeña, ciertas cualidades que hagan efectiva y acertada su misión. Entre otras menos importantes, el Consiliario debe ser constante en la asistencia a las juntas, prudente, discreto, reflexivo, con una buena formación teológica y moral; y en cuanto a su trato con las personas, debe mostrarse educado, afectuoso y sincero, de suerte que llegue a ganarse la estimación de cuantos le rodean; siempre en su puesto, sin concesiones que puedan lesionar su prestigio.
Casi no hace falta recordar que, en correspondencia a su proceder, el trato por parte de los directivos y en general por los asociados tenga que ser respetuoso y correcto.
Por tratarse de un cargo de carácter eclesiástico, tanto su nombramiento como su cesión corresponde a su Prelado.
Es una triste y lamentable realidad la falta de auténticos Consiliarios en nuestras asociaciones, como he podido personalmente comprobar en el proceso del Patronazgo franciscano: en el de Roma se nos exigía la conformidad de los Obispos y de los Consiliarios; por otra parte comprendo que en los momentos presentes no sea fácil el encontrar el sacerdote ideal para el desempeño de dicho cargo, pero, encomendando el asunto al Señor, por intercesión de nuestro San Patrono, debemos intentarlo con el máximo interés, ya que la persona del Consiliario tanto bien puede hacer en el apostolado belenista.
Seguidamente, paso a manifestar las «conclusiones» que se proponen, bien sea para su aprobación o su rechazo por parte de los Sres. Congresistas, a quienes corresponde tomar los acuerdos:
1.a Decididamente, y de inmediato, proceder a la redacción de unos nuevos Estatutos de la Federación Española de Belenistas, cuidando mucho el proceso a seguir en su consecución.
2.a Intentar, previo estudio, la creación de un Boletín de información, de la Directiva de la Federación.
3.a Estudiar la posibilidad de establecer un archivo «oficial» de la Federación, donde se recoja toda la documentación y publicaciones de interés belenista, a disposición de los belenistas.
4.a Procurar la existencia de un Consiliario en todas las Juntas Directivas belenistas, incluso en la de Federación.
Juan Pérez-Cuadrado
Canónigo de la S.I. Catedral de San Sebastián
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