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Los belenistas también en Semana Santa – D. Juan Giner Pastor

10 Abr 20
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LOS BELENISTAS TAMBIÉN EN SEMANA SANTA

Los belenistas son expertos en representar el nacimiento de Jesús en un establo de Belén, que es pregonado por los ángeles a los pastores y anunciado por la estrella a los magos de Oriente. Pero, cuando llega la Semana Santa, también hay asociaciones de belenistas que organizan exposiciones para presentar los sucesos de la Pasión de Jesús, siendo una verdadera catequesis plástica y visual, un inspirado ejemplo del arte y la religiosidad de los belenistas, que mantienen vivas para las gentes de ahora las historias evangélicas descritas en épocas pretéritas de la Historia del Arte. Combinando el modelado, la perspectiva, el color, la luminotecnia y la ambientación, los trabajos exhibidos en estas exposiciones son la actualización estética y plástica del mensaje de fe transmitido por el arte durante siglos. Un mensaje de fe, un mensaje religioso que nos ayudará a meditar sobre la doctrina de la verdad y del amor, de la solidaridad y la entrega. Un mensaje que nos ha de alentar a comprometernos con el auténtico significado de la vida en plenitud de sintonía con los planes divinos.

Esas exposiciones ponen ante los ojos del pueblo las historias de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, como en siglos pasados hacían los capiteles, las vidrieras, los retablos, la imaginería para las procesiones, que todavía continúan desfilando. Y ahora, como entonces, muchos se extasían y emocionan con los excelsos episodios que se narran.

Pero ello no basta, porque esas escenas son, además, una firme invitación a que vivamos dignamente la fe que profesamos, la que nos exhorta a esforzarnos sin tregua por hacer un mundo mejor con nuestro comportamiento modélico, con nuestro trabajo responsable, con nuestro aliento ante el desánimo, con nuestra crítica constructiva, con nuestro sacrificio callado, con nuestra alegría o nuestras lágrimas, con nuestro afán por la concordia, con nuestro luchar por la justicia, con nuestro desvelo por la paz, con nuestra serenidad en el estruendo, con nuestra cordura frente al tumulto, con nuestra denuncia valerosa, con nuestra reflexión en la polémica, con nuestra exigencia de sinceridad y honradez, con nuestra confianza de que siempre es posible mejorar día a día, porque siempre habrá metas que alcanzar más allá de la meta, horizontes de luz brillando más espléndidos detrás del horizonte que nuestro sol alumbra. No dando ni un solo paso sin tener constantemente presente el mensaje de Jesús, que no es una utopía irrealizable, como nos enseñan tantos testigos vitales de la doctrina del amor, que nos ayudan y nos confortan, si sabemos encontrarlos entre tanta maraña de escándalos, de corrupciones, de engaños, de maldades y odios que los ocultan y que, tantas veces también, nos atrapan a nosotros.

¡Cuánta responsabilidad, pues, para los cristianos vivir cada año la Semana Santa no como una festividad folklórica, sino como firme compromiso de actuación coherente! Ya que la mayor incoherencia personal, nuestro gran fracaso como cristianos, que explica el fracaso al que se enfrenta la civilización occidental, es ignorar que no hay más camino, más verdad, ni más vida que ser fieles a Jesús practicando la doctrina del amor que Él nos enseñó.

Juan Giner Pastor

Catedrático de Historia. Medalla UN-FOE-PRAE 2000. Insignia de Oro FEB 2004. Trofeo FEB 1981. Director de la revista Anunciata 1995-2006. Maestro Mayor Belenista. Premio Nacional de Experiencias Didácticas 1987

La Epifanía según Rubens – D. Juan Giner Pastor

06 Ene 20
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Adoración de los Magos (1626-1629) – Peter Paul Rubens
© Musée du Louvre

LA EPIFANÍA SEGÚN RUBENS

El tema bíblico de la Epifanía, la Adoración de los Magos, fue varias veces pintado por Pedro Pablo Rubens, al igual que hicieron antes otros pintores famosos, porque es uno de los preferidos por la iglesia católica para ornamentar sus templos.

Personalmente puedo decir que, como belenista, también es mi tema preferido y, siendo presidente de la Asociación de Belenistas de Alicante, logré dar a la revista de la asociación esta denominación de “EPIFANÍA”, es decir, manifestación. En el misterio de la Epifanía, Dios se manifiesta a toda la humanidad representada por esos magos de Oriente de los que solo Mateo habla en su Evangelio. Y ante el Gran Poder de Dios, encarnado en un débil niño, se postran esos misteriosos personajes orientales, de los que no sabemos ningún dato concreto, aunque la tradición los interpreta como tres dignatarios, seguramente para que plasmen así las tres edades humanas: juventud, madurez y vejez. Edades que se corresponderían con los nombres que la costumbre les ha asignado: Melchor, la vejez, Gaspar, la madurez, y Baltasar, la juventud.

Como genial representante de la pintura barroca flamenca, para Rubens el tema de la Epifanía, en el que la narración bíblica posibilitaba la libre interpretación creativa, se avenía perfectamente a su estilo, que se caracteriza por los contrastes de color, de gran riqueza cromática y los juegos de luces y sombras. Sus composiciones están llenas de dinamismo, exuberancia y sensibilidad emocional. Y el exótico origen de los magos de Oriente podía interpretarlo con ricas y sobrecargadas composiciones, en las que las lujosas vestimentas, los valiosos presentes, los fastuosos cortejos, rebosan lienzos espectaculares, como La Adoración de los Magos del Museo del Prado, uno de los de mayores dimensiones del museo, que se caracteriza por su movimiento, fastuosidad y magnífico colorido en el que destacan los amarillos, rojos y violetas. Iconográficamente representa el momento en el que los tres magos, acompañados por un gran boato, presentan sus regalos al niño Jesús, que, en brazos de su madre, juguetea con las monedas de oro que le presenta Gaspar, arrodillado ante él. La escena tiene lugar de noche, sin embargo la luminosidad es clara, siendo el niño Jesús quien irradia la luz que incide en la multitud de personajes, estudiado cada uno de manera individual y en su conjunto, mostrando diferentes posturas y planos. Para Rubens, como para gran parte de los pintores occidentales, los magos eran Reyes, así visten magníficos atavíos regios, bordados en oro y forrados de pieles y se adornan con joyas preciosas, y van acompañados de un séquito real de pajes, soldados y esclavos, que muestran el lujo de esta comitiva.

Adoración de los Magos (1608, ampliación 1628-1629) – Peter Paul Rubens
© Museo del Prado

Detalles Adoración de los Magos (1608, ampliación 1628-1629) – Peter Paul Rubens
© Museo del Prado

Adoración de los Magos (1624) – Peter Paul Rubens
© Museo Real de Bellas Artes de Amberes – Koninklijk Museum voor Schone Kunsten Antwerpen

La obra fue un encargo de la ciudad de Amberes en torno a 1608 para decorar el Salón de los Estados del Ayuntamiento, que acogería la firma de un tratado de paz entre España y las Provincias Unidas conocido como la Tregua de los Doce Años. Y veinte años después fue ampliada por el propio artista, que incorporó nuevos figurantes, y en cuya parte derecha superior Rubens introdujo su autorretrato en el hombre con espada y cadena de oro que cabalga sobre un caballo blanco. También retocó algunas de las partes ya pintadas, con una técnica mucho más suelta.

En 1624 Rubens volvió a pintar un gran cuadro sobre el tema de la Adoración de los Magos, conservado en el Museo Real de Bellas Artes de Amberes, mostrando una fuerte atracción por lo oriental y el exotismo, plasmada con una policromía impregnada por colores fuertes y cálidos, como el rojo y el reflejo dorado de las armaduras y armas.

Diversos pajes rodean a los Reyes Magos; a la derecha, junto a una columna corintia hay dos soldados romanos, como símbolo del mundo antiguo que cede paso al nuevo mundo cristiano. De acuerdo con la tradición iconográfica del tema, están también representadas en los pajes las diferentes razas de la humanidad que se conocían en los orígenes del cristianismo: Europa, África y Asia. Los Reyes Magos representaban a las naciones de la tierra reconociendo a Cristo como rey universal. El cuadro está organizado con una visión de la perspectiva en profundidad. Todas estas características hacen del cuadro una obra profundamente barroca, muy propia del artista.

Otras pinturas de Rubens con el tema de la Epifanía se encuentran en el Museo de Bellas Artes de Lyon, el Museo de Bellas Artes de Bruselas, en el Museo del Louvre, en París, y el Hermitage de San Petersburgo.

Adoración de los Magos (1617-1618) – Peter Paul Rubens
© Musée des Beaux-Arts de Lyon

Adoración de los Magos (1619) – Peter Paul Rubens
© Royal Museums of Fine Arts of Belgium

En todas ellas se manifiesta la suntuosidad colorista que Rubens había aprendido en Venecia de Tiziano y los otros grandes maestros de la escuela veneciana, además de la magnificencia ya aludida mostrada en ropajes y séquitos. El niño Jesús, que dirige su atención hacia los Magos, siempre es el foco luminoso que se esparce por las composiciones, en las que nunca se ven paisajes exteriores.

Adoración de los Magos (1620) – Peter Paul Rubens
© The State Hermitage Museum

Y en todas ellas quedan evidenciadas las características del estilo del gran maestro de la pintura flamenca del siglo XVII que fue Pedro Pablo Rubens: exuberante exaltación de la energía, el color y la sensualidad, con influencias procedentes del arte de la Antigua Grecia, de la Antigua Roma, de Miguel Ángel, del que admiraba su representación de la anatomía, y sobre todo de Tiziano, al que siempre consideró su maestro y del que afirmó “con él, la pintura ha encontrado su esencia”.

Rubens, que además ejerció de diplomático, tuvo una triunfal carrera pictórica, de la que son buen ejemplo la incontable cantidad de obras con las más diversas temáticas que realizó personalmente y con la colaboración de su taller para numerosos países y personalidades, siendo ciertamente uno de los artistas que mejor representa las características de toda la pintura barroca.

Juan Giner Pastor

Catedrático de Historia. Medalla UN-FOE-PRAE 2000. Insignia de Oro FEB 2004. Trofeo FEB 1981. Director de la revista Anunciata 1995-2006. Maestro Mayor Belenista. Premio Nacional de Experiencias Didácticas 1987

Recorte Cartel LV Congreso Nacional Belenista - Vitoria-Gasteiz 2017

Comunicación LV Congreso Nacional Belenista 2017 – Un belén barroco de movimiento en Laguardia (Álava), por Clara Isabel Ajamil Gainzarain y Francisco Javier Gutiérrez Páramo

11 Oct 17
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Un belén barroco de movimiento en Laguardia (Álava)

Cartel LV Congreso Nacional Belenista - Vitoria-Gasteiz 2017La villa de Laguardia se sitúa al sur de Álava, entre la Sierra de Cantabria y el río Ebro, en el centro de la comarca de la Rioja Alavesa. Los viñedos de su entorno custodian importantes restos arqueológicos que nos hablan de las gentes que vivieron en esta zona en la Edad del Bronce y del Hierro. Las hermosas bodegas levantadas en época actual dan fe del buen hacer de sus habitantes, que producen vinos de reconocido prestigio.

Sobre una colina se levanta la población de Laguardia, que muestra su pasado medieval en las murallas, en los dos templos parroquiales y en el trazado de sus calles, con numerosos edificios destacables y cuevas subterráneas destinadas a resguardar el vino.

Laguardia no solo conserva un rico patrimonio arquitectónico y paisajístico, mantiene también un valioso legado cultural, del que el belén de la parroquia de Santa María de los Reyes es un buen ejemplo; es una muestra de religiosidad popular que, al mantenerse activo durante más de 250 años, constituye una pieza excepcional en la historia del belenismo y del teatro religioso[1].

El Altar del Nacimiento

El origen del belén actual está en el “altar del nacimiento” que, a mediados del siglo XVIII, se colocaba en la iglesia de Santa María de los Reyes como altar estacional para el tiempo de Navidad. En 1749 la parroquia paga “8 reales de clavos y cintas para el altar del nacimiento”[2].

En la iglesia de Santa María de los Reyes se instalaban varios montajes efímeros a lo largo del año, que, por su efecto estético y su sentido simbólico, contribuían al “mayor culto y adoración” y favorecían una vivencia religiosa, íntima y colectiva, profundamente emocional[3].

Cabe la posibilidad de que el altar del nacimiento surgiera en sustitución de alguna escenificación o acto paralitúrgico que se acabaría suprimiendo para evitar desórdenes en la iglesia[4]. Un altar con figuras simbólicas evitaba actos de indevoción y era un medio adecuado para instruir y conmover a la concurrencia.

Dicho altar se montaba para solemnizar las celebraciones litúrgicas navideñas y para facilitar que la feligresía pudiera “invivir” el Misterio de la Encarnación. Estaba destinado a suscitar la devoción y favorecer la meditación piadosa en torno al nacimiento del Salvador.

Hasta 1757 se registran pequeños gastos en clavos, cintas, tablas, cordeles y tachuelas para el montaje anual del mencionado altar. Los materiales utilizados son un claro indicador de que se trataba de una construcción efímera, que incluía una mesa de altar y una representación plástica del nacimiento de Jesús. Se le ha denominado también “altar del belén” y, al menos hasta el primer tercio del siglo XX, se continuó poniendo una mesa de altar portátil ante el montaje navideño.

Las figuras clasicistas que componen el misterio del actual belén se hicieron para el referido “altar del nacimiento”. Son esculturas de bulto redondo, de madera policromada, en posición erguida y actitud de adoración que concuerda plenamente con el sentido simbólico del belén. Las modificaciones sufridas por algunas de las piezas de ese conjunto demuestran que fueron reformadas para adaptarlas a las escenificaciones, que se iniciarían unos años más tarde[5].

El belén de movimiento

En 1761 se gastaron 150 reales “que tuvo de coste y se le dieron a Domingo Bustero por la obra del Altar del Nacimiento”[6]. Ese elevado precio parece obedecer a la fabricación de nuevas figuras y, con ellas, iniciarían su andadura las representaciones del belén de Santa María de los Reyes.

La incorporación de figuras articuladas permite que los personajes adquieran la postura más conveniente para cada acción y proporciona la posibilidad de animación y, por tanto, de dar vida a los pasajes adecuados para cada día de las celebraciones navideñas. No podemos descartar la posibilidad de que esa novedad viniera favorecida por el levantamiento de la prohibición de representaciones teatrales en la diócesis de Calahorra y La Calzada, a la que en aquel momento pertenecía Laguardia[7].

Las tres imágenes adorantes son figuras articuladas de madera y disponen de sencillos ingenios que les dotan del movimiento necesario para hacer una leve inclinación a modo de reverencia[8]. Un simple cambio de vestuario permite representar con ellas la adoración de los pastores y la de los reyes, así como los avisos de los ángeles. Las cabezas y manos se pueden quitar y poner, son cuatro conjuntos: uno de raza negra y los restantes de raza blanca y distintas edades.

Figuras destinadas a adorar al Niño, con vestimenta de pastores (Belén de Santa María de Laguardia) ©Francisco Javier Gutiérrez

Figuras destinadas a adorar al Niño, con vestimenta de pastores (Belén de Santa María de Laguardia)
©Francisco Javier Gutiérrez

El belén está cargado de simbolismo, es una catequesis visual; mediante esas nuevas figuras se expresan las edades del hombre (joven, maduro y anciano) y los diferentes pueblos de la tierra. Los pastores representan a las personas humildes de todas las edades y los reyes encarnan a los poderosos y a los sabios, así como a la gentilidad. En el belén se representa a toda la humanidad adorando a Dios Encarnado.

Los dos carneros son también del siglo XVIII; están fabricados en madera tallada y policromada, tienen patas articuladas y disponen de una barra metálica que les permiten elevarse y toparse. El movimiento de los carneros, el sonido de sus esquilas y el golpe de la madera contribuyen a dar sensación de realidad a las escenas.

Carneros topándose (Belén de Santa María de Laguardia) ©Francisco Javier Gutiérrez

Carneros topándose (Belén de Santa María de Laguardia)
©Francisco Javier Gutiérrez

Los enfrentamientos de cabras y carneros aparecen desde antiguo en escenas navideñas[9]. A veces representan acontecimientos que se producen al aire libre, pero también es una manera de plasmar el “triscar y saltar” de los animales, que suele identificarse, al igual que la danza humana, con una manifestación de alegría.

Los pastores danzantes son cuatro figuras de cuero. Unas varillas de forja se introducen por la pierna y el tronco de cada pastor para fijarlos en una rueda de madera que les permite girar y chocarse al ritmo de la música. El mecanismo no es otra cosa que una rueda de fuegos artificiales adaptada para lograr el efecto de danza de los pastores, rueda que necesitaba arreglo ya en 1783[10].

Rueda de los pastores danzantes (Belén de Santa María de Laguardia) ©Francisco Javier Gutiérrez

Rueda de los pastores danzantes (Belén de Santa María de Laguardia)
©Francisco Javier Gutiérrez

Como puede apreciarse, los recursos para dar movimiento a las figuras son sencillos, pero muy eficaces y capaces de conferir realismo a las representaciones. El belén también incorporó figuras de papelón en el siglo XVIII que, sin aparente posibilidad de movimiento, participan o participaron en las representaciones: los caballos y los rebaños.

Los tres caballos estaban destinados a escenificar el viaje de los Magos siguiendo la estrella. El paso del tiempo llevó a que desapareciera la representación de aquel viaje y las monturas quedaron relegadas.

El rebaño que ha llegado a nuestros días está formado por ovejas y corderos, pero el montaje contaba también con cabras y vacas. La gente de Laguardia aún recuerda que, hasta mediados del siglo XX, se ponía un toro de cartón en el belén y que los pastores acudían a adorar al Niño cargando un cordero sobre los hombros.

Las renovaciones del siglo XIX: un cortejo para los Reyes Magos y nuevos papeles para viejas figuras

Quizá por la progresiva importancia que había ido adquiriendo la festividad de los Reyes, se incorporan al belén dromedarios, pajes y tropas. Son obras populares, talladas en madera, sin articulaciones y de tamaño bastante menor que el de las figuras vestideras. Son piezas complementarias creadas con la finalidad de enriquecer las representaciones. Parecen destinadas a formar un séquito adecuado para el viaje de los Reyes Magos[11]. El aire oriental del atuendo de los pajes concuerda con la sensibilidad del Romanticismo y los uniformes militares de la tropa de soldados sitúan esas piezas en la primera mitad del siglo XIX.

En las cuentas parroquiales de 1844 se registran “55 reales con 17 maravedís gastados para poner el belén según cuenta presentada por Balbino Pérez”; ese pago parece corroborar la incorporación de nuevas piezas en el belén[12].

Pasados los conflictos bélicos del siglo XIX[13], la iglesia de Santa María de los Reyes recupera su actividad habitual y el belén se revitaliza; se arreglan las figuras y se incorporan nuevas escenas: la Circuncisión y la Huida a Egipto[14].

A finales del siglo XIX se registran dos pagos a Guillermo Landaluce: en 1886, “por hacer los pastores para el belén y arreglar las esquilas” y, en 1892, “por efectos varios para el belén y su empleo en varias labores”. En el belén no se conservan pastores de esa época; probablemente los gastos deriven de la compostura de los cuerpos articulados, a los que acoplarían resortes de movimiento, y de la adaptación de algún maniquí para la representación de la escena final del belén[15].

Las dos nuevas escenas precisan también de nuevos personajes y complementos. Las figuras del belén cambian sus vestuarios, se adaptan y se incorporan elementos que enriquecen la representación: el pastor anciano pasará a ser el sacerdote encargado de circuncidar al Niño; el pastor adulto será el labrador de la huida a Egipto; el buey ayudará en sus faenas al labrador y la mula se adapta para transportar a María y al Niño.

Poco más tarde, el sacerdote Mateo Fernández de Alegría incorporó una serie de figuras fabricadas en tabla recortada: dos grupos de soldados que se utilizan en la escena final del belén y una buena colección de animales que, aunque se conservan, ya no se usan. Son piezas que desbordan imaginación y, probablemente, las hizo pensando en los niños, los principales espectadores del belén[16].

El escenario y la ambientación

La Capilla de la Inmaculada es el espacio destinado a montar el decorado del belén. La tramoya de andamios, tablones y telones se dispone a una altura que permite moverse por debajo a las personas que manipulan las figuras.

Ante el arco de ingreso “se colocaba una mesa-altar con todos los ornamentos necesarios para celebrar sobre ella el augusto sacrificio de la Misa”. Las paredes laterales de la capilla se cubrían con “unos lienzos en los que estaban figurados los edificios y calles de la Ciudad de Belén”[17]; sobre los tablones que forman el escenario, se distribuía musgo, boj y corcho para recrear el ambiente de la naturaleza.

En el telón de fondo se representaba el portal de belén y, hasta la década de los años 40 del siglo XX, también aparecían pintados en él unos elementos fundamentales para entender el sentido del montaje navideño: Dios Padre situado en la zona celestial, el pecado original en la parte terrenal y una corona de laurel, que algunas personas recuerdan pintada en el telón y otras como pieza física “que se ponía siempre en todos los belenes”.

Los telones son elementos frágiles y se han tenido que renovar en numerosas ocasiones[18]. No siempre se disponía de los recursos necesarios para lograr un hábil pintor y, con el paso del tiempo, fueron desapareciendo del lienzo los elementos más complejos de representar, que, sin embargo, solían ser reemplazados por piezas que los evocaban: los coros angélicos de la gloria pasaron a representarse mediante tallas de ángeles y querubines que procedían del mobiliario de la propia iglesia, y la serpiente de madera, que muchas personas de Laguardia recuerdan, vendría a sustituir a la representación del pecado original[19].

En la actualidad se utilizan dos telones: uno cerrando el arco de embocadura de la capilla, con la representación de merlones y almenas que evocan la muralla de Laguardia, y otro cubriendo el retablo de la Inmaculada, con la Sierra de Cantabria al fondo.

Siguiendo la tendencia de las asociaciones belenistas, se han incorporado nuevas construcciones que complementan el paisaje; en su mayor parte son arquitecturas de la villa de Laguardia o de su entorno: la puerta de Carnicerías, la fuente de la Barbacana y una choza o guardaviñas con sus correspondientes cepas.

La música siempre ha sido un acompañamiento indispensable en las representaciones escénicas del belén de Santa María de los Reyes. Hasta finales del siglo XIX la Capilla de Música de la parroquia interpretaba composiciones realizadas expresamente para el ciclo litúrgico navideño; a mediados del siglo XIX aparece la figura del gaitero colaborando en la ambientación musical de las escenas; a comienzos del siglo XX el belén se movía al ritmo de los villancicos que entonaba el coro parroquial y, a partir de los años 55-60, la presencia de los gaiteros ha sido prácticamente continua.

Los actores ocultos

Bajo el escenario del belén se ocultan varias personas que mueven las figuras y hacen que el relato sagrado cobre vida, tal y como sucedía en otros nacimientos barrocos de movimiento[20].

El espacio disponible bajo la tramoya es compartido por los gaiteros, que ambientan y acompasan los movimientos de los personajes, y los “actores ocultos” que se encargan de las figuras en las distintas representaciones: las deslizan, las inclinan, las elevan o las hacen danzar, según lo requiera la acción.

A través del tiempo, han sido numerosas las personas que se han ocupado de montar el belén y llevar a cabo las representaciones. Hasta bien entrado el siglo XX lo hacía el sacristán, con la ayuda de algún parroquiano y de los monaguillos. Más recientemente, Faustino Ayala López se encargó del belén desde 1954 hasta su fallecimiento en 1995; su esfuerzo se vio reconocido en año 1993 con la “Distinción Landázuri”; igualmente se reconoció la tarea de varias generaciones de su familia al entregarse, en el año 1991, el “Trofeo Federación Española de Belenistas” al propio Belén de Santa María de los Reyes de Laguardia, a propuesta de la Asociación Belenista de Álava.

Últimamente, Fausti y Maite Ayala han heredado las tareas de su padre y continúan esa labor de mantener el belén de Santa María. A partir del año 2005 constituyen la asociación “Belén de Laguardia”, reforzando así la continuidad del belén mediante la participación sobre todo de jóvenes que colaboran en el montaje y en las representaciones, así como en la conservación de la tramoya y de las figuras; también han incorporado nuevos efectos de luz y sonido que enriquecen las escenas, así como reproducciones de algunos edificios de Laguardia que complementan el paisaje. En los últimos años han establecido una representación extraordinaria que se lleva a cabo en el mes de enero y permite disfrutar, en una misma tarde, de todas las escenas y de un concierto de dulzaina.

Las representaciones escénicas del belén

En origen, las escenificaciones se llevaban a cabo antes de los oficios litúrgicos de las festividades navideñas, se ceñían a los textos evangélicos de San Mateo y San Lucas e incorporaban también una danza de pastores y los saltos de los rebaños.

En Nochebuena, los cánticos angélicos anunciaban el nacimiento del Mesías y las figuras del belén cobraban vida: unos pastores danzaban, los animales saltaban de alegría y otro pastor se dirigía a Belén, adoraba a Dios Encarnado y le ofrecía el cordero que cargaba sobre los hombros. En Navidad se repetía el baile de los pastores y también en su Octava, cuando la procesión claustral se detenía delante del belén. El día de la Epifanía, además de la consabida danza de pastores, se representaba el viaje de los Magos siguiendo a la estrella y su ofrenda de regalos al Niño que, envuelta en humo de incienso, cobraba un aspecto aún más mágico[21].

Adoración de los pastores en la representación del día de Navidad (Belén de Santa María de Laguardia) ©Francisco Javier Gutiérrez

Adoración de los pastores en la representación del día de Navidad (Belén de Santa María de Laguardia)
©Francisco Javier Gutiérrez

Con el paso del tiempo se fueron produciendo algunos cambios en las representaciones. Para ilustrar la celebración de la Octava de Navidad se incorporó la escena de la Circuncisión, siguiendo el texto evangélico y revistiendo al pastor anciano con túnica y roquete para personificar al sumo sacerdote[22]. Esa historia, de complejo sentido para el público, se transformó, en los años 80 del siglo XX, en la Presentación en el Templo[23]; para escenificar el relato evangélico de San Lucas, dos de los pastores articulados se transforman en Simeón y la profetisa Ana.

A finales del siglo XIX se añadió la representación de la Huida a Egipto en la festividad de Candelas. Se inicia siguiendo el Evangelio de San Mateo y continúa con la representación del Milagro del campo de trigo, una leyenda que alcanzó gran difusión en la tradición oral y adquirió importancia iconográfica desde el siglo XIII[24].

Representación del Milagro del campo de trigo (Belén de Santa María de Laguardia) ©Francisco Javier Gutiérrez

Representación del Milagro del campo de trigo (Belén de Santa María de Laguardia)
©Francisco Javier Gutiérrez

La incorporación de esa representación probablemente obedece a lo adecuado del relato para finalizar el tiempo litúrgico de Navidad, pero, además, propone un modelo de comportamiento a imitar sugiriendo que las buenas acciones y la perseverancia en la fe conducen a la recompensa final.

Desde el siglo XX las representaciones se llevan a cabo después de la misa mayor y la continua afluencia de público ha llevado a que se inicien con una breve narración de cada historia. La Adoración de los Pastores se efectúa el día de Navidad, la Presentación en el Templo en Año Nuevo y en la Epifanía se mantiene la Adoración de los Reyes, aunque el viaje de los Magos a caballo dejó de representarse hace bastante tiempo. La Huida a Egipto sigue clausurando las representaciones del belén en febrero y, desde los años 80 del siglo XX, se inicia al compás del “Chulalai”, un baile propio de las fiestas de San Blas en Páganos y Laguardia[25].

Adoración de los Reyes Magos (Belén de Santa María de Laguardia) ©Francisco Javier Gutiérrez

Adoración de los Reyes Magos (Belén de Santa María de Laguardia)
©Francisco Javier Gutiérrez

La representación simbólica: el mensaje del belén

Como ya hemos señalado, el belén, incorpora elementos cargados de sentido simbólico que contribuyen a descubrir el significado de las celebraciones navideñas. Eran alegorías muy presentes en la sociedad del barroco en la que surgió este belén y que, con el paso del tiempo, se van perdiendo y se hacen más difíciles de entender.

En el centro del belén se mostraba la Trinidad: pincelado en la zona celestial del telón aparecía Dios Padre rodeado de gloria y, dispuestos sobre el pesebre y tallados en madera, el Espíritu Santo “que habló por los profetas” y el Mesías prometido que, cumpliendo las profecías, se encarna entre los más humildes.

El belén constituía una teofanía: representaba la manifestación gloriosa de Dios que se da a conocer a todos los seres de la creación, los cuales acuden a adorarlo y celebran su misericordia. Mediante las escenificaciones de Nochebuena y Epifanía, la humanidad entera reconocía al Mesías y se postraban ante él los hombres de toda edad, condición y nación. El baile de los pastores y el “triscar” de los carneros servían para expresar la alegría de todos los seres creados ante el nacimiento del Salvador y el cumplimiento de la promesa de Redención.

Ya no se conservan en el belén las pinturas de Adán y Eva ni la serpiente, que aludían al pecado original, ni tampoco la corona de laurel, que hacía referencia a la victoria sobre el pecado y otorgaba carácter triunfal a las representaciones. Sin embargo, se mantiene aún la figura del Espíritu Santo, en forma de paloma, remarcando la idea de cumplimiento de las profecías anunciadas.

A través del belén se mostraba el reconocimiento de la grandeza divina rememorando el inicio de la historia de salvación y la victoria sobre el pecado. Son las mismas ideas que se entonan en auroras y en villancicos de las festividades navideñas.

Representaciones y remembranzas conforme a la festividad

Las representaciones del belén contienen todos los ingredientes que dan forma a los espectáculos teatrales: escenografía, música y movimiento. Los textos, de sobra conocidos por el público asistente a las funciones, volvían a ser recordados por el sacerdote a través de las lecturas litúrgicas.

El belén de Laguardia mantiene una evidente relación con la Máquina Real o máquina de figuras corpóreas y con el belén Tirisiti de Alcoy, así como con el nacimiento de la Tía Norica de Cádiz. En todos esos espectáculos se representan historias mediante el movimiento de figuras que se manipulan con las manos.

La diferencia estriba fundamentalmente en que las representaciones mencionadas se encuadran en el teatro profano e incorporaban sainetes, danzas profanas, escenas burlescas, personajes cómicos y otros elementos destinados al divertimento del público. Esos espectáculos comerciales de títeres, que funcionaban de manera similar a las compañías de actores, añadían escenas alusivas a la festividad conmemorada, probablemente para justificar la presencia de una actividad (la dramática) que despertaba permanentemente los recelos de las autoridades, sobre todo de las religiosas.

El belén de Laguardia surgió para integrarse en la liturgia parroquial, no olvidemos que se le denominaba altar del Nacimiento y altar del Belén; sus representaciones escénicas van ligadas a las misas de las principales celebraciones navideñas, dan vida a las narraciones evangélicas[26] y están destinadas a inducir a la devoción más que a entretener.

El carácter parroquial del belén de Santa María de los Reyes hace que esté sujeto a las normativas diocesanas. Los obispos de Calahorra y La Calzada, sin ser de los más intransigentes con el teatro, venían dictando normativas que limitaban esa actividad dentro de las iglesias desde el siglo XVI e incluso consiguieron del rey una prohibición de representaciones teatrales en esta diócesis entre 1751 y 1760[27]. Sin embargo, la afición de clérigos y legos por las manifestaciones teatrales permitió que las normativas tardaran en aplicarse e incluso que se incumplieran reiteradamente[28].

Así pues, las representaciones escenográficas no dejaban de ser “autos o comedias a lo divino” o “farsas devotas” que concordaban con las normativas diocesanas de la época y con el carácter parroquial del montaje; no hay cabida para sainetes, escenas burlescas o sin relación con la festividad que se conmemora. Se evitan los elementos profanos que puedan considerarse “perniciosos para las almas”. En el siglo XVIII las representaciones de este belén constituían un espectáculo que conmovía y ayudaba a reflexionar a la feligresía, y aún en la actualidad hacen aflorar sentimientos y emociones entre el público asistente.

Para la gente de Laguardia este belén tiene el valor añadido de evocar recuerdos imborrables de nuestra infancia: el ruido de los numerosos niños y niñas que nos colocábamos frente al belén casi sin esperar a que la misa finalizase, el olor a musgo y a incienso, los villancicos y el mágico sonido de la dulzaina que hacía cobrar vida a las figuras del belén y concentraba toda la atención infantil en el enfrentamiento de los carneros o en el rápido movimiento de los pastores (a los que se solía bautizar con el nombre de algún pastor del pueblo). Las explicaciones de las personas mayores, siempre en voz baja, eran el preludio del aluvión de preguntas infantiles que surgían siempre al finalizar cada representación del belén y que, al menos durante unos días, servían para que nuestras abuelas y abuelos, con la sabiduría y el sentido que otorga el tiempo vivido, nos contaran la historia de Belén y otros relatos.

Clara Isabel Ajamil Gainzarain y Francisco Javier Gutiérrez Páramo

Notas

[1] Hay noticias de otros belenes de movimiento e incluso se conservan algunas figuras articuladas, sobre todo en clausuras conventuales, que pudieron pertenecer a montajes similares.

[2] En 1737 las cuentas parroquiales recogen “13 reales que pagó por la cuna para el Niño para la noche del Nacimiento”; tan parco registro no permite aclarar si se trata de una cuna para el altar del nacimiento, para presentar al Niño a la adoración de la feligresía o para alguna otra finalidad.

[3] Durante la primera mitad del siglo XVIII, además del altar del nacimiento, se montaban el altar de cuarenta horas, el del miserere, el monumento y el altar de carnestolendas.

[4] En 1721 el visitador diocesano trataba de corregir los alborotos que se producían en la iglesia las noches de Navidad.

[5] Se modificaron los brazos y las manos de María para que pudieran sostener al Niño y se ahuecó el lomo de la mula para convertirla en portadora de la Sagrada Familia.

[6] Los 150 reales gastados en 1761 contrastan con las pequeñas cantidades, de 4 a 8 reales, que se habían contabilizado en años anteriores.

[7] El 1 de diciembre de 1751 Fernando VI, a solicitud del prelado de Calahorra y La Calzada, prohibía las representaciones teatrales en la diócesis, y el 6 de junio de 1760, a petición del Ayuntamiento de Logroño, se levanta la prohibición. Francisco Domínguez Matito: “Los obispos de Calahorra ante la controversia sobre la licitud del teatro (siglos XVI-XVIII)”, en Kalakorikos 7, 2002, pp. 152-153.

[8] Los resortes actuales debieron de colocarse un siglo después para sustituir a las deterioradas articulaciones originales.

[9] En la escena del Anuncio a los pastores de las pinturas de San Isidoro de León se aprecian cabras enfrentadas y en el frontal de la capilla de la Virgen del Cabello de Quejana (Álava) son carneros los que se enfrentan en esa misma escena.

[10] En las cuentas parroquiales de 1783 se anota “6 reales por echarle un pie a la rueda del belén”. La parroquia de Santa María de los Reyes celebraba las festividades de la Asunción y la Concepción con fuegos artificiales y aún se conserva la piedra en la que encajaban la antigua rueda destinada a este fin.

[11] Con el paso del tiempo se reconvirtieron en tropa de Herodes para la escena final del belén.

[12] En los once años anteriores no se anotan gastos en el belén; tal vez estuvo sin ponerse como consecuencia de la guerra. En ese mismo año de 1844 consta otro pago de 35 reales “importe de lo gastado en el Belén” , que concuerda con las cantidades gastadas en el belén en años posteriores, por ejemplo, en 1846: “33 reales gastados en el belén inclusos 20 del gaitero”.

[13] La iglesia estuvo sin culto entre 1874 y 1878: se habilitó como hospital primero y después se utilizó para alojamiento de tropas.

[14] Esas dos nuevas representaciones mencionadas no aparecen descritas en El Libro de Laguardia, obra de Miguel Martínez Ballesteros, escrita en 1874.

[15] El deterioro de las articulaciones originales de las figuras adorantes llevaría a incorporarles muelles y bisagras que facilitan el movimiento de inclinación. El maniquí que se utiliza para representar a María en la huida a Egipto debió de fabricarse después de la publicación del citado libro de Miguel Martínez Ballesteros.

[16] Se puede consultar el inventario completo de piezas del belén en la siguiente obra: Clara I. Ajamil y F. Javier Gutiérrez: El Belén de Santa María de los Reyes de Laguardia (Álava). Un belén barroco de movimiento, Asociación Belenista de Álava, 2004, pp. 45-81.

[17] Miguel Martínez Ballesteros: El Libro de Laguardia, 1874, pp. 337-338.

[18] Hay noticias de la existencia de, al menos, seis telones.

[19] Los ángeles parecen proceder de la decoración de una caja de órgano y los querubines de algún retablo romanista; en la actualidad, éstos últimos se colocan junto al portal y, en los años 40 del siglo XX, los monaguillos se encargaban de moverlos subiendo y bajándoles mediante un sistema de cuerdas. La serpiente de madera e incluso la corona de laurel pudieron proceder de algún altar del Corpus.

[20] Por ejemplo, en la tradición belenista de Zamora consta que, en 1676, en San Francisco “había nacimiento y con máquina de títeres…, los frailicos por dentro, lo hacían a lo vivo”. Francisco Iglesias Escudero: “El Belenismo en Zamora”, en XLIII Congreso Nacional Belenista, Zamora, 2005.

[21] Miguel Martínez Ballesteros: El Libro de Laguardia, 1874, pp. 337- 339.

[22] La representación de la Circuncisión parece ser posterior a 1874, ya que Miguel Martínez Ballesteros no la menciona en su libro. Por otro lado, la figura del sumo sacerdote del belén de las Agustinas Recoletas de Pamplona guarda un parecido razonable con la correspondiente figura de este belén de Laguardia en la mencionada escena.

[23] La Presentación en el Templo resulta más cercana en las formas al ritual de la iniciación cristiana y, en cierta manera, contribuye a reforzar la función de catequesis visual del belén.

[24] La leyenda estaba profundamente arraigada en el obispado de Calahorra y La Calzada, al que perteneció Laguardia, e incluso se recoge en el Romancero de la Sierra Riojana.

[25] Se puede consultar una descripción más detallada de cada representación en la siguiente obra: Clara I. Ajamil y F. Javier Gutiérrez: El Belén de Santa María de los Reyes de Laguardia (Álava). Un belén barroco de movimiento, Asociación Belenista de Álava, 2004, pp. 104-112.

[26] Un siglo después de iniciar su andadura el belén, se incorporó a las escenificaciones una leyenda piadosa.

[27] Las Constituciones Sinodales dan buena cuenta de lo que se prohibía hacer dentro de los templos: el obispo Alonso de Castilla (1539) permitía solo “alguna farsa devota, conforme a la festividad”; Díaz de Luco (1553) prohibía, salvo en la fiesta del Corpus Christi, las “representaciones y remembranzas” sin licencia especial del obispado; Pedro Manso de Zúñiga (1600) toleraba la “costumbre de hacer y representar comedias y autos… con que sean a lo divino y vistas y aprobadas por Nos o nuestro Provisor y con que no se puedan hacer en ellas entremeses que troquen en género de deshonestidad”; Pedro de Lepe (1698) considerando que “todo género de espectáculos” es cosa vana y muy pernicioso para las almas, ordenaba “que en las iglesias y lugares Sagrados, no se hagan comedias, ni autos, ni otra cosa alguna” y que las danzas (de espadas y de otra calidad) “se queden fuera de las iglesias y de ninguna manera entren en ella”. Sobre la prohibición de representaciones teatrales en la diócesis de Calahorra y La Calzada, ver la nota 6.

[28] En 1757 el Hospital de Calahorra ingresaba 124 reales correspondientes a dos representaciones de comediad con Máquina Real. Francisco Domínguez Matito: “Los obispos de Calahorra ante la controversia sobre la licitud del teatro (siglos XVI-XVIII)”, en Kalakorikos 7, 2002, pp. 152-153. La pastoral de Labastida o la tremolación de la bandera en Laguardia son ejemplos de incumplimiento de las normas diocesanas que aún perviven en la Rioja Alavesa.

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Las figuritas del belén, por Letizia Arbeteta Mira

27 Nov 09
Presidencia FEB
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Artículo - Las figuritas del belén, por Letizia Arbeteta Mira
Artículo - Las figuritas del belén, por Letizia Arbeteta MiraComo ejemplo de su extraordinaria riqueza, sirva de ejemplo el elemento más humilde entre todos sus componentes: la «figurita» o pequeña imagen que ha poblado los belenes domésticos y que se deteriora con el uso y el paso del tiempo.

Consideradas a menudo objetos sin valor artístico, las figuritas tradicionales contienen una gran cantidad de información para aquel que sepa apreciarlas.

En su mayoría fueron producidas entre la segunda mitad del siglo XIX y los años sesenta del siglo XX, momento en que el cambio de costumbres y la falta de espacio en los hogares hizo decaer los belenes abiertos, con numerosos personajes y escenas.

Las más interesantes corresponden al tipo llamado «popular», compuesto principalmente por figuras de barro cocido y pintado de pequeños formatos (4 – 8 cm), que, a causa de su tamaño y hasta hace unas décadas, han sido desechadas por los coleccionistas. Muchas de estas figuras, que antaño se producían por miles, hoy son bienes escasos pues se han destruido en su mayor parte, ya que, hasta los años 70 del siglo XX, se continuaban ofreciendo a bajo costo en mercadillos y las llamadas «cacharrerías», haciendo desaconsejable su restauración en caso de deterioro ya que era preferible comprar una nueva, clónica de la deteriorada.

Artículo - Las figuritas del belén, por Letizia Arbeteta MiraHoy ya no es posible reponer este tipo de figuras pues, a falta de demanda, han acabado por retirarse del mercado, salvo la escasa oferta de algunos alfares.

Si examinamos sus moldes, veremos que casi todos son de notable antigüedad, remontándose algunos al siglo XVIII, o inspirándose en imágenes aún más antiguas, como sucede con la Virgen y el San José del belén murciano llamado del «huevo frito», en su modelo más simple. Desde su creación, se han venido produciendo sin cambios hasta que la moda denominada «bíblica» o «hebrea», considerada más adecuada para ambientar el belén, arrinconó este tipo de imágenes, considerándolas anacrónicas. La mayoría de los talleres se adaptaron a la nueva costumbre, realizando nuevos moldes, o transformando los de mayor tamaño, lo que produjo una curiosa línea mixta de hebreo y tipo local. Al iniciarse la moda del enlienzado en los años 80 del siglo XX, muchos de estos moldes fueron, a su vez, retocados para adaptar mejor la figura a las telas con las que se cubriría parcialmente, lo que implicó su mutilación. En resumen, las figuras tradicionales anteriores a 1960 constituyen una rareza, especialmente ciertos modelos de escaso tamaño, por lo que animo al lector a que no deje escapar ni perderse uno solo de estos pequeños tesoros, en ocasiones piezas únicas producidas en alfares que, al día de hoy, nos son desconocidos.

Artículo - Las figuritas del belén, por Letizia Arbeteta Mira¿Qué tipo de información ofrecen?

El análisis de las técnicas empleadas proporciona datos sobre el moldeado y modelado, según estén formadas de una o varias partes, el tipo de barro y sistema de cocción, pinturas empleadas, etc., lo que puede revelar la procedencia geográfica o el centro de producción. En cuanto al nivel de destreza, cabe una posible intervención de escultores o alfareros profesionales, o bien la fabricación casera, a veces sin cocción. Todo ello ayuda a reconstruir las artes e industrias de ciertas zonas determinadas.

Pero, con ser importante, lo más apreciado de las «figuritas» es su capacidad de reflejar la vida de antaño, pues, además de los protagonistas del relato evangélico, muestran una galería de tipos contemporáneos a su fabricación, que muestran una realidad social, preferentemente rural y de los estratos urbanos más humildes. Hombres y mujeres, jóvenes, viejos y niños que realizan distintas tareas, descansan, se divierten…

Así, encontramos oficios (el molinero, el mielero, el carnicero, el carretero, el melonero, el lechero, la frutera, la castañera, etc.), tareas domésticas (el lavado, la cocina, el cuidado de la infancia, el mantenimiento de los animales domésticos, la matanza) que incluyen usos ya desaparecidos, como el hilado en el hogar. También se representa la higiene (lavado de bebés, despiojado), la gastronomía (con imágenes que sugieren migas, paella, calderetas, chacinas, quesos y un sin fin de panes, tortas, dulces, etc.), labores agrícolas y pastoriles (arado, sembrado, recolección, trilla, acopio de leña, apacentado de cerdos, ovejas y vacas, la vida pastoril, la pesca, la caza).

Artículo - Las figuritas del belén, por Letizia Arbeteta MiraNo menos interesante es la indumentaria, a veces fiel reflejo de la moda y los atavíos de nuestros abuelos, sea ropa femenina (moño de picaporte, zapatos de carrete, alpargatas, madreñas, polisones y tontillos de distintos tipos, dengues, refajos, delantales, etc.) o masculina (chaquetas, casacas, calzones, monteras, sombreros, faja, pañuelo, etc.), todo ello en contraste con algunas indumentarias fantásticas, como las de Heredes, los Magos, o las madres de la degollación de los Inocentes.

En cuanto a las celebraciones, se canta, se danza y se tocan todo tipo de instrumentos. Jotas y boleros, rondas navideñas de jóvenes y viejos, ellos y ellas con guitarras, triángulo, zambombas, panderetas y panderos, gaita y flautas, que llevan también los pastores en la soledad de sus montañas de corcho, sembradas de ovejuelas de patas de alambre y coronadas por pequeñas casas, paisaje similar al de muchos pueblos antes de las grandes operaciones inmobiliarias, cuando lo que nos rodeaba se parecía al belén que poníamos en casa, de forma que, como aquel que dice, hacíamos nacer al Niño Jesús a la vuelta de la esquina.

Letizia Arbeteta Mira – Conservadora de Museos del Estado

Artículo publicado en la revista ¡Aleluya! nº 4 de la Asociación “Belenistas de Valladolid”


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Temática: Cultura belenista, Figuras de belén
Autores: Leticia Arbeteta Mira


Cartel XLI Congreso Nacional Belenista - El Puerto de Santa María 2003

XLI Congreso Nacional Belenista 2003 – Ponencias – Andalucía La Baja en las figuras de Ángel Martínez, por Letizia Arbeteta Mira

20 Jun 03
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Andalucía La Baja en las figuras de Ángel Martínez, por Letizia Arbeteta Mira

Ponencia XLI Congreso Nacional Belenista 2003

No hace falta insistir en la gran antigüedad de la tradición belenística en nuestro país, pese a que aún haya gente que sigue creyendo ese tópico infundado de que Carlos III trajo el belén a España. Por supuesto, trajo el suyo personal y alguno más, pero ahí para la cosa.

El hecho de que no arraigase en la península el belén al estilo napolitano, pese a su perfección, indica que la sociedad hispana manifestaba de otra forma la presencia de lo costumbrista y cotidiano. Si bien se mira, y como ya hemos manifestado en anteriores trabajos, el propio belén Riquelme, la obra más conocida de Salzill0, tampoco es napolitano, pese a ser hijo de Nicolás, escultor natural de esta localidad. Ni son napolitanas las escenas, ni los tipos, ni la representación mística de la natividad entre los arcángeles. Remontando los cauces de este río vemos que lo anecdótico, la escena cotidiana, contemporánea del devoto, ya aparece en las primeras manifestaciones plásticas de la Natividad, pues el propio relato evangélico la introduce, como una ventana temporal, en el contexto de la narración bíblica, al describir brevemente las tareas y la forma de vivir de los pastores que son testigos del celestial anuncio. Desde los sarcófagos paleocristianos a los capiteles románicos, iluminaciones, frescos, tablas y lienzos medievales, los pastores están presentes con sus instrumentos musicales, sus cayados, los animales del campo, los apriscos y las cuevas, en las que preparan sus manjares, pobres o suculentos, guisos, calderetas, sopas, migas, gachas, al lado de una bota de vino.

Como en lenta procesión que se dirige al Portal, los personajes de las loas, pastoradas, autos de Navidad, corderas y otras manifestaciones dramáticas -origen del teatro europeo medieval- se van plasmando en tipos individualizados: el bobo, el pillo, el gracioso, el bueno, el listo, la gitana, las parteras y otros personajes de fondo que dan volumen y riqueza a la acción escénica. De esta forma, pasamos de los tres pastores representando las tres edades del hombre, las tres actitudes ante la vida, a todo un abanico de actitudes humanas y caracteres, ya no sólo pastoriles, sino también aldeanos y otros que se afanan en menesteres varios. Pronto, al crecer en número de figuras y separarse definitivamente del espacio sacro, los altares u oratorios, los belenes ocupan espacio en las habitaciones domésticas y se expanden mostrando una serie de escenas anecdóticas, que ambientan los episodios clave de la infancia de Jesús (Anunciación, Desposorios, Visitación, Nacimiento, Adoración de los Pastores, los Magos y Herodes, Adoración de los Magos o Epifanía, matanza de los inocentes, Sueño de José y Huída a Egipto, además de Jesús entre los Doctores). De esta forma, los antiguos pastores, que representan a los humildes de este mundo, se transforman en todo aquel que se afana y trabaja, tanto en el mundo rural como en el de los pueblos y aldeas del entorno. El resultado final es que el belén se acerca así al corazón de las gentes sencillas que lo contemplan, como si todo hubiera sucedido entre ellas.

Sin embargo, lo que parecía obvio siglos atrás, se paraliza en el siglo XIX. Las causas de este fenómeno, que abarca otros aspectos de la piedad visual, no están todavía claras, pero cabría buscarlas en la influencia de los descubrimientos arqueológicos, lo que implica que el mundo bíblico, tantas veces inventado, empieza a conocerse tal como pudo ser, y se ponen de moda las figuras con túnicas, turbantes y velos, ataviadas «a la hebrea», no menos imaginadas y anacrónicas que las tradicionales del sombrero «a la federica», la montera o la caracterización de la campesina manchega. Pero, con todo este alboroto, se ha cerrado el paso a nuevos personajes. Apenas una tímida castañera o el «caganer», ese payés tras la masía, en plena tarea, apenas alguna otra nota irónica, pero los pescadores parecen San Pedro, las pastoras Séfora, los reyes el cortejo de Aladino y un grupo de judíos imposibles están matando el animal impuro por antonomasia, el cerdo. Tocan la zambomba jóvenes beduinos y baila el bolero una morenita de barro pintado que podría ser la hija de Jairo. Pero todo tiene su excepción.

Foto 1 - Ponencia XLI Congreso Nacional Belenista 2003 "Andalucía La Baja en las figuras de Ángel Martínez", por Letizia Arbeteta MiraY, en Andalucía la Baja, la excepción se llama Ángel Martínez.

La vida de Ángel Martínez García es suficientemente conocida por muchos de ustedes, por lo que recordaremos los rasgos principales de su biografía: nació en El Puerto en 1882, y aprende carpintería y ebanistería con su padre, quien trabajaba en ocasiones para un colegio local, el de San Luis Gonzaga. Parece ser que el joven Ángel comenzó a modelar figuritas de barro, especialmente sacerdotes similares en su aspecto a ciertos profesores, que los alumnos adquirían por su espontaneidad y gracejo. Pronto, la oferta se amplió a otros tipos, posiblemente inspirados en personas de la localidad que los chavales reconocerían sin problema. En definitiva, un fenómeno parecido al que dio lugar al pintoresquismo de los belenes napolitanos, pues Ángel sin duda, se inspiró en las figuras locales para nacimientos, a donde pudo acudir en busca de modelos para su galería de tipos. Existe un enigma sin resolver en este caso, pues desde el siglo XIX, las figuras realizadas en El Puerto de Santa María, que representan principalmente campesinos y pastores, pese a ser tradicionales en el mundo del belén, poseen rasgos propios, al igual que las granadinas de la familia Rada, que mezcla el estilo hebreo con los atavíos del campo andaluz, produciendo un híbrido muy característico. Estas figuras, producidas en varios alfares, algunos sin horno, se decoraban con pigmentos y han llegado hasta nosotros en muy malas condiciones. Quizás uno de los ejemplos más antiguos sea el fanal que unas religiosas de El Puerto de Santa María donaron al gaditano doctor Zurita, con figuras de pastoras y pastores, además de un misterio minúsculo, al estilo barroco, con Jesús vestido y la cuna con Gloria de papel. El ángel, por su parte, recuerda a modelos granadinos y los ángeles lampadarios de las iglesias.

Volviendo al joven Martínez, pronto tuvo éxito con las figuras, pues eran cada vez más prolijas y más detalladas, por lo que podían ser consideradas como micro-esculturas (al igual que los barros malagueños y granadinos), o bien, colocarse en el belén, pues su tamaño, a escala, era el habitual de 12 cm. La producción de este artesano que hoy conocemos, indica que este fue el destino principal de su producción, obteniendo algún encargo ocasional, como las reproducciones de calesas, toreros, carros de vinateros, la imagen de la virgen Patrona o algún retrato.

Casó en 1909 con Milagros Gallardo. Aunque no tuvieron hijos, la sobrina de su mujer, Carmen Gutiérrez Gallardo, les auxilió en el taller, que rigió hasta 1966, tras fallecer el artista en 1946.

Amasadas con barro lebrijano de regular calidad, comenzó a marcar sus piezas en una época indeterminada, bien con las iniciales AM en la base, bien con el nombre completo, a veces con indicación de su taller en la Calle del Postigo. Finalmente, coloca su sello en la superficie de la obra. Las piezas se distinguen por su vibrante colorido, mate, algo terroso como es de tradición en la zona, y la base impresa con la arpillera donde las piezas se ponían a secar; el fuego de baja temperatura les dotaba de cocción irregular, lo que unido a la presencia de alambres, necesarios en muchos casos para sostener partes delicadas, provocó el deterioro de las piezas, al oxidarse las partes metálicas por efecto de la humedad ambiental.

Sin embargo, estas pequeñas figuras constituyen hoy un apreciado elemento de coleccionismo y distinguen todos los grandes belenes señoriales de Andalucía la Baja y aún de Extremadura. Conocemos en Sanlúcar de Barrameda y Jerez conjuntos que, hasta hace unos años se conservaban completos y que alcanzan las doscientas figuras, incluyendo accesorios tales como casas, cobertizos, pajares, puentes, castillos y celajes pintados; pocas son las asociaciones belenistas que no tienen alguna pieza suya, existiendo buenas colecciones en Madrid, Jerez y Barcelona, por poner algún ejemplo bien conocido.

Sus moldes no han corrido la misma suerte que muchos de los talleres murcianos, perdidos para siempre o modificados hasta resultar irreconocibles, sino que se han conservado en manos de la familia que, con excelente criterio, ha acordado su utilización para réplicas exactas, a través de los Sucesores de Ángel Martínez, quienes, desde el año 2000, están rescatando un acervo sorprendente y, poco a poco, aún en nuestros días, sistematizan, con una seriedad que podríamos calificar de científica, todo lo que hoy resta de la producción de este artesano tan singular que, para muchos, merece el título de artista, pues es uno de los pocos que podríamos calificar de «primitivo».

Foto 2 - Ponencia XLI Congreso Nacional Belenista 2003 "Andalucía La Baja en las figuras de Ángel Martínez", por Letizia Arbeteta MiraAndalucía la Baja en las figuras de Ángel Martínez

Ángel Martínez tuvo éxito posiblemente por dos razones: el tamaño de sus figuras «estándar», que se avenían a las usadas en la zona para los belenes, incluídas las procedentes de Granada, y porque reflejó toda una sociedad, el corazón y el alma de un pueblo.

Quizás este sea su mayor acierto y lo que hoy atrae diversas miradas, ajenas muchas de ellas al mundo del belenismo.

La Andalucía de Cádiz, Jerez y los Puertos (Puerto de Santa María, Puerto Real, San Fernando, Sanlúcar de Barrameda) es una Andalucía peculiar, atlántica, de sal marinera, marisma y campos, de viñedos, tunas y navazos, abierta al océano al tiempo que profundamente campesina. Sus ciudades de casas encaladas y calles estrechas y largas bullen de animación; la vitalidad de los oficios es aún palpable; los tipos permanecen. Es la Andalucía de la aventura americana, de los indianos, de palmerales y araucarias, casas con miradores y cortijos salpicando las lomas donde la albariza madura las uvas y los flamencos, ánsares y gallaretas se encaminan a Doñana. Una Andalucía que, hasta bien entrados los años sesenta, mantenía sus estructuras sociales y modo de vida tradicional casi intactos.

Si examinamos viejas fotografías de la zona, especialmente las que van de 1900 a 1930, años de su mayor producción, vemos que la sociedad, muy estamentada, se dividía entre los que lo poseían todo y veían las facetas pintorescas de su entorno como un atractivo más, y aquellos que debían adaptarse a circunstancias nada fáciles.

Foto 3 - Ponencia XLI Congreso Nacional Belenista 2003 "Andalucía La Baja en las figuras de Ángel Martínez", por Letizia Arbeteta MiraEn los años ochenta del siglo XIX, época de la niñez de Ángel Martínez, el mismo Puerto de Santa María se diferenciaba poco, visto desde la ría, de los grabados renacentistas del «Civitatis Orbis Terrarum», donde aparece reflejado. Las barcas de vela latina, los juanelos leves como alas de golondrina, entraban y salían de las vías fluviales y la bahía, donde los pescadores y mariscadores se afanaban al compás de las mareas, las salinas reverberaban al sol y en los puertos diversos se embarcaban y desembarcaban diversas mercaderías. Curiosamente, Ángel Martínez se las arregla para reflejar este mundo de bajamar, insólito en un ámbito donde todo lo relativo al agua se limita a lavanderas y algún pescador de agua dulce. El belén de Ángel Martínez tiene mar. Mar y playa, con sus caños de agua dulce, donde nadan los patos, los boyeros charlan y las mujeres lavan la ropa atentas al ir y venir de las barcas. En las rocas, pescadores con sus largas cañas, sombreros de campo y los pantalones remangados salpicados como islotes enmedio de la marisma. Una madre pasa por algún inestable puente de tablas, sujetando con cuidado a su niño. La madre viste como las mujeres de las fotografías. No es una hebrea, es una gaditana portuense como las vecinas de los Martínez. Quietos bajo el sol, los espulgabueyes parecen viejas estatuas votivas a lomos de las grandes bestias. Una barcaza, sujeta por poleas y maromas transporta hombres y caballerías de un lado a otro.

En el campo, pacen los toros y las ovejas, atendidas por gañanes y pastores con sus perros, que les procuran agua y comida. De cuando en cuando, la graciosa arquitectura de una fuente, al gusto neoclásico imperante en la zona, rompe la monotonía del paisaje. Fuente que no se ha inventado Martínez, pues similares las hay por doquier, incluso a la orilla del mar. Donde hay agua hay frescor y a la vera del agua descansa el buey tumbado, vagabundea el pavero niño, o la madre lava en el pilón y la niña le imita en el barreño. La cerda ha parido y vigila sus lechones mientras el granjero se asoma por la valla. Andando el tiempo, les llegará su San Martín y caerán bajo los cuchillos en gloriosas matanza, espectáculo apto para niños, por lo que se vé.

En los oteros, los toros bravos corren, levantando una polvareda. Pronto se realizará la tienta, que mostrará su casta y valor.

Las chumberas o tunas se elevan, con sus crestas ariscas, delimitando gallineros como una empalizada o bordeando los caminos, rotas sus hileras por cañaverales y palmas. Los sabrosos higos chumbos se recogen, se cargarán en las alforjas para venderse en la ciudad. Palmeras, chumberas y piteras, a veces realizadas con expresividad asombrosa, no faltan en la obra de Ángel Martínez. Los personajes son como sus figuras, cetrinos y serios, con su camisa y sombrero bajo el sol de agosto.

Rechinando, la carreta con las botas de vino avanza por el camino, igual que las asombrosas reproducciones del artista, realizadas con todo detalle, lo que demuestra la capacidad de Ángel para captar hasta el menor detalle del campo y sus labores, en el que campesinos curtidos, de camisas albas, impecables y pantalones remendados se afanan indiferentes, como el leñador, a los turistas que descubren la realidad de montar en burro por primera vez, o las señoritas de la buena sociedad que van en calesa a los toros en Sanlúcar durante la visita de la reina Victoria Eugenia.

Foto 4 - Ponencia XLI Congreso Nacional Belenista 2003 "Andalucía La Baja en las figuras de Ángel Martínez", por Letizia Arbeteta MiraLos vendimiadores cargan con los cestos, el aguador con su cántaro, y en el frescor de las bodegas, trabajadores que parecen modelados por el artista se reúnen para tomar el vaso de vino, dudoso privilegio que algunas firmas vinateras pregonan conceder cuatro veces al día (con las inevitables secuelas). Después, el vino emprenderá su viaje, quizás hasta ultramar.

La ciudad es un animado zoco bajo el sol de la mañana. El trajín y el vocerío son grandes. Transeúntes, amas de casa, rapazuelos y gentes de toda condición cruzan las calles. Son numerosos los pregones, quien vende, quien repara. Antes del alba el panadero coció su pan, y el hortelano vino con su borrico, durmiéndose a veces sobre este, que le llevó a donde quiso. La calle bulle de gente, los jóvenes lecheros, niños más bien, reparten la leche. Pero no todos los rapaces son tan trabajadores. Los hay traviesos y de la piel de Satanás, como este que pinta, sobre la calva del viejo dormido en el paseo, una cara sonriente, mientras la vieja comienza a abrir el ojo y calcula cómo de rápido le dará un pescozón antes de que se escurra.

En las azoteas, las mujeres comienzan la penosa tarea de la colada, indispensable para mantener la ropa blanca; en las cocinas, se afanan ante los fogones y anafres, los mismos en los que la buñolera prepara sus productos.

La chiquillería llena la calle con sus voces… hasta que aparece el maestro. La letra con sangre entra y algún golpe de vara es antídoto contra la distracción. Tras la puerta la cartilla, una niña llora, aplastada por la humillación de portar las crueles orejas de burro; otros se afanan, alguno se rasca la cabeza tras probar el jarabe de palo, sin duda una buena pieza con los fondillos del pantalón rotos, y el dómine, con su corazoncito al fin y al cabo, cae seducido por la gracia de la niña pelota, quizás acusica. Era otro método, sin duda, bien diferente del actual.

Pero no todo son trabajos. También hay que divertirse y en los patios y balcones cotorrean las vecinas, reuniéndose en tomo al brasero con los primeros fríos invemales. Es el momento de los romances, las canciones, los relatos misteriosos y los cuentos de terror, además de recordar los crímenes sin resolver y otros sucesos atroces. Pero si es Navidad todo es alegría. Se canta, se baila y se come, haciendo coro con los almireces, la pandereta y la guitarra. Los antiguos trajes de volantes, que ya asombraran a los romanos, aún se ven por las calles.

Allá van nuestros pastores, hacia el belén, uniendo de nuevo el antiguo relato de la Natividad; allá van, con sus batas y moños años treinta, sus sombreros de paja, el viejo y la vieja con la zambomba y las sonajas, ella con delantal; allí están todos, todos los que Ángel Martínez vio, todos sus vecinos, todos los animales del campo, las aves de los humedales y marismas, la viñas y los interminables caminos de piedras; allí están las puertas de los pagos y cortijos, los mulos y los bueyes, allí está su mundo, poblado de abuelas y rapaces, alguna en buen apuro, los humildes aguadores, las mujeres que lavan, las gitanas canasteras, la de los melones, la huevera, el viejo de las verduras, allí están todos, incluso esos tres reyes de los que el más viejo anda encorvado como su caballo, camino de un portal que se parece al de otros belenes, quizás catalán, quizás granadino, con o sin Gloria, porque los misterios no son cosa suya, él pone la gente, la gente que va a ver a Jesús.

Mientras otros ponen el cielo, Ángel Martínez pone a sus vecinos. Gracias a él, Andalucía la Baja vivirá para siempre en el belén.

Letizia Arbeteta Mira

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En cada casa un Nacimiento, por Andrés L. Cañadas

15 Dic 01
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En cada casa un Nacimiento, por Andrés L. Cañadas

(Artículo publicado en la revista El Pastor de Nochebuena n.º 1 (2001) de la Asociación Belenista de El Burgo de Osma)

Como un remanso de paz en este agitado tiempo que nos ha tocado vivir, cada año, con la llegada del mes de diciembre, se produce, por todos los rincones de nuestro país, el feliz reencuentro con la entrañable costumbre de la instalación de Pesebres, Belenes o Nacimientos, cada uno con su peculiar estilo según el lugar, pero con la finalidad esencial de conmemorar un acontecimiento que marcó la historia de la humanidad y que no es otro que el Nacimiento, en la pequeña aldea de Belén de Judá, del Hijo de Dios.

Así viene siendo desde la noche de los tiempos, como lo corroboran testimonios tales como el más antiguo de los textos navideños conocidos conservado, la antifona «Hodie Cantandus» de Tutilón de San Galo; y así permanece la tradición, recobrada y fortalecida tras unos años en que, con la irrupción en nuestra sociedad de manifestaciones foráneas, llegó a temerse incluso por la desaparición de esta piadosa costumbre, cuyos orígenes sitúan algunos estudiosos en la Iglesia de los Padres Jesuitas, de Praga, en el año 1562, seguida pocos años más tarde –en 1567- en la casa de la Duquesa de Amalfi, en lo que podría considerarse el primer Belén familiar y que en lo que a España se refiere parece tener el primer testimonio documentado en la Iglesia de los Teatinos de Barcelona en 1666.

Con la representación plástica del Nacimiento de Jesús, en templos y hogares; promovidos por instituciones o por la espontánea iniciativa particular; a la que sumarían la maestría de su arte, en su época, imagineros como la «Roldana» o José Risueño, Francisco Salzillo, Pedro Duque Cornejo o Ramón Amadeu, por citar tan solo algunos de los más representativos y de la que, a lo largo y ancho de la geografía hispana, existen magníficas obras como los Nacimientos de Salzillo, sin duda el prototipo de todos ellos, o los de la Catedral de León, el Hospital Provincial de Palma de Mallorca, la Iglesia parroquial de Melgar, en Burgos, o el Convento de las Agustinas Recoletas, de Salamanca; y el llamado «Belén del Príncipe», que Carlos III hiciera traer desde la fabrica italiana de Capodimonte, para su hijo que posteriormente reinaría como Carlos IV, 0 la maravillosa «Montaña de Coral», del Monasterio de las Descalzas Reales, en Madrid, entre otros, se ha querido recrear siempre el sublime instante de la venida de Jesús al mundo, teniendo como testigos a unos humildes pastores mientras los ángeles enviaban su mensaje de paz en la tierra a todos los hombres de buena voluntad…

Y en esta hermosa tarea de preservar la tradición que hasta nosotros, según testimonios, trajeran los Padres Franciscanos, qué duda cabe que las asociaciones de belenistas o de pesebristas, cuantos en ellas se integran, quienes se afanan año tras año en crear auténticas obras de arte para representar el Nacimiento del Hijo de Dios, sacando del viejo arcón o de un rincón del armario las figuritas de barro que celosamente conservan, de padres a hijos, como un legado precioso, son los artífices auténticos de que hoy como ayer se siga produciendo el milagro de unir las familias al amor de la lumbre, de ese calor humano que acerca e iguala, que abre los corazones y que predispone al entendimiento entre todos los seres, sea cual sea su condición y procedencia.

Con la sencilla tarea de montar el Pesebre, el Belén o el Nacimiento, cuando se coloca el tablero o se habilita un lugar sobre el aparador con la misma finalidad, al extender el serrín o crear mágicas montañas con papel encolado o con corcho, al poner papel plateado como si fuera el agua del río o el cristal transparente con idéntico fin, al ir repartiendo las figuras por la efimera geografía creada en un minimo espacio, no sólo se está produciendo un verdadero trabajo artístico, que eso dependerá de la más o menos depurada técnica belenista del autor, siempre valioso en todo caso, sino que se está propiciando el clima adecuado para que puedan erradicarse de entre nosotros el odio, la violencia y la injusticia.

Esa es, verdaderamente, la importancia de la tarea que vienen llevando a cabo, en Cataluña o las Canarias, en Andalucía o en las dos Castillas, en el País Vasco o en Galicia, en Mallorca o Extremadura, en el archipiélago Balear o en el Levante, en todos los rincones de España, en suma, las asociaciones que promueven y fomentan la piadosa tradición del Pesebre, el Belén o el Nacimiento, quienes en esta época del año se convierten, con sus públicas o domésticas representaciones, en heraldos de buena voluntad, cuyo ejemplo debiera prender y permanecer todo el año…

Andrés L. Cañadas – Periodista


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Los orígenes del belenismo, por Mª Pilar de Pablo Catalina

15 Dic 01
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Los orígenes del belenismo, por M.ª Pilar de Pablo Catalina

(Artículo publicado en la revista El Pastor de Nochebuena n.º 1 (2001) de la Asociación Belenista de El Burgo de Osma)

Las primeras y más importantes fuentes literarias del ciclo de la Natividad fueron los Evangelios de Lucas y Mateo. Mateo narra el nacimiento de Jesús en el contexto de la Judea dominada por la ocupación romana, texto recogido en su capítulo 2, versículos 1 al 20:

[…] Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto, ordenando que se empadronase todo el mundo […]. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de casa y familia de David. […] y [María] dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento […].

En este corto relato están contenidos los tres nombres tradicionales que ha recibido el Belén en España: Belén, por la ciudad de Bet-lehem, la Belén del relato; Nacimiento, por el Nacimiento de Jesús que, empleado con mayúscula, pasa de ser un nacimiento genérico a ser específico, por lo que se llama también Misterio al conjunto de sus protagonistas, al referirse al Misterio de la Encarnación, es decir la presencia de Dios en carne humana. Finalmente, es de uso en Cataluña denominar pessebre al Belén, término muy acertado, pues del pesebre, en latín praesepio, arranca la tradición inicial.

La parquedad de las narraciones evangélicas respecto al nacimiento de Jesús, así como la discreta atención prestada por las primitivas comunidades cristianas a tal acontecimiento motivaron, en buena medida, la escasez y tardanza de las representaciones plásticas a él dedicadas. Escasez y tardanza a la que contribuyen también las persecuciones y la consecuente ocultación de los símbolos cristianos. Sólo la llegada de la Paz de Constantino (313 d. C.), con la publicación del Edicto de Milán, en el que se reconoce a los cristianos el derecho a celebrar sus cultos, hará que tal situación se transforme, aflorando con ello, y de modo creciente, las representaciones artísticas del cristianimo.

El primitivo arte cristiano se desarrolla en el ámbito funerario de las catacumbas, y es en la pintura funeraria, donde hallamos las primeras muestras plásticas del tema de la Natividad. Se trata de un fresco del siglo II que se encuentra en la Capella Grecca, de la catacumba de Santa Priscila. En dicha pintura se contempla la figura de la Virgen, que aparece sentada en un sitial, sin respaldo alguno y sosteniendo en su brazo izquierdo al Niño, envuelto en un rebujo de pañales. A su lado, apuntando hacia el cielo, como indicando la estrella anunciadora del nacimiento del Mesías, figura el profeta Isaías.

A partir de este momento abundan numerosos ejemplos en los que se va fijando iconográficamente el tema de la Natividad. En la catacumba de San Sebastián, en una pintura del siglo IV, se representa un verdadero nacimiento, con el buey y el asno; pero faltan San José y la Virgen que bien pudieran ser unas figuras que aparecen en el fondo.

San José es, por otra parte, el gran ausente de estas representaciones pictóricas primitivas. La divinidad de Cristo, negada por los arrianos, es causa principal de que la imagen de San José no esté generalizada hasta bien pasado el siglo IV, queriéndose evitar con ello cualquier participación humana en la concepción de Jesús.

Sin embargo, a partir de este siglo, el grupo completo aparece ya con asiduidad en sepulturas, sarcófagos y tablillas de marfil y madera como consecuencia de la definición como dogma de la genuina naturaleza humana y divina de Cristo en los diferentes concilios de Nicea (325), Constantinopla (381) Éfeso (431), Calcedonia (451) y nuevamente Constantinopla (553).

Destacan por su importancia las primeras representaciones en relieve del Nacimiento de Cristo, presentes en diferentes sarcófagos de los siglos IV, V y VI. En ellos, junto a otras escenas, se representa la venida de Jesús, a través de una iconografía que irá fijando diversos motivos: así, encontramos, por primera vez, la representación del lugar del nacimiento como una choza; la figura de Jesús recién nacido, acostado en una cesta de mimbre; San José, portando una vara; la Virgen alzada sobre una roca y flanqueada de palmeras… En el sarcófago de Santa Priscila, se representa la anunciación a los pastores y en ella aparece una figura que perdurará en todas las manifestaciones belenistas posteriores: la del zagal llevando una oveja sobre sus hombros; en el sarcófago de Arlés, es la adoración de los pastores la escena central, y en el de Ancona la presencia de los magos es el motivo principal.

No es extraño esta frecuente aparición del nacimiento asociado a un arte funerario, que se explica porque el día de la muerte, era para los cristianos de los primeros siglos, el dies natalis, el día de su nacimiento a la vida sobrenatural.

Por otra parte, y como consecuencia de la costumbre de reproducir en Occidente los más famosos santuarios orientales con los que se tenía alguna especial relación, pueden considerarse también como precedentes históricos de los Belenes las réplicas o representaciones de la Santa Cueva de Belén, que en muchas iglesias, principalmente de Roma, se hicieron para venerar el recuerdo del nacimiento de Jesús.

Según la tradición, algunas maderas de la originaria gruta o cueva de Belén fueron traídas a Roma desde Palestina. Con ellas, en el pontificado de Sixto III (432-440), se construyó la primera imitación del antro praesepis, o cueva del pesebre, por lo que se dio el nombre de Santa María ad Praesepe a la iglesia que la albergó. En ella, siglos más tarde, el papa Teodoro I (642-649), de origen palestino, mandó construir un oratorio que recogiera las supuestas reliquias de la cuna del Niño Jesús, donde el pontífice celebraba la primera de las tres misas de Navidad.

Debido a su mayor vinculación con los Belenes, recordaremos también los llamados «Misterios de Navidad»: funciones semilitúrgicas que se remontan al siglo X y que solían tener lugar en el interior de las iglesias, donde se representaban los episodios principales, tales como el Anuncio a los pastores o la Epifanía.

La representación, originalmente respetuosa y acorde con el carácter sacro de los templos donde se celebraba, fueron degenerando en bullicio y algarabía que convenían poco a la quietud de las iglesias, por lo que se dispuso su realización en los atrios, para acabar siendo prohibida por el papa Inocencio III (1198-1216). Aunque los clérigos solían disfrazarse, también cabe la posibilidad de que existiera cierto apoyo plástico para el decorado, y de que se emplearan figuras tridimensionales o, al menos, pintadas y recortadas, para representar a los personajes sagrados. Esta idea de «espacio» y de «teatro» puede ser el antecedente de los Belenes por tratarse de personajes integrados en un entorno espacial.

Con el tiempo, este teatro religioso va perdiendo referencias dogmáticas, incorporando multitud de elementos populares evidentes en la lengua, en los personajes y en las actitudes que estos manifiestan.

El juego escenográfico que estas manifestaciones teatrales suponen, la incorporación a ellas de la cultura popular, el tránsito continuo de figuras y personajes, el movimiento generado alrededor de la Santa Cueva… son, entre otros muchos, elementos que, procedentes de estas representaciones escénicas, llegarán posteriormente a los montajes belenísticos, que precisamente alcanzan su máximo esplendor en el mismo momento en que el teatro manifiesta sus más altas cumbres: la época barroca.

Al tiempo que se expandía la visualización del drama sacro y se iniciaban los primeros pasos hacia la configuración del Belén en toda su complejidad, el teatro, pese a las restricciones y limitaciones, seguía un camino paralelo. De hecho, puede decirse, que los orígenes del teatro europeo se remontan a estas representaciones del ciclo de la Natividad, especialmente las que se refieren a la Natividad y Anuncio de los pastores, y las de la Epifanía. Suele citarse como ejemplo temprano, un fragmento del Auto de los Reyes Magos, que se conserva en la biblioteca de la catedral de Toledo, escrito en castellano y fechado en el siglo XIII.

En el siglo XIV, el tema del Nacimiento es motivo de representación propiamente teatral, lo que pudiera contribuir a la existencia de los Belenes.

Es oportuno también recordar las obritas teatrales cortas mallorquinas, llamadas Pastorells, que se ponían en escena, por lo menos desde el siglo XVIII, cuyo tema central era la ofrenda de presentes hecha al Niño Jesús por un grupo de jovencitos ataviados de pastores. Así también, los «teatrillos parlantes» o de marionetas, como el que se sigue representando en Alcoy (el Belén de Tirisiti), tuvieron su influencia en los Belenes.

Con todo lo dicho se deduce cuál era el clima de devoción al Misterio del Nacimiento de Cristo, propagada también por la Orden del Temple, y que influirá después en la práctica navideña de los Belenes. Pero será a partir del siglo XIII cuando se dé un impulso vigoroso a la conmemoración plástica del hecho del nacimiento de Cristo.

En la Europa del siglo XIII, se producen cambios importantes. El poder feudal va decayendo. Del cerrado estudio de los claustros se da paso al más abierto de la Universidad. Roto el estricto cauce del monasterio, el obispo concede licencia a los clérigos para enseñar fuera del ámbito monacal. Con ello la cultura se populariza… En este singular ambiente nace una nueva orden religiosa, la franciscana, que, en lugar de encerrarse en los conventos, sale a la plaza pública, a los caminos, predicando una religión más popular. No hay duda de que aquellos nuevos aires, con la devoción por lo sencillo y lo popular, servirían de simiente adecuada para el surgimiento del belenismo.

San Francisco de Asís (1182-1226) es el autor del milagro de la extensión del misterio del Nacimiento. Tomás de Celano, biógrafo del santo, nos cuenta que, en el año 1223, pidió San Francisco licencia a Honorio III para poder representar, en la noche de Navidad, en una cueva de Greccio, en la Toscana italiana, el nacimiento de Jesús, dispensa necesaria pues hacía dieciséis años que el papa Inocencio III había prohibido cualquier manifestación teatral en las iglesias. Obtenida la autorización, en la cueva se figura el Nacimiento de Jesús, quien, según la tradición, milagrosamente cobró vida en medio de la celebración.

A partir de aquel momento, los frailes llegaron a hacer tradicional en todas las iglesias franciscanas la costumbre de representar la escena divina, recreando pesebres vivientes y extendiendo así la visualización del nacimiento de Jesús, antecedente próximo de los Belenes.

Ello es la razón que llevó a las Asociaciones Belenistas de todo el mundo a solicitar del Vaticano la proclamación de San Francisco como patrono universal del belenismo, lo que felizmente se logró el año 1986.

En la propagación del belenismo es también fundamental la labor de las clarisas, vinculadas a la orden franciscana. Aunque no se trata propiamente de belenismo, las clarisas son las iniciadoras de una tradición que se extiende a muchos conventos de monjas: cada novicia traía al ingresar en la comunidad la imagen de un Niño Jesús que luego era vestido con atuendos creados por las propias monjas. Dicha tradición llegó a España y fue especialmente viva en Levante, dando lugar a los repos de Jesús (descanso de Jesús).

En los tiempos de la Contrarreforma, serán los jesuitas quienes den un nuevo impulso al belenismo como medio para reprimir cualquier brote de protestantismo. Se animan los servicios divinos de Navidad, por medio de escenas de Belén, realizadas por tallistas y escultores.

La nobleza no tardó en querer poseer belenes similares en sus capillas privadas y, de allí, la costumbre saltó a los hogares de la alta burguesía, para arraigar, más tarde, en el pueblo llano. Para recreo de los niños, se representaban no sólo la escena del nacimiento de Jesús y el pesebre de Belén, que seguía ocupando el mural central, sino también motivos de la vida cotidiana de los creadores de estos Belenes: los campesinos, los artesanos…

Similar labor de difusión del belenismo realizan los teatinos y un siglo más tarde, en el siglo XVII, los escolapios. Siglos más tarde, en el período decimonónico, otro sacerdote español, San Antonio María Claret, fundador de los claretianos, también alentará de modo decisivo la devoción belenista, tan enraizada en la esencia del pueblo hispano, y que, gracias a él, adquiere nuevo impulso.

M.ª Pilar de Pablo Catalina – Asociación Belenista de El Burgo de Osma

Bibliografía consultada para este artículo:

  • Martínez-Palomero, Pablo. El Belén. Historia, tradición y actual. Barcelona, Aura Comunicación, 1993
  • Pérez-Cuadrado, Juan. El mundo del Belén. San Sebastián, 1986
  • Arbeteta Mira Letizia. Oro, Incienso y Mirra. Los Belenes en España. Madrid, 2000

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Qué es ser belenista, por Mª Carmen Casado de la Rica

15 Dic 01
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Qué es ser belenista, por M.ª Carmen Casado de la Rica

(Artículo publicado en la revista El Pastor de Nochebuena n.º 1 (2001) de la Asociación Belenista de El Burgo de Osma)

El Belenismo está de moda. A esa conclusión se podría llegar si observamos el auge que las manifestaciones belenísticas están teniendo en nuestra sociedad. Hay multitud de asociaciones, belenes monumentales, macroexposiciones sobre el Belén donde se presentan los tesoros de nuestro arte desde los siglos más remotos hasta nuestros días. Se muestran las mejores tallas, los mejores relieves, las mejores pinturas, realizados a lo largo del tiempo por los más prestigiosos artistas. Donde se exponen también las humildes figuras populares de barro de principios del siglo XX, que ya comienzan a ser antigüedades, y los maravillosos dioramas con bellas figuras de artesanos actuales, realizados por las asociaciones belenistas. Son exposiciones atractivas para todos, por el valor artístico de las piezas, por la ternura y sensación de paz que inspira el Nacimiento, y por despertar esa faceta infantil que hay dentro de nosotros. Además, a veces es una auténtica lección de Historia Sagrada.

Pero detrás de todas estas manifestaciones, subyace el espíritu de unos artistas y autores que han querido transmitir sus sentimientos, dotando a sus obras de una expresividad concreta.

Cuando el belenista realiza un diorama (representación tridimensional de una escena bíblica de la infancia de Jesús) o un Belén, intenta reproducir lo más fielmente posible el ambiente en el que se desarrolló ese hecho (arquitectura, geografía, flora, fauna, etc.). Intentará realizarlo cada vez mejor, investigará y se documentará de cómo era Palestina en los tiempos de Jesús, la sociedad judía, los oficios, etc. Intentará crear una perspectiva que dé realismo a la escena. Así, buscará reflejar de la manera más fiel posible y desde su fe cristiana, lo ocurrido hace más de 2000 años: el Nacimiento de Dios, que quiso ser hombre y llevar una existencia humana, que eligió nacer en una familia humilde y en un pesebre y que nos dejó un maravilloso mensaje de Amor.

Quiero terminar, animándote a poner un Belén cada Navidad, símbolo de la paz y solidaridad que cada día son más necesarias en el mundo.

Mª Carmen Casado de la Rica – Asociación Belenista de El Burgo de Osma


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Cartel XXXVII Congreso Nacional Belenista - Alicante, La Marina y Callosa de Segura 1999

Comunicaciones – XXXVII Congreso Nacional Belenista 1999 – San Francisco de Asís, patrono de los belenistas, un ejemplo para todos

08 Abr 99
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San Francisco de Asís, patrono de los belenistas, un ejemplo para todos

Cartel XXXVII Congreso Nacional Belenista - Alicante, La Marina y Callosa de Segura 1999Logo XXXVII Congreso Nacional Belenista - Alicante, La Marina y Callosa de Segura 1999San Francisco de Asís ha sido considerado por la revista «Time» el personaje más importante de este milenio y, ciertamente, su vida, su obra y su predicación lo convierten en una personalidad que merece contínua evocación por la actualidad de su mensaje que exalta el amor, la sencillez, la humildad y el respeto a la naturaleza y a la Creación toda, reflejo de la bondad y la grandeza de Dios. Un mensaje que es una auténtica guía vital para todos y muy especialmente para quienes, como belenistas, hemos de hacer realidad cotidianamente el compendio de paz y ternura que el belén entraña.

Nacido en 1182, su padre Pietro de Bernardone era un próspero mercader de telas de Asís, en la Umbria italiana; su madre, doña Giovanna, a la que familiarmente llamaban doña Pica, era una provenzal con quien se había casado don Pietro durante uno de sus frecuentes viajes de negocios por Francia. Precisamente, el nombre de Francisco se lo impuso su padre, con la expresa intención de honrar a la tierra que le había dado la riqueza.

Recibió Francisco la educación de los jóvenes adinerados de su tiempo, aprendiendo latín y matemáticas. Aún adolescente, su padre le puso a trabajar en el mostrador de su almacén, y parece que con éxito.

El joven Francisco, provisto con abundancia de dinero e inteligencia, de carácter abierto, vanidoso, trajeado preciosamente, generoso, se convirtió en el «príncipe» de las peñas juveniles asisianas, primero en los convites, primero en los certámenes poéticos, primero en las manifestaciones propias de la juventud de entonces, también pensó en descollar en el arte de las armas y hacerse caballero. Su anhelo de aventuras le hizo intervenir en algunas de las frecuentes batallas que enfrentaban a las ciudades-estado de la Italia medieval, aunque ello también le supone sufrir una profunda crisis espiritual ante la vanidad de los placeres materiales y la inutilidad de su vida hasta ese momento.

San Francisco de AsísTras una gravísima enfermedad que le pone en peligro de muerte, Francisco recapacita sobre su existencia mundana y en las grutas solitarias de la campiña de Asís se entrega a la meditación y la plegaria. En 1206, rezando ante el Crucifijo en la desmantelada iglesita de San Damián, escucha la voz del Señor que le dice: «Francisco, restaura mi casa, la cual, como ves, cae en ruina». Es una orden simbólica, que inviste a Francisco de una altísima tarea: la de restaurar los principios divinos de la Iglesia de Cristo, socavada por las herejías, la inmoralidad, la simonía. Aunque Francisco, no comprendiendo el significado profundo de las palabras divinas, volvió a casa de su padre para llevarse algunas piezas de tejidos preciosos que vendió, junto con su cabalgadura, para conseguir dinero con el que restaurar la iglesita de San Damián.

El señor Bernardone, contrariado ya por el cambio habido en la vida de Francisco, desilusionado en las grandes ambiciones que había puesto en el hijo, se enfureció, pidiendo la intervención de los Magistrados de la ciudad y hasta del Obispo. Francisco hizo entonces una pública declaración de pobreza, devolviendo incluso los vestidos recibidos de la familia, y empezó su predicación de un lugar a otro, mendigando para comer y vestido con una modesta túnica ceñida por una cuerda.

Los temas esenciales de su predicación eran el amor cristiano, la exigencia de paz entre los hombres, la fe en la salvación, el bien y la alegría como meta de un camino terreno entre obstáculos, oposiciones y dolores. Anunciaba a los hombres la paz y el amor fraternal, insistía en la necesidad de oponerse a las malas costumbres y a la avaricia en donde quiera que estuviesen anidadas, recordó a los hombres, religiosos y laicos, toda la predicación de Jesús y de los Evangelios. Los humildes, los puros de corazón, es decir, los que eran como él, acogieron sus palabras y le siguieron aumentando su número. Y Francisco emprendió una larga serie de viajes por Italia y el extranjero, dando siempre ejemplo de santidad en oración, en innumerables obras de caridad que atraían a donde se encontraba Francisco gentes inspiradas por su palabra y por su ejemplo. De vuelta a Asís, se cobijó en la cercana iglesita de Santa María de los Ángeles, la «Porciúncula», que fue el primer centro del orden monástico que Francisco empezaba a concebir.

Después, acompañado por los primeros doce seguidores, Francisco marchó a Roma, donde el Papa Inocencio III lo recibió escuchando su petición del reconocimiento de la Orden de los Frailes Menores, que habían aceptado la regla de la pobreza, en 1209.

A partir de entonces la predicación de los frailes se extendió por toda Italia y por el extranjero: en Alemania, en Francia, en España, en Tierra Santa, a través de incomodidades, peligros y persecuciones el movimiento franciscano cobraba dimensiones cada vez más extensas. En 1221 Francisco elaboró la nueva Regla de su orden, que fue aprobada por el Papa Honorio III en 1223. Y es durante la celebración de la Nochebuena de ese mismo año cuando Francisco instituyó en Greccio la que se convertirá en una gran tradición: el belén.

Francisco era ya saludado como santo, mientras él saludaba y alababa a Dios en el hermoso himno en loor de la Creación que es el «Canto de las Criaturas».

El 17 de septiembre de 1224, en el monte Verna, Francisco recibió las llagas de la Pasión de Cristo y durante la noche del 3 al 4 de octubre de 1226, en la Porciúncula, murió Francisco. Y el que en su humildad ni siquiera se había considerado digno de ser consagrado sacerdote, fue proclamado santo por la Iglesia dos años más tarde, en 1228.

Ojalá todos nosotros, guiados por su ejemplo, pongamos en práctica la actitud que San Francisco de Asís nos enseñó como una auténtica guía vital en la Oración que dice: «¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! Que donde hay odio, ponga yo Amor. Donde hay ofensa, lleve yo el Perdón. Donde hay discordia, lleve la Unión. Donde hay duda, lleve la Fe. Donde hay error, lleve la Verdad. Donde hay desesperación, lleve la Esperanza. Donde hay tristeza, yo lleve la Alegría. Donde hay tinieblas, lleve vuestra Luz. Oh Maestro, haced que no busque tanto el ser consolado, sino consolar; el ser comprendido, sino comprender; el ser amado, sino amar. Porque dando, se recibe. Olvidando, se encuentra. Perdonando, se es perdonado. Muriendo, se resucita a la vida eterna. Amén».

Algo de historia, por Inmaculada Porro Baena

20 Dic 98
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Algo de historia, por Inmaculada Porro Baena

(Artículo publicado en la revista Pesebre n.º 2 (1998) de la Asociación de Belenistas «La Adoración»)

Según los libros que he podido consultar, para conocer cuándo aparecen las primeras manifestaciones artísticas sobre el Nacimiento de Jesús, y más concreto sobre la costumbre de montar un nacimiento, o representar un belén, puedo contaros que los primeros indicios los podemos encontrar en las Catacumbas de Priscila hacia el año 180 ó 200; son unas pinturas relacionadas con motivos navideños como la Virgen María sosteniendo en brazos al Niño Jesús.

También podemos encontrar algunos motivos relacionados con la Epifanía de Jesús, en sarcófagos y tablillas de marfil, sin especificar el año concreto.

Pero donde más se aprecian es en algunos relieves bizantinos de la catedral de Rávena del siglo VI, en las cuales se nos ofrecen escenas como el sueño de San José o la Virgen embarazada junto a San José camino de Belén y la clásica escena del pesebre con el buey y la mula junto al Niño, San José y la Virgen.

Sin embargo, la primera representación de la Navidad fue realizada por San Francisco de Asís, el cual era un gran admirador del nacimiento del Niño Jesús.

En la Nochebuena de 1223 escenificó una versión de tan gran acontecimiento en el santuario italiano de Greccio con personajes y animales vivos. Santa Clara siguió el ejemplo de San Francisco, la cual lo difundió por todos los conventos franciscanos.

La primera referencia en cuanto al montaje del belén, realizado con figuras en lugar de personas y animales fue en 1252 en un monasterio alemán y en el 1300 se exhibió una en la catedral de Barcelona.

Más tarde, ya en el 1500, la Contrarreforma ayudó a su difusión por todas las iglesias y monasterios españoles gracias al favorecimiento de todas las expresiones de devoción popular. Ya en el siglo XVIII, el rey Carlos III encargó a José Ginés y José Esteve (artesanos alicantino y valenciano) la construcción de un belén de 600 figuras para su hijo, Carlos IV. En estos momentos de la historia podemos observar que la tradición artística de montar un belén o nacimiento durante los días navideños se limitaba a un sector privilegiado de la sociedad o incluso podríamos decir que eran los únicos que podrían observarlos y contemplarlos… Con lo cual podemos deducir que el valor artístico de dichas figuras sería sin lugar a dudas soberbio y exquisito, y estarían realizadas con los mejores materiales que pudieran obtener.

Pero como el Niño Jesús quería en estas fiestas estar en todos los hogares, esta costumbre de montar el belén se fue extendiendo a todas las clases sociales, apareciendo otro tipo de figura más tosca, vulgar y popular y por supuesto más accesible a todas las personas, incluso a las clases más humildes.

Se tiene referencia de que en 1786, en una feria de Barcelona (feria de Santa Lucía), se vendían figuras de belenes, de barro y cartón, con lo cual sólo al mencionar estos materiales podemos deducir que serían destinados para un sector humilde de la población, y por supuesto su realización podemos centrarla dentro de talleres familiares.

En el siglo XIX, la afición por montar un belén ya se ve en las casas, ya sean monumentales, o lugares públicos o privados… Se ha extendido por toda España, y la difusión de figuras de belenes para todos los bolsillos contribuyó gratamente a dicha expansión.

Podemos firmar que este siglo no había un hogar, ya fuese humilde o distinguido, que en estos días navideños no tuviera instalado su nacimiento.

Bueno, espero que este relato sacado de los diferentes libros de belenes que he podido leer os sirva, o nos sirva, para algún día poder detallar que en el siglo XX también tuvimos la suerte de conseguir que el belén fuera algo muy habitual en todos los hogares españoles.

Inmaculada Porro Baena