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Texto del Pregón de Navidad 2017 – Asociación de Belenistas de Alicante – D. Juan Giner Pastor

01 Dic 17
Presidencia FEB
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En la tarde-noche de hoy, viernes 1 de diciembre de 2017, ante el numeroso público congregado en el Aula de Cultura de la Fundación Caja Mediteráneo de Alicante, en un acto amenizado por el Orfeón Nuevo Amanecer, del Patronato “Cristo de la Paz” de San Juan de Alicante, dirigido por D. José Antonio Ruiz Sánchez, D. Juan Giner Pastor, Catedrático, Maestro Mayor Belenista, Trofeo e Insignia de Oro de la Federación Española de Belenistas y Premio de la UN-FOE-PRAE (Universalis Foederatio Praesepistica), ha pronunciado el siguiente Pregón de Navidad.


“Buenas tardes, señoras y señores. O mejor, buenas tardes amigas y amigos. Porque si estáis aquí esta tarde es, no lo dudo, por amistad con la Asociación de Belenistas de Alicante, organizadora de este Pregón de la Navidad 2017. A las autoridades presentes, a los representantes de la Fundación Caja Mediterráneo y a la Junta de Gobierno de la asociación, especialmente, al presidente, deseándole una pronta recuperación.

Cuando ya a primeros de año el querido amigo D. Alejandro Cánovas Lillo, presidente de la Asociación de Belenistas de Alicante, me propuso ser el Pregonero de la Navidad 2017, según acuerdo tomado unánimemente por su Junta de Gobierno, le dije que el primer pregón que nuestra asociación había organizado en 1969 lo pronunció quien ahora os habla. Pero, como ello no se consideró inconveniente y, además, puesto que en la lista de pregoneros de la Navidad que la Asociación de Belenistas de Alicante ha tenido, hubo anteriormente quienes repitieron el ser pregoneros, acepté emocionado esta distinción. Sí, emocionado, porque después de la Resurrección de Jesús, base de nuestra fe, Navidad es la fiesta más dichosa del cristianismo, y pregonar la Navidad de Cristo indudablemente es una alegría emocionante, sabiendo que el cristianismo es la única religión que se fundamenta en el Amor.

Como belenista, pregonar la Navidad es hablar con el corazón de entrañables sentimientos. Pregonar la Navidad, para quien ama el belén desde que tengo memoria, es evocar afectos y vivencias inefables en la niñez con mi familia, de los primeros belenes que hice, de todos los premios conseguidos, de tantas anécdotas acumuladas, de aquellos amigos belenistas que ya no están. Pregonar la Navidad hoy es para mí, asimismo, un motivo extraordinario para recordar que le he dedicado a la Asociación de Belenistas de Alicante gran parte de la vida, pues pertenezco a nuestra asociación desde que se fundó en 1959, y, como ha dicho el vicepresidente, en ella he ocupado diferentes cargos y recibido preciadas distinciones.

Pero todo ello no es nada ante la dicha inmensa que supone hacer el belén. Porque hacer el belén es dichosa tarea… Un jubiloso empeño que aúna ingenio y arte para crear ambientes, paisajes, escenarios que cobijen la historia más encantadora y sencilla.

Hacer el belén es representar el sublime momento en el que Dios nace en un establo y todos los demás relatos evangélicos que completan el tiempo de la infancia de Cristo, como María meditaba en su corazón:

En Nazaret María meditaba
los acontecimientos de su vida:
la Anunciación del Ángel, la partida
hacia Ay-Karin, donde Isabel estaba.

La llegada a Belén cuando esperaba
que ya naciera su Hijo y la subida
hasta el establo donde, bendecida,
fue la Gloria de Dios quien la colmaba.

Y cuando unos viajeros misteriosos
llegaron desde Oriente tras la estrella
para adorar al niño jubilosos.

Y la huida hasta Egipto por aquella
matanza que, con celos tenebrosos,
Herodes decretó en cruel querella.

Ahora a Nazaret ha regresado
junto a José y al niño bien amado.

Cuando los belenistas pensamos las escenas de nuestros belenes, imaginando con ilusión bendita campos y montes, poblados y viviendas, desiertos, ríos, lagos, palacios o cabañas, encontramos un íntimo sosiego que tan raro es ya en esta tecnificada época de prisas, de agobios, porque el belén es una expresión de paz y amor, de la Paz y el Amor de Cristo nacido en Belén. Y para ser auténticamente belenistas hay que vivir plenamente este excelso legado cuyo cumplimiento nos es tan imperiosamente necesario, ahora que la corrupción, la violencia o el escándalo se han convertido en asuntos cotidianos. Por ello, muchos belenistas quisiéramos que nuestros trabajos fuesen una auténtica oración hecha de imágenes que plasman el glorioso portento del Nacimiento de Jesús, utilizando todo un caudal de destrezas artísticas, artesanas y técnicas: diseño, perspectiva, modelado, talla, pintura, luminotecnia… Además, como intentamos alojar ese mensaje de paz que transmitimos en la más hermosa realización plástica, hemos de estudiar los ambientes bíblicos históricos, o los escenarios costumbristas populares y, como consecuencia, también aprendemos de la naturaleza, mediante su contemplación, aquella realidad que estamos procurando mostrar, aquellos paisajes que hemos gozado viéndolos o pensándolos y que, materializándolos a través de nuestros belenes, queremos que siempre deleiten a los demás, conmoviendo y llenado de optimismo los corazones.

Y algo fundamental, hacer el belén nos debería comprometer a dar testimonio activo del mensaje imperecedero que el belén atesora, pues será una incoherencia hacer belenes y no poner en práctica todo cuanto el belén supone: sencillez, concordia, bondad. Es incongruente hacer belenes y estar al mismo tiempo enemistados con otras personas de nuestro entorno, con otros belenistas. Busquemos primero con buena voluntad la reconciliación y luego pongámonos a desarrollar nuestra vocación belenista. Seguro que el belén que entonces realicemos será auténtico reflejo de la gran alegría que manifestaba el mensaje angélico a los pastores.

El heno en el pesebre resplandece,
entre el asno y el buey brilla un lucero,
un Niño, Luz de Luz, que amor sincero
a quienes son humildes les ofrece.

Su Madre, Virgen pura, entre sus brazos
lo arrulla con cariñosa dulzura
junto al esposo que a los dos procura
la firme castidad de sus abrazos.

Entran en el establo los pastores
deseosos de adorar a su Mesías,
como el ángel les dijo en la majada.

Y allí sienten colmados sus mayores
anhelos, cumplidas sus alegrías
que del Señor relumbra la alborada

e ilumina de paz y de esperanza
a los que ponen en Él su confianza.

Por eso, en una época, por desgracia, cada vez menos dispuesta a la labor creativa y desinteresada, la actividad belenista merece alguna reflexión. Porque ser belenista no es sólo tener la habilidad, la técnica, la capacidad artística para representar plásticamente los misterios de la Natividad del Señor. Ser belenista es, además, poner el corazón y el alma al servicio de los ideales de perfección que el Nacimiento de Jesús en Belén significa. Ser belenista es dedicar tiempo y entusiasmo en proseguir una tarea de evangelización plástica, cuyas raíces tienen varios siglos de tradición, haciendo de tu vida una proyección real del mensaje plasmado en el belén. Y ser belenista es también ser humilde como lo fue nuestro patrón San Francisco de Asís. Los belenistas trabajamos con materiales sencillos y perecederos: barro, corcho, escayola, papel, esforzándonos para transformarlos en imágenes que sean testimonio de la verdad auténtica, del amor sincero, de la humildad evangélica. Intentamos oponer a las imágenes cotidianas de fanatismo, de desasosiego, de incertidumbre o de rutina insatisfecha, el mundo sencillo y entrañable de la Sagrada Familia, de la niñez de Cristo. Imitamos el ejemplo iniciado la Nochebuena del año 1223 en Greccio por San Francisco, que comprendió lo cautivador del ambiente de la primera Navidad y lo materializó como ejemplo y como meta. La primera Navidad es el momento en el que Dios, que tan lejano nos parece en su esencia eterna e incomprensible, precisamente por ello quiso ser cercano, presente, visible, y, habiéndose hecho hombre en el seno virginal de Santa María, nace en el establo de una cueva de Belén y se manifiesta como la Palabra divina. Para muchos la historia cambió entonces, porque Dios ya estaba con nosotros, junto a nosotros. Era de Dios, y nos libera de la esclavitud del pecado y de la muerte.

No lloréis nunca más, que no haya duelo.
Desterrad la maldad, las impudicias.
Que la piedad anule las sevicias.
Que ya nadie se arrastre por el suelo.

Que donde hubo dolor haya consuelo
y el mundo todo sepa las albricias
que hoy resuenan como dulces caricias
en quienes te buscamos con anhelo.

Pues de Dios en Belén nace la Vida
encarnada en un niño glorioso
que nos devuelve la bondad perdida

y nos abre el camino venturoso
por donde el alma, libre y redimida,
encontrará un futuro victorioso

Sin embargo, ¿cómo no tener en cuenta el desenfreno materialista que atenaza y desvirtúa la Navidad actual? Que algunos intentan convertir en un despropósito de consumismo voraz, transformando los muchos valores de fe, de emoción, de afecto, de raíces populares que la Navidad entraña, que la Navidad compendia y que la Navidad transmite, en unas fiestas desquiciadas y grotescas, sin ningún sentido auténtico. Unas fiestas que no son alegres para las víctimas del paro, de la injusticia, de tantos abusos que continuamente se padecen. Y, precisamente por ello, los cristianos tenemos la inmensa responsabilidad de insistir en la entraña de la alegría navideña, con el comportamiento vital a que nos compromete la fe que profesamos.

Y los belenistas hemos de manifestar ante todos y, especialmente ante los niños, porque de ellos es el futuro, que junto al belén no puede haber ideologías ni partidismos. El belén nos une, porque nos habla directamente al corazón de familia, de ternura, de niñez. Que son las enseñanzas que se compendian en un belén, haciéndonos evocar también a los seres más queridos: los padres, los hermanos, los abuelos. El belén es una escuela de buenos sentimientos, un mensaje de sosiego y bondad para los limpios de corazón, capaces de encontrar la dicha en las pequeñas cosas que ofrece la vida.

¡Bendito seas, Señor! Recién nacido
te adoro en el Portal y soy sincero
al decirte lo mucho que te quiero
sabiendo que a salvarme Tú has venido.

Igual que los pastores he podido
contemplarte, besarte, y así espero
que sea tu luz el resplandor certero
para guiarme seguro y redimido.

Porque soy belenista mi alegría
es hacer Navidad a cada instante,
pregonar tu verdad día tras día.

Y el gozo ante el belén será constate,
pues es allí que en brazos de María
a todos nos sonríe el Santo Infante.

Pero, ¿los belenistas no haríamos mejor en dedicar nuestro tiempo, nuestra ilusión y nuestro dinero en otras finalidades doctrinales, catequéticas o asistenciales?

Desde luego que si cada uno hace lo que puede y lo que sabe, poniendo en ello todo su cariño, y lo hace pensando en la dicha que proporciona a los demás, como hacen los auténticos belenistas, indudablemente ello ya es oportuno. Además, mientras hay quienes se ponen del lado de tantas manifestaciones negativas y violentas que están dirigiendo a nuestro mundo por vías cercanas a la autodestrucción, otra parte de nuestra sociedad prefieren los aspectos más positivos: la comprensión, el respeto, la fraternidad. Que son los valores trascendentales que los belenistas debemos destacar en los belenes. Unos valores para la vida que nos comprometen a intentar cumplir responsablemente con nuestras obligaciones ciudadanas y éticas. Así, el belén simboliza nuestro mejor ánimo, el que nos impulsa a mejorar día a día, porque siempre habrá objetivos que alcanzar más allá de la meta, si somos capaces de avanzar teniendo constantemente presente a Cristo, entre la maraña de escándalos, de abusos, de rencores, de fanatismos que lo ocultan, o, peor, que pervierten su enseñanza redentora.

Los belenistas hemos de esforzarnos para que, frente al clímax de tantos ceños hoscos, de tantas actitudes agresivas, de tantos corazones deshumanizados, se mantengan las esencias de la Navidad, como conmemoración de que Dios ha nacido para la redención de todo el género humano, al que le traía el evangelio de la misericordia, la honradez, la esperanza, la justicia y la verdad. Virtudes que habremos de dignificar hasta el extremo para que nuestra vocación belenista nos haga meditar, recapacitar, pues el siglo XXI nos exige una firme voluntad de superación. Y únicamente si nos desprendemos de nuestra vanidad y de nuestro egoísmo seremos dignos de entrar en el establo de Belén donde Jesús nació para enseñarnos que solo el Amor puede traer la verdadera Paz al mundo.

Bulle Belén de vida y esperanza
que un niño, Dios de Dios, allí ha nacido
y en su venida al mundo se ha cumplido
la salvación que a todos nos alcanza.

Entrar en el establo da confianza
al ver cómo el pecado ha sucumbido
ante el glorioso amor que ha florecido
testimoniando la divina alianza.

Goza mi corazón con la alegría
de saber que el Mesías se ha humanado.
¡Qué claridad dichosa tiene el día!

¡Qué bendición de paz nos ha llegado!
¡Qué momento feliz, cuánta armonía
entre el cielo y la tierra se ha instalado!

Ciertamente las fiestas navideñas que ahora pregono son las celebraciones más universales y trascienden incluso a culturas no cristianas. Sin embargo, solo los evangelistas Mateo y Lucas nos dejaron escritas unas líneas, no muchas, sobre ello. Ni Marcos, ni Juan, ni Pablo nos hablan de los acontecimientos del nacimiento de Jesús. Si el año 354 el papa Liborio estableció que la Navidad fue exactamente el 25 de diciembre, es porque las paganas celebraciones solsticiales que festejaban al “Sol invicto” se transformaron en la solemnidad del nacimiento de Cristo, el nuevo sol de los cristianos. Y aunque nadie especifica la fecha exacta del nacimiento del Señor, sí que es factible aproximarse con cierta precisión a ella, según los datos que aparecen en el Evangelio de Mateo: durante el imperio de Augusto, en vida de Herodes I El Grande, que reinó del año 37 al 4 antes de Cristo, y siendo Quirino gobernador de Siria. Estos detalles han suscitado múltiples estudios para determinar la fecha del nacimiento del Señor, y los más fiables permiten aventurar que vino al mundo entre siete y cuatro años antes de lo que dicta nuestro calendario.

Resplandece de amor la madrugada
y la dicha rubrica el gran portento
de Dios que se hace hombre, dulce contento,
bendiciones de paz en la mirada.

La Humanidad se muestra alborotada,
que ya ha ocurrido el sacro Nacimiento
del niño que en tan feliz momento
es la Bondad por tantos esperada.

Un establo en Belén es escenario
donde el orden del mundo se renueva,
en culmen de portento extraordinario.

Y allí María, que en sus brazos lleva
el bendito esplendor de aquel Sagrario,
los corazones hacia el cielo eleva.

Pero, ¿por qué de los cuatro evangelistas, solamente Mateo y Lucas escriben sobre la infancia de Jesús? ¿Acaso Marcos y Juan no conocían la vida completa del Maestro de tal modo que cada uno difiere en su manera de comenzar la historia del Señor? ¿O creyeron que algunos episodios no merecían ser incluidos en sus evangelios? Para contestar a estas preguntas debemos tener en cuenta que la existencia de Cristo era tan misteriosa, tan inconcebible, tan fuera de toda lógica, que llevó muchos años convencerse de que ese Jesús a quien habían visto y tocado, era nada menos que Dios mismo que los había visitado en la tierra. La persona de Jesús no fue entendida enseguida sino gradualmente por los primeros cristianos. Y esto influyó en la manera de empezar a escribir sobre Él.

Así, en los comienzos del cristianismo, la resurrección de Jesús fue el único dato de su vida que se consideró digno de mencionarse, pues los primeros cristianos predicaban que en la resurrección Jesús alcanzó la gloria de ser el Hijo de Dios. Por lo tanto, cuando quisieron pasar por escrito algo de la vida de Jesús, lo único que les pareció importante fueron los detalles de su muerte y resurrección. De tal manera que lo primero que se escribió sobre Jesús fue lo último.

Posteriormente, cuando los cristianos reflexionaron más sobre la identidad de Jesús y entendieron que era Hijo de Dios ya durante su ministerio, consideraron también importante recopilar toda la información sobre su vida pública, sus dichos y sus milagros. Entonces un escritor al que llamamos Marcos, decidió juntarlo a los relatos pasionistas y así nació el primer evangelio, que en griego significa “la buena noticia”.

Tiempo después la cristología siguió progresando. Se comprendió que Jesús era Hijo de Dios desde su misma concepción y los cristianos, que amaban y seguían fervientemente a Jesús, querían saber más todavía sobre su vida: quiénes fueron sus antepasados, en dónde había nacido, dónde se había criado… En esa búsqueda de información fueron apareciendo nuevos detalles que narraban los hechos de la infancia del Señor y estos informes también pasaron a ser importantes y pudieron ser añadidos como “evangelios” en los escritos posteriores de Mateo y Lucas, que tan valiosos son para los belenistas.

Finalmente, con la iluminación del Espíritu Santo, se supo de la preexistencia de Jesús como Hijo de Dios desde antes de su nacimiento, que Jesús nunca había “empezado” a ser Hijo de Dios, sino que lo fue desde toda la eternidad, que “preexistía” desde antes de la creación del mundo. Y entonces Juan, al escribir su evangelio, antes de relatar como los otros tres evangelistas la vida pública del Maestro, comenzada con su bautismo en el Jordán, se fue más atrás todavía y añadió, a manera de prólogo, un hermoso himno que cantaban los cristianos en sus reuniones litúrgicas y que empieza así: “En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios”.

Los primeros cristianos fueron descubriendo a Jesús poco a poco, con esfuerzo, reflexión, oración y con la inspiración del Espíritu Santo, que es fuente de Verdad y Vida para los bautizados.

En Belén relumbra la mañana
y estallan de emoción los corazones.
Hay gozo en el Portal, hay mil razones
para sentir la dicha tan cercana.

El paisaje se ve por la ventana
florecido de gloria y de ilusiones
mientras que el sol derrama bendiciones,
que son brillos de vida que él emana.

Y esta luz, esta dicha, la armonía
que en la naturaleza se percibe
son reflejo de la santa alegría,

de tanto amor que de muchos recibe
el niño Dios, hijo de María,
que en un pesebre entre pajas se exhibe.

Actualmente, para algunos investigadores admitir que Jesús nació en Belén es una cuestión problemática. Porque en todas las Escrituras sólo Mateo y Lucas afirman en dos capítulos del Nuevo Testamento que Jesús nació en Belén de Judea, la ciudad de David, una población de enorme importancia para la tradición mesiánica judía. El otro lugar en discusión es Nazaret, una insignificante aldea agrícola de Galilea, pero en definitiva el complemento que siempre acompaña a Jesús… de Nazaret. Así lo llaman los evangelistas, el “nazareno”.

Considero que ambas coincidencias son admisibles: según las circunstancias del empadronamiento que nos describe Lucas, Jesús nació en Belén, dentro de un establo ya que no había lugar en la posada; y su madre lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre. Que no es dogma de fe, pero sí una creencia tan firme y arraigada que el nacimiento del Salvador no se puede comprender de otra manera. Si el Niño hubiese nacido en Nazaret, el pueblo de María y José, ¿cómo iba a nacer en un establo, en vez de en su casa?

Y enumera Mateo que en Belén ocurrió la visita de los Magos, esos misteriosos personajes llegados desde Oriente para postrarse ante el Gran Poder de la divinidad, representada en un Niño.

Tres magos de la Persia, tres viajeros
guiados por una estrella en su camino,
ya llegan al final de su destino,
ya del Rey del Amor son prisioneros.

Ellos saben de augurios y luceros,
pero aquel celestial signo divino
les renueva por entero su sino,
los hace del Mesías mensajeros.

Marca en Belén el astro reluciente
a un Niño con su Madre que lo acuna,
en un hogar que huele a pan caliente.

Y no hay nada mejor, mayor fortuna
para aquellos tres sabios del Oriente
que saber que Él es Dios sin duda alguna.

Después, como describe también Mateo, José y María con el niño tuvieron que huir a Egipto, para escapar de la maldad de Herodes. Más tarde, muerto el rey infame, regresaron a Nazaret, su pueblo, donde Jesús vivió privadamente casi 30 años. ¿Cuántos, habiendo nacido en una localidad, son considerados en realidad como del lugar donde han residido casi toda su vida?

De esos 30 años de la vida de Jesús que los Evangelios silencian, lo único que conocemos es un episodio narrado por Lucas que le sucedió a los 12 años, cuando se perdió en Jerusalén durante una fiesta de Pascua, y cómo José y María lo hallaron en el Templo escuchando a los maestros y haciéndoles preguntas que asombraban a quienes lo oían por su inteligencia. Añadiendo que volvió con ellos a Nazaret, obedeciéndoles en todo y creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres.

Según esto, Jesús no se movió de Nazaret durante treinta años. Y allí, en su círculo familiar, experimentó su madurez humana, intelectual y psicológica, viviendo de una manera tan ordinaria y normal como lo hacían los demás judíos de su tiempo en los poblados de Galilea. Y cuando le llegó el momento de aparecer en público para recorrer las ciudades y pueblos de Palestina curando enfermos, resucitando muertos, enseñando parábolas y predicando el Reino de Dios con su mensaje de salvación, nunca se arrepintió de los años ocultos y silenciosos transcurridos en su pueblo, en su casa y con su gente; de su trabajo en el taller y de sus reuniones con los amigos. Nunca consideró ese periodo como perdido, porque aquel ambiente de apacible vida cotidiana es modelo en que inspirarse para lograr la serenidad familiar que hoy tanto falta.

El cotidiano afán de la jornada
despliega en Nazaret monotonías
de trabajo, de penas, de alegrías,
de besos de partida o de llegada.

Hay silencio de juventud callada
que contempla cómo pasan los días
uno tras otro iguales, sin porfías
ni estridencias que hagan aquí morada.

La Sagrada Familia nazarena
es en su lar modelo de ternura,
de renovada plenitud serena.

Bendito hogar, remanso de dulzura
donde el amor cada minuto llena
de esta Familia que es de Dios ventura.

Sea la rúbrica de este Pregón proclamar que la Navidad de Cristo es una persistente invitación a la reflexión personal, al sereno repaso de nuestra propia vida, subrayando que, aun en tiempo de tantas crisis, la Navidad ha de ser una fiesta radiante, con la alegría que depara, por lo menos, tener el corazón limpio y la conciencia en paz, porque la felicidad no depende de la riqueza ni del poder, la felicidad brota íntima profundamente de nuestra tranquilidad de espíritu, de nuestra conformidad responsable y sincera ante los designios de la voluntad divina que nos ha creado a su imagen y semejanza, para mostrarnos que la auténtica realidad de una vida plena solo es el Amor.

Con este sentimiento expreso mis mejores deseos para la Navidad 2017 que ya se acerca, que ya nos ofrece la bienaventuranza del inicio de la Redención y nos compromete a ser instrumentos de la misma, esforzándonos hasta el límite para ser testigos del Señor, que vino históricamente con su nacimiento en Belén y volverá en plenitud gloriosa al final de los tiempos. Además, aunque nos cueste entenderlo, Él permanece aquí también ahora y habita entre nosotros. Pues la presencia de Jesús está en la inocencia de los niños, en la decrepitud de los ancianos, en la demacrada faz de los enfermos, en el sufrimiento de las víctimas de desdichas, odios, injusticias, catástrofes y guerras, en la debilidad de los desamparados, en la entrega de los benéficos, en la sencillez de los humildes, en la bondad de todos los seráficos.

Ojalá que, con nuestro comportamiento personal y nuestros belenes, llenemos de dichoso significado el recuerdo de la venida histórica de Jesús que celebramos en Navidad. Y que, como los primeros cristianos, nos esforcemos para saber quién es y qué quiere de nosotros este Jesús que continúa vivo de una manera misteriosa, pues Él lo dijo claramente: “Yo estaré con vosotros hasta el final de los siglos”.

Muchas gracias por tan amable atención.”

Juan Giner Pastor – Alicante, 1 de diciembre de 2017